lunes, 21 de noviembre de 2022

Leyes

Confundir la ideología con el derecho conlleva riesgos, fundamentalmente para los ciudadanos, y que un gobierno legisle sin tener claros los efectos que esas normas surten en los derechos y libertades individuales es más que un error garrafal, el síntoma de que se carece de formación para el cargo. Pero es peor aún que en su descargo se insulte a quien sí tiene la formación y preparación necesarias, como ha hecho la ministra Irene Montero con los jueces, que a diferencia de ella han alcanzado sus puestos después de ganar unas oposiciones cualificadas en las que tienen que demostrar su conocimiento del ordenamiento jurídico. Es el problema de creer que las ideas están por encima de las leyes, pues las normas también implican valores éticos y morales, los que inspiran las declaraciones internacionales de derechos y las constituciones democráticas como la española. Precisamente lo que echamos en falta de parte de nuestros políticos es la formación que sí se les exige a los jueces y a cualquier profesional que tenga un puesto de especial responsabilidad porque sus actuaciones pueden afectar a derechos de los ciudadanos, caso de abogados y médicos, pero también de otras profesiones como el periodismo en las que se aplican códigos deontológicos. El caso es que el Gobierno de España pierde toda su credibilidad cuando como órgano colegiado aprueba normas poco meditadas como las llamadas ley del “sí es sí” o la “ley trans” si sólo nacen de buenos propósitos y se aprueban desoyendo a la opinión experta. Lo que ha ocurrido ya con la primera puede aún evitarse con la segunda, y ojalá se evite con una tercera, la prevista reforma del delito de malversación pública, pues ya no es que perdería la credibilidad el Gobierno, sino también los partidos que lo sustentan y la misma clase política, pues malversador no es sólo el que se mete el dinero público en el bolsillo, como se nos cuenta, sino el que lo destina a un fin no previsto en el ordenamiento jurídico, que no por eso hay que cambiar. Otra vez la confusión de la ideología con el derecho, que es el que sostiene el sistema democrático. El argumento de que las ideas o las opiniones de los ciudadanos están por encima de las leyes es una falacia. Las leyes se aprueban o se reforman por su procedimiento parlamentario, precisamente para que se discutan con la profundidad necesaria y sin más urgencias que las constitucionales. Las buenas intenciones no hacen buenos políticos ni buenas leyes, que son más importantes.

IDEAL (La Cerradura), 20/11/2022

lunes, 14 de noviembre de 2022

Detalles

Según mi zapatero, no nos fijamos en los detalles. Por ejemplo, en que este año han muerto 12.000 personas más que el pasado, dato que el Ministerio de Sanidad no acierta a explicar. “Tiene que ver con las vacunas”, asegura. “¿A ti no te dan mareíllos de vez en cuando? Díselo al médico, verás como se queda callado”. “A lo mejor no sabe qué decir”, aventuro. “¿Que no sabe?” Manolo abre mucho los ojos y arruga la frente, que esconde pensamientos turbios. “Y si no, fíjate en los aviones”, continúa. Cuando pasan por las ciudades ya no echan humo blanco, sino una nube oscura que tarda en disiparse. A saber con lo que nos están regando”. Pienso en conspiraciones políticas, científicas y gubernamentales, en distopías varias. Y yo que creía que el de zapatero era un oficio de otra época, cuando estoy con un visionario. “¿Y mis botas?”, pregunto. “Eso sí que tiene arreglo. Mira, suelas nuevas, pegadas y cosidas. A ver si hace esto la ministra de Hacienda con las cuentas públicas. Esa sólo sabe de cifras, pero no cuenta nada de los extraterrestres”. “¿Extraterrestres?” “Ya viven entre nosotros. ¿No te das cuenta? Por eso van matándonos poco a poco. ¡A cuidarse!”, concluye después de cobrarme diez euros. Cuando salgo a la calle no puedo evitar empezar a fijarme en la gente del barrio. ¿Cuántos serán marcianos? No me extrañaría que lo fuera ese hombre de ojos saltones que siempre parece sorprenderse al verme, aunque llevemos cruzándonos por la misma calle unos veinte años, o la señora que va hablando sola mientras mira al suelo y evita cuidadosamente pisar las rayas de las baldosas de las aceras, o incluso la farmacéutica, que cuando compro paracetamol me mira como a una persona sospechosa, un enfermo potencial de coronavirus, contagioso, aunque al entrar al local me haya puesto la mascarilla. Quizá tenga razón el zapatero, pues desde la pandemia nos hemos vuelto recelosos, y vemos conspiraciones por todas partes, aunque las provoquen unos seres minúsculos que se introducen en nuestras vías respiratorias y nos causan fiebre, tos, estornudos y escalofríos. “¡Cuánta imaginación!”, me dice en la panadería Sara, a la que le cuento mi experiencia con Manolo, y que me cobra un euro por una barra. “Pues sí que ha subido, ¿no?”, le digo. “¿El qué, la temperatura?” “No, el pan”. Y ahora es ella la que abre mucho los ojos para decirme: “Es que nos cuesta hacerlo un 50% más”. Así que me vuelvo a casa para meditar sobre nuestra vida estratosférica.

IDEAL (La Cerradura), 13/11/2022

lunes, 7 de noviembre de 2022

Polarizados

Cada época tiene sus palabras, y la actual abusa de los eufemismos, como el que titula este artículo, para hablar de un país (o de las dos Españas, como lo entendía Antonio Machado) que sigue siendo cainita o guerracivilista (otra palabra fea), según la generación a la que nos refiramos. El caso es que no se puede hablar de ciertos temas, porque se ve que esta es una sociedad inmadura que prefiere obviar las cuestiones importantes, como los padres que todavía se ponen a sudar cuando sus hijos les hablan de sexo, aunque esos hijos o hijas o hijes vivan en otra realidad a la que se refiere la llamada Ley Trans, por ejemplo, y que en los supuestos adultos despierta demasiadas frustraciones infantiles y, sobre todo, mucha polémica. Porque de lo que se trata es de tener razón, no de argumentar y profundizar en las razones, y por eso tantos años después no se puede hablar sin tapujos de la guerra civil, de la dictadura o de la transición, cuando la mayoría de los que se rasgan las vestiduras las desconocen. Al parecer, nuestros políticos no leen (y no se trata de que Alberto Núñez Feijóo o Pedro Sánchez citen mal a autores en discursos o trabajos que otros les han escrito previamente), pero tampoco parte de los periodistas, escritores, profesores e intelectuales que opinan en los medios de comunicación. O mejor dicho, sólo leen a los que defienden su mismo discurso o los discursos de las empresas para las que trabajan. A los demás los califican de tercera o los insultan directamente, en un país en el que se habla demasiado del delito de sedición y poco del de injuria, que no está legitimado por la libertad de expresión. La violencia que hay implícita en plataformas como Twitter, pero también en las columnas o artículos que se leen en periódicos supuestamente serios, en programas de radio y televisión, en el Congreso y en los diecisiete parlamentos autonómicos e incluso en algunos ámbitos académicos y culturales es inadmisible, o debería serlo en un país civilizado, culto y pacífico; es decir, democrático. Luego nos extrañamos de que haya jóvenes que quemen contenedores en la noche de Halloween o que conviertan las calles en un campo de batalla, cuando no otra cosa parece ser nuestra vida pública en general, con honrosas excepciones. Los bonos culturales son un buen invento, y deberían ser universales. Leemos poco, estudiamos menos y nos desinformamos mucho. Pero cómo nos odiamos, empezando por nosotros mismos.

IDEAL (La Cerradura), 7/11/2022

lunes, 31 de octubre de 2022

Artificiales

Elon Musk alerta sobre los riesgos de la inteligencia artificial. “Hasta que la gente no vea a los robots matar a personas por la calle no se entenderán los peligros de la IA. Los robots podrán hacer todo mejor que nosotros”, ha afirmado. Y eso después de presentar a “Optimus”, su robot humanoide, y convertirse en el tuitero jefe. Si no se limita, avisa, dentro de poco los softwares dirigirán la vida en la tierra, o lo que quede de ella, como en “Matrix”. Ése podría ser el escenario de otra guerra mundial. De hecho, Vladimir Putin ya dijo que quien controlase la inteligencia artificial controlaría el mundo. No debe de poder dormir el hombre, con tantos planes y tantos métodos de dominación y aniquilamiento masivo. Tampoco se duerme en Granada, candidata a ser la sede de la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial, cuando ve cómo se multiplican las candidaturas de otras ciudades españolas: Tenerife, La Rioja, Palma de Mallorca, Alicante, Burgos, Ávila, Santiago de Compostela, Orense, La Coruña, Zaragoza, Gijón, Guadalajara… Que aspiran a recibir los cinco millones de euros que tiene de presupuesto la creación de un organismo que velará por evitar los peligros “que puede traer la inteligencia artificial en campos como la seguridad, la intimidad y la salud de las personas, así como los demás derechos fundamentales”. Menos mal que tenemos a la UGR. La incertidumbre nace de lo que se desconoce, y vivimos en una permanente zozobra por las continuas alertas de seguridad, ya sea por la evolución de la guerra, el coronavirus, el cambio climático o por el uso de nuestras cuentas de correo o el acceso a nuestros dispositivos móviles. Me imagino al ejército de ingenieros rusos intentando desactivarnos digitalmente y borrando todos nuestros avatares y hologramas, todas las fotografías, audios y mensajes de WhatsApp, que se ha caído esta semana para desesperación de miles de personas. ¿Podríamos vivir? Desde luego, quién sabe sin mejor o peor, enfrentados al silencio o la música de nosotros mismos. El concepto inteligencia artificial parece un oxímoron, sobre todo si las máquinas o sistemas deben imitar la conducta humana, que suele ser contradictoria. ¿Es inteligente Vladimir Putin? ¿Es artificial? Lo que lleva a una persona a tomar determinadas decisiones con frecuencia no tiene nada que ver con la lógica, sino con pulsiones autodestructivas que, dependiendo de la influencia del sujeto, no sólo afectan a quien está más cerca, sino que lamentablemente pueden tener un alcance global. Los androides quizá sueñen con humanos eléctricos.

IDEAL (La Cerradura), 30/10/2022

lunes, 24 de octubre de 2022

Solidaridad

Mientras la subida de los precios de la energía por la invasión de Rusia a Ucrania provoca que algunas empresas energéticas aumenten sus beneficios y el valor de sus acciones, los hosteleros de ciudades como Granada ven cómo se triplica el importe de sus facturas de la luz, lo que significa su ruina. “Nosotros no podemos subir los precios”, explican, “porque los clientes dejarían de venir”. Piden al gobierno bonos eléctricos, y que el Ayuntamiento prorrogue la bonificación de las tasas por aprovechamiento del dominio público, no las licencias por inicio de actividades económicas. Lo mismo que se crea un impuesto específico para las empresas energéticas se podría bonificar la factura de la electricidad de las empresas de hostelería. Una medida que puede parecer razonable, aunque en la práctica suponga discriminar o privilegiar a determinadas empresas, y que tendría más sentido quizá si atendiéramos básicamente al nivel de renta. Se grava a las empresas que tienen beneficios extraordinarios y se baja la tributación a las que obtienen menos y que se ven abocabas al despido de trabajadores o al cierre. Esto, que parece de sentido común cuando hablamos de empresas, no lo es sin embargo cuando nos referimos a personas físicas a secas, pues chocamos con la simplificación del discurso sobre si es bueno o malo subir los impuestos. Gravar a las grandes fortunas o los grandes patrimonios se tilda de demagógico. ¿No resulta más bien demagógico establecer estas diferencias? ¿Quién está detrás de las empresas? La protección empresarial y la protección social deberían ir de la mano, y para eso hay que atender a criterios de capacidad económica: quien más gana, contribuye más; y se recibe según las necesidades. En eso consiste la solidaridad. Y a nivel territorial implica que las comunidades autónomas más ricas deben contribuir más a un arca común que redistribuya la riqueza entre los territorios más pobres. Para ello, obviamente, sería necesario que instituciones y ciudadanos acepten unos principios básicos que, de hecho, ya están recogidos en la constitución. ¿Por qué en España, entonces, cada comunidad va por un lado, cada partido por su calle, y cada sector por su cuenta? ¿Qué tipo de Estado quieren, no el social y democrático de derecho? Los que piden una bajada de impuestos argumentando que el dinero está mejor en el bolsillo de los ciudadanos se están refiriendo a su propio bolsillo. No creen en realidad en una administración pública que, como su nombre indica, debe administrar lo que es de todos, a lo que contribuimos todos.

IDEAL (La Cerradura), 23/10/2022

miércoles, 19 de octubre de 2022

Abrigos

Se acerca el invierno y, mientras el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anuncia la ampliación del bono social eléctrico y ayudas a las comunidades de vecinos para que puedan poner la calefacción, las instituciones públicas avisan de medidas para aplicar el decreto de ahorro energético. “Vamos a abrigarnos” ha anunciado la rectora de la Universidad de Granada, Pilar Aranda, que comunica la prohibición del uso de estufas y calefactores en despachos y aulas. La crisis de precios provocada por la invasión de Rusia a Ucrania cambia los discursos políticos y nuestras costumbres, aunque no será para tanto, si podemos poner los radiadores a diecinueve grados. En realidad, desde la pandemia del coronavirus ya íbamos bastante abrigados a las clases, con las ventanas abiertas lloviera o tronara. Y yo me acordaba de la película “El club de los poetas muertos”, en la que John Keating (Robin Williams) enseñaba literatura en el campo de fútbol, donde los alumnos leían un verso antes de golpear el balón. “En mi clase aprenderán a pensar por ustedes mismos. Aprenderán a saborear la palabra y el lenguaje. Porque, a pesar de lo que les digan, la palabra y las ideas pueden cambiar el mundo”. La película está llena de frases para repetir en las aulas: “No leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana. Y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, los negocios y la ingeniería son carreras nobles y necesarias para la vida. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor… son las cosas que nos mantienen vivos”. Cómo abrigan algunas palabras en un mundo que parece catastrófico. Sin embargo, estamos mejor que nunca. Antes, la gente se las apañaba sin sanidad, sin servicios públicos, sin Estado. Hoy, es raro encontrar una actividad en la que no haya implicada alguna de las administraciones territoriales que, según el color político, parecen competir entre sí para estar más cerca de los ciudadanos, aunque sólo sea para subirles o bajarles los impuestos. Según los Presupuestos de 2023, el Estado transferirá más de 134.000 millones de euros a las comunidades autónomas para que sigan prestando los servicios que son más sensibles para los ciudadanos: sanidad, educación y servicios sociales. Eso en un país en el que dentro de quince años uno de cada tres hogares será de alguien que vive solo. ¿Aprenderemos a vivir con nosotros mismos? A falta de calefacción, habrá que buscar un Keating o un buen libro para abrigarse.

IDEAL (La Cerradura), 16/10/2022

lunes, 10 de octubre de 2022

Salarios

Las redes sociales echan humo por la subida de las pensiones, del sueldo de los funcionarios y del salario del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (90.000 euros), que hay quien considera disparatado. Sin embargo, no es el sueldo más alto que paga el Estado, pues está muy lejos de lo que cobran el rey, la reina, la reina emérita (al rey emérito le retiró su hijo la asignación en marzo de 2020, como castigo a las trastadas de su padre), el presidente del Tribunal Constitucional, el presidente del Tribunal Supremo, el Fiscal General del Estado o la presidenta del Consejo de Estado, por citar algunos cargos institucionales y sin entrar a valorar los méritos y el trabajo de unos y otros, loterías de las herencias y el nacimiento aparte. También está muy lejos del sueldo de los consejeros delegados de las grandes empresas, por no hablar de los de las entidades financieras. ¿Está bien pagado Pedro Sánchez? ¿Le va a afectar la inflación galopante? Si echáramos en una hucha los salarios de nuestros políticos prescindibles, nos daría para sacar de la quiebra a la Seguridad Social, pero no creo que sea el caso del presidente del Gobierno, que entre pandemias, guerras y crisis energéticas se está ganando el jornal. Incluso está llevando un poco de sentido común a la Unión Europea para que no se olvide de las políticas sociales, de las que Pedro Sánchez está haciendo su santo y seña. En ese sentido, se podrá estar de acuerdo o no, pero no se le pueden negar el trabajo y la iniciativa, desde las ayudas familiares a la “ley trans”, que tantas ampollas levanta en ciertos sectores, esos que consideran una chiquillada que en una residencia universitaria un gorila grite por la ventana “putas ninfómanas, salid de vuestras madrigueras” y sea jaleado inmediatamente por el resto de la manada. “¡Ay, la educación!”, exclamarán los padres. “Ni con los 1.200 euros que me cuesta al mes la residencia saco al niño de la etapa primate”. Resulta una caricatura preocupante de una clase social española que al mismo tiempo reniega del ingreso mínimo vital o del sistema nacional de salud, y que se ve que forma parte de la especie “Lupus Ahujus Hispanorum”, según la definía Pablo Casado cuando residía en el colegio mayor en cuestión. Sería anecdótico si no fuera porque ese pensamiento retrógrado tiene representación en el Parlamento. Pero la política se expresa realmente en los Presupuestos Generales del Estado, donde podemos valorar si nuestros gobernantes se ganan el salario o no.

La Cerradura, 9/10/2022