lunes, 31 de agosto de 2020

La guerra de Gila

Meses después de que el presidente Pedro Sánchez, con su lenguaje de cómic, anunciara la victoria y el comienzo de una nueva era, seguimos más o menos igual, pendientes del hilo de la evolución de la pandemia, sin estar seguros de si nuestros hijos irán normalmente al colegio, si podremos trabajar, si no nos encerrarán para velar por nuestra salud o continuar jugando con nuestro destino. Lo que era un problema estatal ahora es un problema autonómico, y mientras se anuncia la compra de millones de vacunas políticos y partidos fragmentan la seguridad, intranquilizan a la población, no son capaces de articular un plan único, fiable, si no meridianamente claro al menos para que la gente sepa a qué atenerse. Pero la improvisación es el verdadero virus de la política española, y acostumbrados a obrar en función del calendario electoral y los sondeos de opinión, los que tienen que tomar decisiones son incapaces de realizar políticas sanitarias a medio o largo plazo. Aquí se llevan más las tiritas y las gasas. Durante el mes de agosto todavía podía justificarse el aturdimiento veraniego, pero la llegada de septiembre nos pone frente a un espejo en el que el moreno dura dos días y la grasa vuelve a hacerse visible. Mientras tanto, la gente sigue muriendo, aunque hay quien le quita hierro hablando de la menor agresividad del virus y de la curva de población, porque la masacre la siguen sufriendo nuestros mayores. ¿Hay humanidad en estos comportamientos? Aislar a los mayores en residencias es recurrir a guetos, que se parecen demasiado hoy a campos fúnebres. Han muerto por miles, y no veo que el gobierno estatal o los gobiernos autonómicos hagan algo para remediarlo. El saber y el respeto y la memoria de una guerra real que sufrió España no hace tantos años mueren con esas personas, que nos dejan un país que parece una caricatura, la llamada telefónica de un Gila póstumo. El enemigo no va a contestar al teléfono, pero continúa sin haber una respuesta política única a esta pandemia. España ha sido uno de los países que peor ha gestionado la primera ola de la Covid-19, y pasándole la patata caliente a las Comunidades Autónomas sólo ha complicado la respuesta a la segunda. No hay test masivos, no existen directrices claras. A una semana del comienzo del curso escolar, se han reunido los ministros de Sanidad, Educación y Política Territorial con los consejeros autonómicos correspondientes para analizar la vuelta a clase. “¿Está el enemigo? Que se ponga”.

IDEAL (La Cerradura), 30/08/2020

domingo, 23 de agosto de 2020

El paciente

Creo que debido a la saturación informativa por la Covid-19 me puse malo. Se me hincharon los ganglios del cuello, me dieron escalofríos, incluso fiebre, aunque curiosamente para abajo. En resumidas cuentas: se me metió en el cuerpo el malestar reinante. Yo no suelo molestar a los médicos si no es estrictamente necesario, pero mi mujer me convenció de que llamara y pidiera cita. “Total”, me dijo. “Si ni siquiera tienes que ir, te llaman por teléfono”. Ante una lógica tan aplastante, no pude negarme. Era jueves y me dieron cita para el martes siguiente. Durante el fin de semana, luché denodadamente contra el malestar exterior e interior: me metía o salía de la cama en función de la temperatura corporal y nacional. Pero el lunes estaba mejor, e incluso casi recuperado el martes. “Qué le digo ahora al médico?”, pensé. “¿Le cuento mi calvario del fin de semana o que ya estoy bien?” El médico debía de estar muy ocupado o haber adivinado mis dudas, pues el martes no me llamó. “¿Ves?”, le dije a mi mujer. “Si ya lo sabía yo”. Mi mujer no siempre me deja que me salga con la mía, y se metió en el programa de citas de la Junta. “Pues aquí pone que te han llamado”. “Ah, ¿sí?”, repuse. “¿Y por qué no ha sonado el teléfono ni tengo ningún registro de llamada?” Mi mujer me miró meneando la cabeza, como si fuera el culpable de algo, y creo que de la frustración que sentí empezó a subirme la fiebre. “Mañana tienes que llamar al centro médico”, sentenció. “Y temprano”. Así que eso hice el miércoles, y al quinto intento me cogieron el teléfono. Le conté a la telefonista con mi voz de enfermo lo que había pasado y me dijo: “Hum… ¿No le ha llamado el médico?” Comprobó mi número de teléfono y me dijo que a partir de las doce me volvería a llamar. Me quedé con las ganas de decirle que no podían volver a llamar a quien no habían llamado antes, pero opté por callar prudentemente y esperar. El caso es que a las doce y media no me habían llamado, pero yo me encontraba mejor. A la una y media tampoco había sonado el teléfono, y yo estaba como nuevo. A las dos y media mi teléfono por fin sonó. Yo pensé que el último recurso de la Seguridad Social era curarnos a base de ejercitar la paciencia y, como el tratamiento había surtido efecto, no contesté la llamada.

IDEAL (La Cerradura), 23/08/2020

lunes, 17 de agosto de 2020

Máquinas

Ante las urgencias de todo tipo provocadas por la Covid-19, hay administraciones que están en la realidad, otras en la irrealidad y otras simplemente en la inopia. Como suele ser habitual, entre estas últimas se encuentra el Ayuntamiento de Granada, que con el auspicio surrealista de la consejería de la Junta correspondiente, para revitalizar el turismo quiere poner máquinas que reproduzcan el sonido de los pájaros y aromaticen los miradores del Albaicín. “¿What? ¿Are you crazy? ¿Es el día del turista inocente?” Se ve que no tienen mucha confianza en que sobrevivan los pájaros y los vecinos del barrio, pero quieren un barrio turístico a toda costa, aunque sea fantasmal. Pero es lo que pasa cuando se maneja dinero público. Malgastarlo no duele. Si le plantearas algo así a tu pareja, ésta haría todo lo posible para incapacitarte judicialmente por pródigo. No hay dinero para mascarillas, ni para hacer test PCR a la población, pero para comprar autómatas sí. El caso es que en mitad de una epidemia nacional, España personifica una descentralización administrativa caótica, con el Gobierno central pasándole la pelota sanitaria a las comunidades autónomas, que para eso tienen las competencias, y las administraciones locales haciendo lo que pueden, actuando sensatamente en la Puebla de don Fadrique o Busquístar, y otros espantando moscas. Por eso hay quien reclama que vuelva a declararse el estado de alarma. Más vale una sola dirección, aunque sea mala, que diecisiete decisiones autonómicas, más las decisiones de las dos ciudades autónomas y de los 8.131 municipios que tiene España. Aunque uno nunca sabe qué es peor. Resulta un milagro que este país siga unido cuando cada una de las 50 provincias (que se me olvidaban) tira para su lado, y eso que ni siquiera cuento con Cataluña y el resto de las nacionalidades históricas, que por obra de los pactos autonómicos son ahora todas las regiones españolas. ¿No se están mareando? Representa un esfuerzo hercúleo mantener un equilibrio entre tantas fuerzas e intereses contrapuestos, pero ¡bendito país! Cuando atendiendo a la actualidad uno no sabe si sería mejor recurrir a la cicuta como el maestro Séneca, abre el periódico y casi se muere de un ataque de risa al leer las noticias locales. ¿No podrían poner una máquina para gestionar el consistorio? De todos modos, creo que la mayoría de los concejales del equipo de gobierno anda de vacaciones. Tanta genialidad debe cansar un huevo. Lo lleva en la mano un jinete a lomos de un caballo en la fachada del Ayuntamiento.

IDEAL (La Cerradura), 16/08/2020

lunes, 10 de agosto de 2020

El exilio o la fuga

La categoría de un país se mide también por cómo trata a sus personajes públicos, y que el Rey emérito haya tenido que exiliarse demuestra muy poco respeto por el personaje (que tampoco se ha mostrado en los últimos años digno de respeto), pero asimismo por la historia de España. Total, Juan Carlos I no ha hecho algo muy diferente a lo que hacen habitualmente artistas y deportistas, y habría que ver cuántos miembros del Consejo de Ministros utilizan sociedades para tributar menos a Hacienda. El Rey emérito aceptó pagos de Arabia Saudí como el actual vicepresidente del Gobierno los aceptó de Irán y Venezuela, al menos eso es lo que cuenta la prensa, y para todos debería valer la presunción de inocencia. El que no la necesita es Pedro Sánchez, que se va a veranear tranquilamente al palacio de La Mareta, un regalo del rey Hussein de Jordania a Juan Carlos I y que éste cedió al Patrimonio Nacional, porque aquí se es republicano sólo cuando interesa, y lo que más abunda es la hipocresía y la desvergüenza. Es cierto que Juan Carlos I fue el sucesor nombrado por Franco, pero también la ley de Reforma Política fue la última ley franquista, y si no ha habido una verdadera ruptura jurídica con el régimen franquista sí la ha habido en la persona del propio Juan Carlos I, convertido en jefe del Estado y símbolo de la monarquía parlamentaria. Es decir que, si le hubiera dado la gana, no hubiera habido democracia en España, y eso es algo bien distinto a sentarse por la noche a ver Juego de Tronos. La diferencia entre la clase política de la Transición y la actual es que mientras aquélla creció sufriendo las secuelas de una guerra civil y una dictadura, ésta lo hizo viendo en el cine La Guerra de las Galaxias. Y se nota. ¿Cuántos de los actuales líderes políticos son capaces de hacer un sacrificio para pactar con el contrario? Ni siquiera con una pandemia que ha causado decenas de miles de muertos (todavía esperamos cifras oficiales verdaderas) hemos visto un gran pacto político nacional. No les interesa a nuestros políticos, que carecen de una idea o un proyecto de Estado, fuera del análisis de la intención de voto y los fundamentos de la comunicación política. ¿Una república? El presidente Sánchez ha volado en dos aviones Falcon de las Fuerzas Armadas al palacio de la Mareta, en Lanzarote. Otra película: Exilio y fuga. Mientras, la casa está vacía. Y sin barrer.

IDEAL (La Cerradura), 9/08/2020

lunes, 3 de agosto de 2020

Milagros


En mitad de la fiebre tecnológica, hemos vuelto a la Edad Media. Contagiados por los economistas, que hablan de una caída apocalíptica del PIB, políticos como la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, contratan a sacerdotes para que vayan a los hospitales públicos a darles la extremaunción a los enfermos de coronavirus. Porque para contratar más médicos y comprar respiradores y mascarillas no dan las arcas públicas, pero, por fortuna, resulta más barato contactar con el Más Allá, donde quizá haya también tráfico de influencias. Los ricos son los primeros que se comprarán en la Tierra la vacuna, pero, por si las moscas, van engatusando a San Pedro para que les ponga a la derecha del Padre, que en la izquierda ya está el ángel caído Pablo Iglesias, justo al lado de Simón Bolívar, el Che Guevara y otros demonios de la escolástica del PP. ¡La peste, hijos míos! La Covid-19 no entiende, sin embargo, de milagros, y aunque Fernando Simón, que también tiene nombre bíblico (de hecho, sabe multiplicarse, pues resulta que él solo era todo el “comité de expertos” del Gobierno), niegue la existencia de una segunda ola de la pandemia, prefiere que no vengan más olas de turistas belgas y británicos, para que no traigan virus extranjeros. A la entrada de las catedrales de hoy, que son los centros comerciales, hay botes de hidrogel y no pilas de agua bendita, aunque con cuarenta y dos grados a la sombra lo mismo podrían ponerlas y bautizarnos tres veces al día, que hay que estar limpios por fuera y por dentro. Mientras, Vox planea para septiembre una nueva reconquista en forma de moción de censura. ¿Lograrán resucitar a los Reyes Católicos? ¿Echarán a los infieles de España? Todo esto lo pienso leyendo el periódico, bajo una sombrilla, en la playa de Salobreña. Cerca, a la distancia preceptiva, hay una pareja. La mujer lee el periódico como yo; el hombre, una novela de John Connolly que conozco. La mujer, oronda y sudorosa, le dice a su marido, también orondo y sudoroso en estos momentos, sentado en una silla a su lado: “Pues hoy ha refrescado un poco, ¿no?” El hombre mira a la mujer como si no la entendiera, e imagino leer lo que él lee: “Estaba desnuda, sentada en la cama, una mujer enorme cuya corpulencia no había mermado la muerte”. Levanta la vista y contesta por fin: “Ha refrescado, sí”. Entonces vino Dios de la mano de Isabel Díaz Ayuso y nos libró del aburrimiento.
IDEAL (La Cerradura), 2/08/2020