lunes, 24 de enero de 2022

Cerdos

Del cerdo ya sabíamos que se aprovechaba todo (¡ay, benditos callos!), pero nadie sospechaba que, a pesar del ministro de Consumo (que no comerá tampoco la olla de San Antón), no lo criaríamos para comérnoslo, sino para realizar trasplantes de corazón. Lo que el cerdo te quita en forma de colesterol te lo compensa con una nueva vida saludable, por lo que podemos exclamar como Homer Simpson: “la causa de, y la solución a, todos los problemas de la vida!” El primer trasplante de corazón de un cerdo a un ser humano se ha realizado en Baltimore (Estados Unidos), y llama la atención la poca repercusión que ha tenido la noticia. Será porque implica reconocer que, biológicamente, nos parecemos mucho a esos animales que nos sirven tanto para comer como para insultarnos, y hay a quien le cuesta aceptar que pertenece a este reino más doméstico que salvaje. Sin tener que recurrir a nuestros semejantes porcinos, España es líder mundial en donantes y trasplantes de órganos, como informaba Laura Velasco en IDEAL esta semana. En 2021 se han realizado 143 trasplantes de personas que habían superado la covid-19, lo que da una medida de la solidaridad de la gente, incluso en los peores momentos. Son buenas noticias dentro de una actualidad inquietante, con Vladimir Putin dispuesto a iniciar la tercera guerra mundial, como si no hubiéramos aprendido de las anteriores. ¡Menudo cerdo!, con perdón de nuestros queridos gorrinos. Pero le ha faltado tiempo a Pablo Iglesias y la parte morada del Gobierno (la otra parte es la ruborizada) para alertarnos de nuestro espíritu belicista contra los buenos de los rusos, a los que acaso habría que mandarles para que se calmen un ejército de juguetes. Si no se declaran en huelga, claro, que también sabemos gracias al ministro Garzón que estos tienen “su corazoncito”. Imagínenselos negociando las condiciones de la paz con el camarada Putin, que tiene una idea de la humanidad parecida a la que fabularon las hermanas Wachowski. Una cadena trófica formada en el primer escalón por cerdos criados en granjas; el segundo, por seres humanos que se benefician de todos los recursos de estos animales; y el tercero, por un ejército de robots rusos que crían en granjas a los seres humanos para producir energía como si fueran pilas, aunque les hacen creer gracias a Matrix que están criando cerdos o defendiendo su causa. No sé, quizá me haya ido por las patas del jamón de Jabugo. Pero entre humanos y cerdos, uno nunca sabe quiénes son más animales.

IDEAL (La Cerradura), 23/01/2022

lunes, 17 de enero de 2022

Suicidas

La principal causa de muerte en España no es el coronavirus, sino el suicidio. Dentro de España, Andalucía es la comunidad autónoma donde más personas se quitan la vida y, lamentablemente, son los jóvenes los que encabezan esta funesta estadística. Quizá tenga que ver con el ruido mediático, pero también con la crisis económica, el desempleo y la falta de oportunidades y expectativas para el desarrollo personal y social. Llama la atención que mientras la mitad de los jóvenes del mundo quieren emigrar a Europa, en países europeos como España algunos decidan quitarse de en medio. Pocas cosas pueden ser más deprimentes. Tenemos algoritmos que detectan en milésimas de segundo los gustos y el nivel adquisitivo de los consumidores, pero se ve que como sociedad no logramos ofrecer a muchas personas motivos para vivir. Y no es que suicidarse sea esencialmente malo. En la antigua Roma y en el Japón contemporáneo podía ser el resultado de una decisión digna y meditada, ya sea por razones físicas o éticas, como lo es hoy la eutanasia por motivos humanitarios y médicos. Pero en un país en el que nuestros políticos ni siquiera se molestan en dimitir después de las gestiones o actuaciones más vergonzosas (no les exigimos el harakiri, no, sino que dejen las instituciones y coticen a la Seguridad Social; y si ya lo han hecho antes de ser políticos, mejor), resulta doloroso que una persona joven decida quitarse la vida. Ante este hecho, periodistas y analistas ponen el foco en las enfermedades mentales, lo que es un recurso fácil en el caos reinante. Los filtros informativos parecen haber desaparecido, y si el recuento estadístico y diario de víctimas de la pandemia se hace insoportable, también es pandémica la proliferación de expertos sobre todas las plagas de Egipto, virólogos, vulcanólogos, climatólogos, psicólogos, “coaches” e incluso espiritistas, porque cuando hay alguna desgracia de algún tipo los medios de comunicación ya no hablan de otra cosa. ¿Sensacionalismo? ¿Pereza? Por eso hay cada vez más gente que renuncia a desinformarse, que es lo contrario a informarse. En el acto de comunicar hay alguien que da y otro que recibe, de ahí la exigencia de que la información sea veraz y cargada de contenido. Debemos dar a nuestros jóvenes las herramientas para estar en armonía consigo mismos y con el mundo. Un logro para toda una generación política sería un pacto nacional por la educación, que actualmente no pasa de ser un arma arrojadiza. Una educación no evaluadora, sino integradora. Es nuestra sociedad la que se suicida.

IDEAL (La Cerradura), 16/01/2022

lunes, 10 de enero de 2022

Teoría del pedo

Si tiene usted dudas sobre si ha pasado el coronavirus, hay un método de diagnóstico barato y fiable: ¿Puede oler los pedos de la gente? No los suyos, que hay hasta quien los aprecia, sino los de los pasajeros con los que viaja, por ejemplo, en un coche. ¡Menudo cerdo! Sí, díganselo a mi cuñado, autor de la nueva teoría científica, sobre la que me ilustró en la pasada cena de Nochevieja. Y él no estaba pedo, no. La había corroborado con varios colegas, todos profesores de secundaria. Por eso están dispuestos a retomar las clases con alegría mañana lunes. ¡Son inmunes a todo! En fin, si para el caso, la situación actual, si hablamos de iniciativa política, es una tomadura de pelo, o tal vez de olfato. Con la sanidad saturada, los ciudadanos son sus propios médicos, con o sin mascarilla. ¿Trabajo o no trabajo? ¿Viajo o no viajo? ¿Veo o no veo a los amigos? ¿Salgo de mi cuarto? Las familias hikikomoris (encerradas a cal y canto, tan sólo se comunican a través de las pantallas) van sustituyendo sin que nos demos cuenta a las familias tradicionales, contagiadas de espanto. Los que se mueven lo hacen sobre un mundo tan inestable que ya no confían en su olfato. No sabemos cómo huelen las cosas, si han madurado o se han podrido o es que nos vamos pudriendo nosotros sin darnos cuenta, saturados de virus. ¿Olían así las manzanas o son las manzanas ya digeridas y medio expulsadas en forma de ventosidades por tu cuñado? Sólo los políticos están acostumbrados a vivir en estas arenas movedizas de informaciones contradictorias, improperios y flatulencias. Sólo ellos tienen razón con sus juicios inequívocos sobre los vivos y los muertos, como el acalde Almeida. Hay personas con una cabeza tan cuadrada que juzgan a la gente por su ideología, aunque ésta sea la cosa más cambiante, la piedra filosofal que aún buscan asesores retirados y líderes proféticos que se han cortado la coleta. Porque la cuestión del olor político es uno de los grandes misterios filosóficos. Imagínense a Pedro Sánchez, Pablo Casado, Yolanda Díaz y Santiago Abascal en un coche. Si en el Congreso, el presidente del Gobierno le preguntó al líder de Vox si se había vacunado y éste le contestó que lo veía muy delgado, imagínense lo que podría contestarle después de acusarle de tirarse un pedo. ¡Usted no se ha contagiado! ¡Ni siquiera tiene ya olfato político! Hasta este nivel de enfermedad infectocontagiosapolítica hemos llegado. Quizá tenga razón mi cuñado.

IDEAL (La Cerradura), 9/01/2022

lunes, 3 de enero de 2022

Next Generation

          Entre test y aislamientos, las familias españolas han celebrado la llegada del nuevo año con un invitado inexcusable: el fantasma de las Navidades pasadas, aunque no sé si entraba en la cuenta de las comunidades autónomas sobre el número de comensales. “Soy el fantasma de lo que podría haber sido”, decía ese comensal invisible desde su silla; y la gente levantaba sus copas con la esperanza de que nos dejen brindar por algo bueno en este bucle melancólico de la pandemia. Seamos optimistas. Granada ha batido esta semana el récord de contagios, pero como nos aseguran Juanma Moreno y Pedro Sánchez tenemos al virus arrinconado en el ring, como Rocky Balboa antes de resucitar de nuevo después de besar por enésima vez la lona. Si esto era la nueva normalidad, la postnormalidad debe ser la repanocha. Lo publican los presupuestos generales del Estado para 2022 y las sucesivas reformas que nos esperan, anunciadas a bombo y platillo como el inicio de una nueva era. No años. No. Eras. Ciclos. Eones. La eternidad del discurso político. Por fortuna, tenemos a la Unión Europea, vestida por la necesidad con el traje de reyes magos y celebrando el veinte aniversario del euro. Los fondos Next Generation parecen el título de una película de Star Trek, y como la tripulación de la Enterprise confiamos en viajar en el tiempo para solucionar los problemas del presente. Porque serán las generaciones futuras las que tendrán que pagar la deuda pública actual. ¿Hipotecas? Para la Next Generation, como si fuera un truco de magia. Cada año asistimos a la misma ceremonia, quemamos nuestro viejo yo para que renazca el nuevo que, sin embargo, es el mismo tipo de siempre, al que ciertamente le han crecido la nariz y las orejas y va perdiendo pelo, pero que nos mira con la misma cara de gamberro desde que tenía, aproximadamente, nueve meses. Si cogemos todas las fotos que nos han hecho a lo largo de nuestra vida, podemos hacer un experimento. Desde la más reciente a la más antigua, vaya usted superponiendo una foto encima de la otra, hasta completar los fragmentos de su personalidad. Sí. Ese bebé que le mira riéndose sabe perfectamente quién es usted. Pero también podemos hacer la operación contraria, ordenando las fotos cronológicamente, hasta volver a encontrarnos con nosotros mismos. Entonces seremos quienes miremos al bebé con suficiencia para decirle: “Te lo dije”. Parafraseando a Ambrose Bierce, que en este nuevo período de 365 decepciones podamos contar al menos las mismas alegrías.

IDEAL (La Cerradura), 2/01/2022

lunes, 20 de diciembre de 2021

Navideños

Con la Navidad puede ocurrir como con la política: pasas por una fase de negación (“¡alcalde satánico!”), otra de ira (“¡eres un desequilibrado!”), negociación (“venga, vamos a aprobar los presupuestos, aunque no nos salgan las cuentas)”, depresión (“¿otra vez voy a hablar de Cataluña con mi cuñado?”) y, por último, de aceptación (“es una vez al año, hombre, el partido es tu única familia”). Luego, uno se da un paseo por la ciudad y, cruces invertidas aparte, se da cuenta de que para no sucumbir a las tentaciones de las fiestas y los regalos tendría que apagar todos los aparatos electrónicos y autodecretarse un confinamiento voluntario, aunque los precios hayan subido un 47%. Porque en estas fechas van a convivir los contagiados por la covid-19 y por el espíritu navideño. ¿Quién ganará la batalla para ocupar las mesas de los restaurantes y de las casas familiares? Se ve que vivimos en una sociedad que no acepta situarse en un punto medio, y ni las autoridades quieren hablar de restricciones, a pesar de que vuelva a elevarse el número de contagios y la tasa de incidencia se multiplique por siete en los últimos treinta días en ciudades como Granada. “¿Qué coño tiene que pasar…?”, diría Pablo Casado en el Congreso (ése es el nivel de los políticos españoles en este momento, como ha afirmado José María Aznar). Olvidado ya el consenso de la Transición, hemos perdido también la alegría inconsciente de los años ochenta. Ahora, o vivimos eternamente o nos morimos de golpe, que no “del golpe”. Porque, probablemente, Tejero moriría hoy por el pico de Twitter antes de llegar al Congreso para levantar la pistola y utilizar las mismas expresiones que el señor Casado. Y quizá sea lo que le ocurra a Vox, salvo que no se cumplan los vaticinios de Pablo Iglesias (hoy profeta) y el PP necesite sus votos en una nueva legislatura. ¿Le harán los mismos reproches que al Gobierno de Pedro Sánchez? ¿Pactar con la extrema derecha no implica cruzar líneas rojas? En Andalucía se ha hecho y, fuera de los símbolos y acaso los ritos diabólicos en la plaza del Carmen, no ha pasado nada. Entre la negación y la aceptación, España se va disolviendo en insultos y exabruptos, para jolgorio general. Eso no sucederá por el momento con la Navidad. A la gente le nace de dentro, hasta a la que le cuesta celebrarla. Es una cuestión de educación. ¿Educa qué? Quizá habría que hacer unos cuantos cursillos navideños en el Congreso.

IDEAL (La Cerradura), 19/12/2021

martes, 14 de diciembre de 2021

Juguetes

Lo que probablemente desazona más a los ciudadanos es observar el aburrimiento de nuestros políticos, sobre todo cuando estos ocupan cargos de responsabilidad, que conllevan como si fueran una carga, cuando nadie les ha obligado a aceptarlos, sino que normalmente los han alcanzado después de guerras intestinas, batallas dialécticas, chantajes ideológicos… Y al fin llegan al cargo y se preguntan: “¿Para qué?” Pues para proclamar una huelga de juguetes, como el ministro de Consumo, Alberto Garzón, que ha considerado necesario gastar 82.000 euros del presupuesto público en un vídeo infantiloide, casi tanto como el tono con el que explicaba la necesidad del despilfarro ante los medios. Lo del tono infantil para dirigirse al público debe de haberlo aprendido del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pero cuando lo oímos a los ciudadanos se nos queda la misma cara que a los niños cuando ven a un adulto haciendo tonterías y utilizando expresiones indescifrables para llamar su atención. “¿Qué le pasa a este en la boca?” Pues que ha declarado una huelga de juguetes para hoy, 12 de diciembre, domingo. ¿No podría ser el lunes? ¿Incluye la huelga a los juguetes políticos? Porque el vídeo está más bien dirigido a los padres, que seguro que estarán encantados con no ser sexistas a la hora de comprar juguetes a sus hijos –la mayoría no lo es-, pero que no pueden hacer un solo día de huelga para educarlos. “¡Jugar no tiene género!” Pues no. “Nosotros, aunque seamos de plástico o de peluche, también tenemos nuestro corazoncito”, nos dice una “khaleesi” desde la tribuna. Uno empieza a sentir la boca pastosa, la lengua dormida, como si a un mismo tiempo estuviera masticando miel y algodón de azúcar. Carne no, claro, que ya nos dijo el señor ministro que era mala para la salud. Si se sumase todo el dinero de las campañas publicitarias que se han proyectado en los distintos ministerios para llamar la atención de los votantes –que no ya ciudadanos- y que sean comentadas en las redes sociales, que es de lo que se trata, quizá se tendrían recursos suficientes para compensar la subida del recibo de la luz de las familias más necesitadas o asegurar una comida caliente en invierno a miles de sin techo. Pero así estamos, confundiendo el comunismo con el consumismo. “Juguetes del mundo. Llevamos años soportando que nos encasillen, que nos digan que sólo fuimos creados para…” El caso es que hoy ni los juguetes ni los niños pueden jugar, pero nuestros políticos sí. Y con el dinero público.

IDEAL (La Cerradura), 12/12/2021

martes, 7 de diciembre de 2021

Mitos

En una época de incertidumbre como la que vivimos, corremos el riesgo de que todo se sobredimensione y, al mismo tiempo, no les demos importancia a otras cosas que resultan empequeñecidas por las cifras y las amenazas que hoy llevan el nombre de las letras del alfabeto griego: alfa, beta, gamma, delta, ómicron. Son las variantes más peligrosas, del SARS-CoV-2, nos dicen los científicos, pero hay otras: épsilon, zeta, eta, iota, kappa, lambda… Nos hemos convertido en Odiseo luchando contra las maldiciones de los dioses del Olimpo. O en el mito de una tragedia autodestructiva. Porque lo que tienen en común las últimas variantes de la Covid-19 es que surgieron en países con un alto número de contagios y una baja tasa de vacunación: India (la variante delta) y Suráfrica (ómicron); países que propusieron a la Organización Mundial del Comercio (OMC) la exención temporal de las patentes que protegen la propiedad intelectual e industrial de las vacunas para que éstas llegaran a todo el mundo. Una propuesta que contó con el apoyo de Estados Unidos, pero no de la Unión Europea, donde Alemania y otros países tienen intereses económicos en la comercialización de las vacunas, los mismos países que, curiosamente, se están viendo obligados a tomar medidas más restrictivas por la propagación de estas dos últimas variantes. A esto lleva la insolidaridad. Porque, para mutar, el virus sólo necesita un cuerpo humano con un sistema inmunitario débil, y le da igual si el ser humano en cuestión es rico o pobre. Los países ricos, que son los que tienen una mayor tasa de vacunación, apenas representan el 15% de la población mundial. ¿Pueden defenderse de todas las variantes del virus que penetrarán por sus fronteras? No deberían existir patentes sobre las vacunas, que aunque sean elaboradas por empresas privadas han sido subvencionadas con dinero público. Como mucho, podría compensarse económicamente a las compañías, poniéndole un precio al bien común. Pero las cuestiones de salud pública y derechos humanos no deberían estar en manos privadas. La humanidad debe encaminarse a un poder político mundial que no dependa de las decisiones de los grandes grupos empresariales, algo de lo que la UE se ha convertido en paradigma, a pesar de todas sus cosas buenas. El alfabeto griego y el mito de Europa deben servir para algo más que ponerle nombre a nuestros miedos. A ver si va a resultar que, después de todo, a la diosa no la rapte Zeus, sino un nuevo virus mutado por la avaricia del capital financiero.

IDEAL (La Cerradura), 5/12/2021