domingo, 17 de marzo de 2019

Género


En el viaje de estudios del instituto están prohibidas las habitaciones mixtas. Al parecer, son normas de la agencia de viajes y de la institución académica. Una norma absurda, según me comenta G con una lógica aplastante: “Total, en mi curso la mitad de las chicas son lesbianas y la mitad de la otra mitad bisexuales, por lo que con esta segregación (sic) es más fácil que se enrollen”. Yo hace tiempo que mantengo la prudencia cuando converso con un adolescente, e intento cambiar de tema. “¿Fuiste a la manifestación del 8-M?” Pero G continúa inflexible: “Es una norma del siglo XIX. No tiene sentido en el XXI. A está liada con B y con C. D, con Z y con X. Y X hace poco salía con A y con B”. Entonces G pone una cara filosófica, y yo me acuerdo de cierto profesor de física que nos obligaba a contestar las preguntas de los exámenes por líneas ideas. Así que trato de cambiar nuevamente de tema: “Pues creo que hoy hay convocada también una manifestación por el cambio climático”, digo. Pero G prosigue con su razonamiento: “Porque claro, seguro que estarían más tranquilos si todos fuéramos XX o XY, pero ¿y si no es así? Lo mismo no nos importa quién tiene cromosomas homogaméticos o heterogaméticos”. En ese momento, yo intento acordarme de las clases de educación sexual que nadie me dio. ¿XY era para los hombres? ¿XX para las mujeres? G parece leer mis pensamientos: “Es que ya está bien. “Es como el autobús del cartel ‘Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva’, que es de la época de las cavernas. ¡Que sólo somos seres humanos!” Yo rememoro entonces una explicación leída en algún lugar, probablemente en la Wikipedia, acerca de que los seres humanos pueden presentar una disposición cromosómica contraria a su sexo fenotípico. Así, puede haber machos XX o mujeres XY. Y puede darse un número anormal de cromosomas en el que sólo un cromosoma X está presente, y otro en que se juntan dos cromosomas X y un cromosoma Y, conocidos como el síndrome del XYY y el síndrome del XXYY. Y hay otras disposiciones menos frecuentes como el síndrome de triple X, y los síndromes XXXX y XXXXX. Pero G interrumpe por fin (y se lo agradezco) mi digresión cromosómica: “¿Me estás escuchando?”. “Claro que sí”, le contesto. “Yo lo que le propondría al instituto es que os pusieran en las habitaciones por orden alfabético”. Y me quedo tan pancho.
IDEAL (La Cerradura), 17/03/2019

domingo, 10 de marzo de 2019

Pelotas


La víspera de elecciones es también una época de regresos y renacimientos. Aunque la gente hable más de la debacle del Real Madrid, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se empeña en cambiar la realidad y hacer campaña electoral a golpe de decretos-leyes (no “reales decretos”). Y es que se ve que los casos de extraordinaria y urgente necesidad a los que se refiere la Constitución para legislar desde el ejecutivo son subjetivos (los “reales decretos” emanan de la potestad reglamentaria). Así, mientras una parte del madridismo suspira por la vuelta de la elegancia y la mano izquierda de Zinedine Zidane, otros piden el regreso de la mano dura de José Mourinho, el “number one”, el gran homo interruptus. Ah, no, me confundo, el verdadero homo interruptus es Pablo Iglesias, que anunció su regreso a la escena política (como si se hubiera ido) con una campaña digna de la colonia masculina “Jacqs”: Vuelve el hombre. ¿Qué hombre? Él. Pablo. El destructor de mundos políticos (dicho con voz grave). O quizá se trataba de una campaña de la última película de Marvel. No sé. Quién puede saber algo con tanto jaleo, sobre todo si está rodeado de gente que, amparándose en el Estado de Derecho, hace lo que le sale de las pelotas. Al fútbol me refiero, claro. Porque, ¿quién hace en España lo que le sale de las pelotas? A ver. Carles Puigdemont, aunque viva en Bélgica. Quim Torra, que continúa viviendo en España a su pesar. Santiago Abascal, claro. Y Pablo Casado. Y quizá Albert Rivera. Sebastián Pérez seguro. Y Luis Salvador. ¿Paco Cuenca? No sé, este hombre sonríe demasiado como para hacer lo que quiera. Pero usted, sí. “¿Yo?” “Sí”. “¿No serás tú?” “Sí”. “Y tú también, claro”. “¿Yo?” “No. Tú”. “Y a mucha honra”, me contestará usted. O al menos lo intento. Vale. ¿Y no hay mujeres que hagan lo que quieren? Menos, pero las hay. Del perfil anterior, Susana Díaz o Carmen Calvo. De otros perfiles más edificantes, Marta Gutiérrez y Mayte Olalla, que encabezan la lista de Vamos Granada para las elecciones municipales. Y es una verdadera desgracia para la política municipal y española que no sean más las candidatas. Así no hablaríamos tanto de pronombres o de prohombres y de pelotas. Pero es que se ve que en España casi todo es una cuestión de pelotas, que según la RAE puede ser “juego que se hace con la pelota” o “persona aduladora, que hace la rosca”. Lo mismo termina siendo José Mourinho el presidente del Gobierno.
IDEAL (La Cerradura), 10/03/2019

domingo, 3 de marzo de 2019

Televisión


La televisión se mete en nuestra casa como si fuera una ventana para asomarte al mundo. Pero, a veces, parece un espía, alguien que nos mira con la cara de presentadores o actrices para inmiscuirse en las conversaciones familiares en el comedor, la habitación que, después de la cocina, es el verdadero templo de la casa. Pero también se deslizan en nuestras habitaciones desde la pantalla personajes entrañables que nos acompañan durante la cena y se convierten en una suerte de álter ego que habla por nosotros y se sabe todas las respuestas a las preguntas que le formulemos. Es lo que ocurría con José Pinto, concursante del programa “¡Boom!”, que junto a sus compañeros de Los Lobos llevaba meses batiendo récords en Antena 3. José era de esos tipos con los que tienes que llevarte bien, pues era sencillo, campechano y sabio. Un amigo, un suegro o un cuñado ejemplar, aunque no tuvieras el gusto de conocerlo personalmente. Pero sí lo conocíamos de alguna manera, y por eso la noticia de su muerte ha afectado a miles de españoles. Me lo cuenta Encarna, una mujer de sesenta años, experta en concursos y telenovelas de sobremesa, porque su mayor y única compañía son esos programas y esas personas de las que habla como si fueran de su familia. Y quizá deberían tomar nota de ello nuestros políticos, pues lo único que sabía Encarna, como otros seguidores en toda España, es que José Pinto era buena gente. Que tendría sus miserias y sus problemas, como nosotros, pero verlo acertar una pregunta del presentador Juanra Bonet equivalía a decir: “El mundo, a pesar de todo, está bien. Sigue en su sitio. Y aunque no podamos responder a todas, al menos nos sabemos algunas respuestas”. Así, Los Lobos podían concursar en un nuevo programa y los espectadores continuar con la rutina de siempre. Pienso en Encarna y en José Pinto, y en las relaciones que se forman entre personas conocidas y desconocidas, reales e irreales, seres humanos de carne y hueso y personajes de ficción, que sin embargo nos parecen a veces mucho más reales y humanos que aquellos que los crearon. En unos días en que abundan las sobreactuaciones y los personajes de campaña, los grandes discursos y la demagogia política, la gente prefiere a las personas directas y sencillas, esas que contestan a las preguntas que se saben con una sonrisa, la misma que ponen si se manchan de pintura al fallar una respuesta. Como si fueran de la familia.
IDEAL (La Cerradura), 3/03/2019

domingo, 24 de febrero de 2019

Violencia


Observo cómo se saludan dos adolescentes a la puerta de un instituto: se dan patadas y puñetazos en los hombros; se ríen, aunque se ve que a uno el dolor le impide reír la gracia. Luego se suman otros conocidos y aumentan las patadas y puñetazos, las risas y los gritos de dolor. “¡Oye, no te pases!”, dice una chica, que ha pegado y recibido como los demás, pues se trata de una violencia mixta y consentida, para relajar las hormonas antes de entrar a clase. Porque eso sí, el afecto –debe de serlo- físico y exagerado cesa cuando atraviesan el umbral de la puerta del edificio, donde no entran los puñetazos y los insultos. Y no sé por qué, pienso en el parlamento español y en la campaña electoral que se avecina, en el discurso del odio que destilan entre sonrisas Pablo Casado o Santiago Abascal, el que apadrina el presidente de la Generalitat Quim Torra en Barcelona, convertida en una ciudad desagradable e inhóspita, donde ya no se pueden ejercer el derecho a trabajar o la libertad de expresión sin que te agredan o escupan. Uno se admira del cambio de esta ciudad cosmopolita como del de nuestra clase política, que ni a sí misma se respeta, dentro o fuera del Congreso de los Diputados. Y eso en una semana que recordamos la muerte de Antonio Machado en el exilio, en Colliure, esa localidad francesa que también reclama el soberanismo catalán, además de la cordura. Y se recordaban los últimos versos que escribió el poeta en un papel arrugado: “Estos días azules y este sol de la infancia”. En un país que, sin embargo, no parece recordar ya nada, y que se empeña en desenterrar viejos odios sin explicar ni explicarse lo que le pasa. Lo ilustró perfectamente el todavía presidente del Gobierno Pedro Sánchez al presentar su manual de autoayuda acompañado de un presentador de televisión y una periodista –no sé si puede llamarse así a Mercedes Milá- que se dedicó a hacer crónica rosa de los adversarios políticos, entre las risas del consejo de ministros en pleno. Otro insulto a la inteligencia y una desgracia, pues nos da el nivel de quienes toman las decisiones que afectan a cuarenta y seis millones de ciudadanos españoles. Antonio Machado también escribió: “Castilla (leamos España) miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora. ¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada recuerda, cuanto tuvo la fiebre de la espada?” No traerá nada bueno tanta violencia gratuita. Ni en las urnas.
IDEAL (La Cerradura, 24/02/2019)

domingo, 17 de febrero de 2019

Elecciones


Si en España hubiera algún respeto hacia lo público, no se convocarían elecciones en dos meses consecutivos. Ni siquiera dentro de un plazo de cuatro años, que es el tiempo que marca la ley para las legislaturas, período en el que vamos a acudir tres veces a las urnas para elegir al presidente del Gobierno. Primero, por el despilfarro económico que suponen; y segundo, por respeto a los ciudadanos. Pero en este país se habla con naturalidad de los intereses electorales de los partidos y de las cábalas sobre los resultados según cuál sea la fecha elegida, como si todos fuésemos pitonisos además de políticos. Sin embargo, la mayoría no los somos, y aunque podamos presentarnos a unas elecciones, estamos bastante hartos de aquellos que hacen de la política una profesión, y no tenemos ganas de oírlos no sólo en una campaña, sino en dos campañas electorales consecutivas. ¿Que los ámbitos son distintos? Tiene todo el sentido votar de una vez a nuestros representantes municipales, autonómicos, nacionales y europeos. De hecho, lo que no lo tiene es que haya tantos representantes en todos los ámbitos, y estaría bien que fueran sustituidos por gestores. ¿Que el voto nacional puede condicionar el municipal, el autonómico el europeo o viceversa? Eso tendrán que decidirlo los votantes, que todavía son seres racionales, a pesar de sus gobernantes. La campaña electoral empezó con el debate sobre los presupuestos en el parlamento, y continuó en la rueda de prensa del presidente del Gobierno en que anunció la fecha de la convocatoria de las elecciones después de agotar la paciencia de los periodistas que lo escuchaban desgranando los supuestos logros conseguidos en sus efímeros ocho meses de gobierno. Si no fuera todo tan lamentable, daría risa. Porque con los 175 millones de euros que costarán estas nuevas elecciones (130 se gastarán en organización y 45 en subvenciones a los partidos) se pueden construir centros de salud, dar recursos a los colegios públicos y pagar algunas pensiones. Pero, en fin, como la prórroga de los presupuestos del Estado va a suponer una pérdida de miles de millones de euros en los recursos públicos, lo demás es calderilla. Porque el ombligo de nuestros políticos y nuestros partidos es más profundo que un agujero negro. Menos mal que en Granada, al menos, podremos votar como alcalde a Antonio Cambril. Conque tenga la mitad de talento político que periodístico, la ciudad cambiará a mejor. En este caso concreto, me alegro por la política, aunque lo siento por el periodismo.
IDEAL (La Cerradura), 17/02/2019

domingo, 10 de febrero de 2019

Presidente bluff


Pedro Sánchez se ha convertido en una caricatura de presidente. Quizá, su modelo sea Barack Obama, pero ni las gafas de sol le quedan igual, ni el avión es el mismo, ni tiene los mismos motivos para escribir un libro. De hecho, es un presidente que, por mantenerse en el poder, es capaz de pactar con el diablo, que en este caso es el nacionalismo catalán, que aunque representa apenas un diez por ciento del electorado español, pretende desmantelar las instituciones democráticas. Y con el entusiasmo de este presidente bluff, que sin representar a la fuerza política más votada ni en España ni en Cataluña, se salta los mecanismos parlamentarios a base de decretos leyes o de negociaciones políticas paralelas. Pero es que la política española se convirtió hace tiempo en Operación Triunfo, y por eso en vez de estadistas tenemos en la primera fila política a personajillos obsesionados con su imagen y su presencia públicas, y que no demuestran más principios políticos o personales que los que dictan Twitter o Instagram. Y helos ahí, presumiendo de fachada. Algo que, por otra parte, ocurre en casi todos los ámbitos de la sociedad española, desde la empresa a la cultura. A los partidos, a las editoriales o a los medios de comunicación (por citar tres ámbitos presuntamente intelectuales), lo que les interesa es el número de seguidores que puedan tener políticos, escritores o periodistas, que necesitados de admiradores dedican gran parte de su tiempo (se ve que aquí nadie trabaja) a pronunciar con gran solemnidad absolutas naderías. ¿A alguien le extraña que nuestros adolescentes que pueblan las redes muestren a su vez un nivel cultural pésimo? ¿Que consideren al otro o la otra como una mera efigie o un objeto? Lo grave es que no se trata de culto a la personalidad, que suele estar vacía, sino de culto al avatar. De la adoración al doble del que fue un ser humano responsable; pero que ahora, por encima de cualquier otra consideración, debe estar presente en plataformas reales o virtuales, aunque sea diciendo twitterías. Lo lamentable es que nos tomemos en serio a estos avatares, sobre todo en la política. Porque de tener un presidente bluff a una democracia bluff hay poca distancia. Quién iba a decírselo a Juan Marsé, cuando utilizó este término para referirse a una escritora de cuyo nombre no voy a acordarme y que resultó ganadora del premio Planeta. Los bluff son ya mayoría en la cultura, la política o el deporte. Candidatos para elecciones varias o presidentes del Gobierno.
IDEAL (La Cerradura), 10/02/2019

domingo, 3 de febrero de 2019

Gran Granada


Resulta llamativo que el PP y Sebastián Pérez se hayan apropiado del título de una magnífica novela de Justo Navarro, “Gran Granada” (Anagrama, 2015), para presentar su campaña electoral. Un término que el autor utilizaba para denominar al círculo de poderosos en la ciudad de 1963, es decir, en plena dictadura franquista. Lo mismo ese es el modelo de Sebastián Pérez, lo que tampoco es de extrañar, teniendo en cuenta los antecedentes del equipo de gobierno en el que él participaba, donde según las crónicas judiciales el nepotismo y las irregularidades urbanísticas eran la práctica habitual. En la Gran Granada de Justo Navarro hacíamos un verdadero viaje en el tiempo, y casi nos aliviaba no vivir ya en esa ciudad ruin donde el comisario Polo habría detenido también y encerrado quizá a unas cuantas autoridades. Un personaje al que el autor le ha dado continuidad en la nueva novela “Petit Paris”, que acaba de publicar la editorial Anagrama. Y aquí Polo tiene que viajar a la Francia ocupada para buscar cuatro lingotes de oro robados en Granada, hilo argumental que acaso también le sirva al PP para montar su campaña. “¡Seremos un pequeño París!”, podría decir Sebastián Pérez, que quizá sea mejor que una Gran Granada. ¿Será ahora París la ciudad más deseada por sus vecinos? ¿La que despierte más interés para generar empleo y riqueza? Por lo pronto, debería generar mayores derechos de autor para Justo Navarro, que se ha visto despojado del título de su novela y que tal vez deba encomendar al comisario Polo que vaya a rescatar dentro de la clase política más reaccionaria el oro robado a su creación literaria. Porque resulta increíble escuchar a algunas personas hablar de que la ciudad recupere “la fortaleza y la grandeza que ha atesorado durante siglos” y que “ha perdido en poco tiempo”. ¿Se refieren a la fortaleza y la grandeza de Granada en 1492? ¿En 1963? ¿La que perdió en la nefasta gestión económica del PP durante trece años? ¿La que ahora se va dilucidando en los tribunales? Más que admiración, este ambicioso plan lo que da es miedo. Porque la Gran Granada ha brillado por su ausencia durante años, y lo que siempre ha habido es una clase política y empresarial que cree que la ciudad es suya y no de los ciudadanos, el círculo de poderosos que tan magistralmente retrataba Justo Navarro en su novela y que al parecer sigue en el mismo sitio donde estaba hace cincuenta y seis años. ¡La Gran Granada!
IDEAL (La Cerradura), 3/02/2019