lunes, 6 de abril de 2020

Teletrabajo


Mi hijo trabaja más que nunca. Desde que dejó de ir al instituto, se pasa todo el día haciendo deberes. Menos gimnasia –se ve que el profesor se ha tomado en serio lo de no moverse de y en casa-, está mañana y tarde estudiando historia, latín, literatura, filosofía... Dice que no tiene tiempo para nada. Cuando me levanto temprano ya me lo encuentro sentado delante del ordenador, hojeando los libros de la biblioteca, revisando la agenda. Lástima que no pague las facturas, aunque no pierdo la esperanza de que acabe haciéndolo. ¿Tomará el Gobierno más medidas para influir en los roles familiares? Los autónomos que se han quedado en casa y no pueden cobrar se tiran de los pelos, y aunque la salud sea lo primero quizá habría que pensar en no parar la actividad económica del país y dejarnos salir a correr un rato. Ir levantando el confinamiento por sectores después de Semana Santa. Puestos a tomar medidas, además de facilitar la liquidez con subvenciones –y no con líneas de crédito-, deberían prolongarse los plazos para realizar las declaraciones trimestrales y anuales de los principales impuestos, o al menos de aquellos que afectan más a la actividad económica: IRPF, IS, IVA e IAE; establecer una deducción general del 50% en las cuotas, permitir sin ningún límite la compensación de pérdidas en los ejercicios impositivos y suspender las cotizaciones sociales. ¿Se puede permitir el país esto? Yo creo que sí. A las administraciones les sobra grasa –por no hablar de altos cargos- y podrían tomar nota de qué servicios públicos no se han visto afectados por el confinamiento, desde la gestión administrativa a la enseñanza. Efectivamente, muchas personas pueden trabajar desde casa, lo que ahorraría recursos económicos, y también en la empresa privada. Las principales entidades bancarias inundan estos días los medios de mensajes positivos a los clientes, y ojalá podamos contar de verdad con ellas. ¿Sería un buen momento para plantear si pueden justificarse las ganancias desmedidas de los intermediarios financieros? ¿El sueldo disparatado de algunos deportistas? ¿El despilfarro de los principales clubes de fútbol? ¿La tolerancia con especuladores y mafiosos? Algunas funerarias –la muerte nos llega siempre antes de tiempo- han aprovechado la situación para subir sus tarifas, lo que nos da una idea de lo insensibilizadas que pueden estar al dolor ajeno. Pero, mientras nos llega la hora, trabajaremos, aunque sea desde casa. Tendré que negociar con mi hijo el uso del capital económico y humano familiar y el horario de oficina.
IDEAL (La Cerradura), 5/04/2020

lunes, 30 de marzo de 2020

Excursiones domésticas


Hoy hemos decidido hacer una excursión al baño. Nos hemos puesto camisas de franela, pantalones vaqueros, botas y anorak. Hemos llenado la mochila de bocadillos, una cantimplora de agua y la bota de vino para el abuelo. Papá y mamá han discutido sobre si llevar también picos y cuerdas, de lo que era partidario papá, aunque mamá –no sé por qué- le ha dicho que si no estaba exagerando. “Soy previsor”, ha afirmado papá. “¿Has cogido el botiquín?” A lo que mamá ha contestado con una carcajada. Mientras, mi hermana y yo hemos ayudado a vestir al abuelo, que ha cogido su bastón y la escopeta de caza. “Por si viéramos un ciervo. No abunda la carne en esta casa”. Marta y yo nos hemos echado una mirada significativa, porque mamá, de un tiempo a esta parte, se ha decantado por la comida vegetariana, y no hemos dicho nada de los temblores de las manos del abuelo, que quizá le impidan acertar en el blanco. “¡Vamos!”, nos ha apremiado mi padre. “Siempre llegamos tarde”. A lo que mamá ha contestado con otra carcajada. La excursión ha comenzado en el comedor, donde todos nos hemos puesto en fila. Delante, el abuelo, al que hay que ayudar un poco; con él, mi padre, cargando la mochila, y mi madre, cuidando de que no se caiga ninguno de los dos; y detrás, mi hermana y yo, que hemos tenido que acarrear finalmente con las cuerdas y un pico. La verdad es que hemos tardado más de una hora en recorrer el pasillo. Papá y el abuelo se trastabillaban. Al principio, porque el abuelo se cansaba mucho; después, porque cada tres pasos se paraban a echar un trago de vino. He contado doce pasos hasta llegar a la puerta del baño, que alguien se había dejado abierta. Esto no le ha gustado nada a mamá, que nos ha recordado la importancia del orden y la disciplina. Para qué habrá dicho nada. En ese momento, el abuelo se ha apostado en el marco de la puerta, apuntando con su arma, mientras que papá ha saltado hacia delante con el pico que me ha arrebatado de las manos, como si hubiera un enemigo cerca. A duras penas nos ha dado tiempo a asomarnos y ver cómo se pegaba un cabezazo contra la bañera. ¡Boom! Entonces se han puesto a gritar los vecinos que iban a llamar a la policía. Y así se ha acabado nuestra excursión. Eso sí. Papá nos ha prometido que mañana iremos a la cocina.
IDEAL (La Cerradura), 29/03/2020

lunes, 23 de marzo de 2020

El mundo de mañana


Las calamidades sacan lo mejor y lo peor del ser humano, y mientras parte de la población da todo lo que tiene –incluyendo la vida- por los demás, otros se dedican a sacar partido de la desgracia ajena, cuando no a poner de manifiesto en las redes sociales su estupidez congénita. Lo peor sobre el coronavirus ha sido escuchar las frases de quienes le quitan importancia diciendo: “Sólo mata a los viejos”, como si ellos no lo fueran, incluso esa pseudo modelo que afirmó (sic) que “estaba harta de encontrarse momias por la calle”. Ella sí que es una momia de solemnidad, como demuestran todas sus poses de descerebrada en Instagram. Un ser inhumano. Ante el Covid-19 todos somos viejos, pues no distingue entre edades, credos, ideas políticas o países. Quizá se trate de una protesta de la madre naturaleza, aliviada con que esta pausa obligada haya bajado los niveles de contaminación. Y acaso sirva también esta pandemia para que nuestros políticos se pongan de acuerdo en lo básico, y para que el BCE y las instituciones monetarias tomen medidas pensando por fin en los ciudadanos. ¿Hacía falta un coronavirus para eso? ¿Sólo prestamos atención a lo importante cuando está en riesgo nuestra vida? ¿No lo estaba antes? Cada día nos jugamos nuestra supervivencia, aunque sólo seamos conscientes de ello cuando sentimos el peligro cerca. Entonces aparece el santo o el diablo interior. En USA, además de las tonterías olímpicas de Donald Trump, el miedo al contagio ha llevado a la gente no sólo a acabar con el papel higiénico en los supermercados, sino a hacer largas colas en las armerías. “Ya tengo comida y papel higiénico, ahora toca armas y municiones. Hay que estar preparado”, dicen; porque ya imaginan a sus vecinos tratando de asaltar sus casas para robarles la comida o comérselos vivos. La incultura es la peor distopía. Los expertos afirman que después del virus el mundo no será igual. Habrá menos consumo y menos trabajo, aunque la riqueza seguirá en las manos de siempre. Según Santiago Niño Becerra, el trienio social será la renta básica, la marihuana legalizada y el ocio gratis. Es decir, la gente alimentada, drogada y entretenida, para que no se queje. Más o menos como estábamos antes. Y qué curioso que el virus haya llegado cuando se anunciaba el colapso económico. Los cambios serán ahora más rápidos. Y nosotros, con tal de llegar a viejos, entregaremos gustosamente nuestra libertad. Si es que no lo habíamos hecho ya.
IDEAL (La Cerradura), 22/03/2020

lunes, 16 de marzo de 2020

Papel higiénico


La crisis por el coronavirus está revelando aspectos insospechados de las costumbres humanas. El uso excesivo de papel higiénico, por ejemplo, lo primero que se ha agotado en los supermercados españoles, y no porque la gente esté cagada de miedo. Por lo visto, la gente lo utiliza para sonarse los mocos, como servilleta (no creo que para escribir historias), hay quien tiene siempre un rollo encima de la mesa del comedor o de la oficina, y quien lleva uno en el bolso. “Este hotel es de categoría”, le oí decir una vez a un abuelo, “tiene dos rollos de papel en el cuarto de baño”. ¡Dos rollos! Hoy es casi imposible tener uno solo, ni siquiera en el cuarto de baño de casa. Para qué servirá el bidé. Se ha llevado todos los rollos la vecina del quinto, que el otro día subió al ascensor con medio supermercado, que ya tenía las estanterías vacías cuando yo llegué. ¿Se estará exagerando un poco? El vecino del primero se está construyendo en el garaje una especie de refugio antivirus. Ha cerrado la plaza con una puerta hermética, ha puesto estanterías para la comida y el agua, un inodoro químico y ventiladores, aunque no sé si le compensará inhalar mientras termina su obra tanto anhídrido carbónico. El hombre no hace más que toser y le cuesta trabajo respirar,  como si tuviera el Covid-19. Lo peor es si hace calor y sudas un poco. Qué miradas de espanto. Qué manera de rociarse con alcohol las manos, ya con la piel irritada y estropajosa. ¡No te acerques, por favor! Y es que la salud es un estado provisional que no presagia nada bueno. Mejor cultivar el espíritu. La sociedad puede aprovechar la cuarentena para meditar un poco, recordar lo que era leer, perder el tiempo, estar con la familia. Lo mismo el mundo se vuelve más sostenible y se ralentiza el cambio climático. Podemos aprender a no tener tanta prisa. Preservar la salud mediante un riguroso régimen puede ser la peor de las enfermedades. Y qué decir de los remedios políticos. Algo bueno tendrá que la población se quede en casa, si logra estar a gusto consigo misma. Escribió Quevedo que la enfermedad más peligrosa, después del doctor, es el testamento: más han muerto porque hicieron testamento que porque enfermaron. ¿Crecerá exponencialmente el número de divorcios? Si también se suspende la justicia, nos dará tiempo para arrepentirnos. Mejor hacer el amor que la guerra. Pero sin tocar. Eso sí que tiene mérito.
IDEAL (La Cerradura), 15/03/2020

martes, 10 de marzo de 2020

Alucinaciones

Las contradicciones en la sobreinformación del coronavirus preocupan a la población, que ya se ve encerrada en su casa, aislada y en cuarentena, con la cara tapada con una mascarilla. Quizá tenga algo que ver el cómputo exacto y en tiempo real del número de contagiados, fallecidos y recuperados. ¿Sensacionalismo? ¿Morbo? ¿Información de interés público? La única persona sensata en España en estos momentos parece Fernando Simón, de quien resultan admirables la inteligencia, la responsabilidad y la calma con las que informa diariamente de la evolución de la epidemia en España y de las medidas que están tomando las autoridades sanitarias. Es la prueba de que en la Administración hay técnicos excelentes que mantienen el funcionamiento de las instituciones a pesar del Gobierno y de los partidos. Ojalá estuvieran al frente del poder ejecutivo. Porque las iniciativas que toman los políticos son siempre discutibles. En Italia han cerrado universidades y centros educativos, pero esos mismos niños juegan y quizá se contagien en los parques infantiles, adonde los llevan los padres a falta de patios de colegio. La diferencia entre percepciones erróneas, alucinaciones y pesadillas no siempre está clara, y teniendo en cuenta que probablemente gran parte de la población acabe contagiada, no sé hasta qué punto serán eficaces las prevenciones excesivas. La gente compra mascarillas para no caer enfermos, cuando son los enfermos quienes tendrían que ponérselas; deja de estrecharse las manos y lleva en el bolsillo un bote de alcohol desinfectante como Sheldon Lee Cooper, el joven científico que nos hacía reír con sus manías y paranoias en The Big Bang Theory. Lo que hace ver el telediario. No hay otra noticia para abrir los informativos. Pero dentro de poco será sustituida por un símbolo hipnótico que haga desaparecer la conciencia colectiva. ¿Se piensa en otra cosa? Las personas pasamos la mayor parte del tiempo analizando peligros reales e imaginarios mientras se nos escapa nuestra vida. Y quizá no seamos más que un punto de vista, una mirada individual sobre el mundo en un momento concreto. Antes, habría que apartar todos los resplandores que nos ciegan. Políticos, médicos y periodistas parecen estos días los administradores del Más Allá, convirtiendo casas, oficinas y hospitales en puertas giratorias. ¿Hacia dónde se decantará la moneda? El Granada CF estuvo durante muchos minutos el pasado jueves clasificado para la final de la Copa del Rey, que disputarán el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad. ¡Otra vez será! Como escribía Julio Ramón Ribeyro, todo tiene importancia, nada tiene importancia, aquí, ahora.
IDEAL (La Cerradura), 8/03/2020

lunes, 2 de marzo de 2020

Yo tengo el coronavirus


En las farmacias de Granada se han agotado las mascarillas, y hay listas de espera para comprar geles desinfectantes hidroalcohólicos para las manos. ¿Tendrá algo que ver la adicción de los espectadores a las distopías de Netflix, HBO o Amazon? Los escritores y guionistas llevan años fabulando con el fin de la humanidad por diversas causas víricas, hasta los vampiros y los zombis han encontrado aquí una nueva manera de perpetuarse en nuestras pantallas. Al parecer, la dopamina que genera en el cerebro un atracón de una serie en “streaming” sólo es comparable a otro atracón. Y el miedo al Covid-19 parece nacido de una de estas ficciones, aunque su perjuicio a la salud humana sea inferior al de una gripe. Pero en los centros educativos se dan indicaciones para frenar el contagio, en los centros de salud se refuerzan las plantillas y la tontería colectiva propaga el miedo a los chinos y a los apretones de manos. La gente quiere ponerse en cuarentena, encerrarse en casa para ver quizá su serie de televisión favorita. ¿Será otra distopía? El miedo es una amenaza real que ya está provocando una crisis económica. Se cancelan eventos comerciales y deportivos, la gente deja de viajar, y en un mundo globalizado se detiene la rueda del dinero, que hoy tiene dependencia de China, que representa el 17% del producto interior bruto mundial. Si se detiene China, se detiene el planeta, y en el país asiático se ha parado ya el 80% de la industria y el 90% de las exportaciones. “China no puede luchar contra el coronavirus y al mismo tiempo evitar una crisis económica”, declara Ambrose Evans-Pritchard, editor de economía internacional del diario “The Telegraph”. Y, mientras los expertos se preocupan de analizar los síntomas económicos, los ciudadanos nos centramos en vigilar nuestro cuerpo. ¿Nos ha subido la fiebre? ¿Tenemos problemas respiratorios? ¿Moqueamos? Yo mismo llevo una semana encerrado en casa, sosteniendo el mando a distancia y viendo películas y series como “Pánico en las calles”, “Contagio”, “Estallido”, “Infectados”, “Pandemia”, “Guerra mundial Z”, “The Walking Dead”, “The Rain” o “The Last Man On Earth”. Menudo dolor de cabeza. Quizá por eso mi mujer y mi hijo se hayan ido de casa y prácticamente nadie me dirija ya la palabra. Acaso tenga algún vecino que quiera traerme una caja de paracetamol. En fin, tampoco debe de ser para tanto. Pero, por mera prudencia informativa, y para evitar contagios, voy a tener que terminar este artículo. Ahora vaya a lavarse inmediatamente las manos.
IDEAL (La Cerradura), 2/03/2020

domingo, 23 de febrero de 2020

Ventajas del comunismo


A pesar del Gobierno bicéfalo, no creo que en España se hubiera obedecido una orden de cuarentena que afecte a millones de personas, como ha ocurrido en China. Me imagino las protestas del vecino: “No me pierdo la semifinal de la copa del Granada ni aunque me pique un millón de Coronavirus”. Y es que las dictaduras pueden tener sus ventajas, y aquí importa poco el color político. “Con Franco vivíamos mejor”, se exclama todavía en algunos asilos. Pero hay a quien no le afectan los cambios políticos ni de régimen, como puede atestiguar la banca española, igualmente protegida en el franquismo que en la democracia. No así sus trabajadores, despedidos o prejubilados en la última recesión, mientas las arcas de sus patronos recibían una inyección económica a cargo de los presupuestos del Estado y los tributos de los ciudadanos. Igual que en China, claro, aunque allí no se andan con disimulos. ¿Elecciones? ¿Democracia? Las autoridades chinas tienen tan bien vigilados a sus ciudadanos que saben dónde se encuentran en cada momento, y les basta pulsar un botón para inmovilizarlos. En España y en el resto de Europa también, pero para controlar a la población los gobiernos se valen de los móviles, las compañías del sector tecnológico, el consumo y ese deseo irrefrenable que parece tener hoy día el ser humano de decir en las redes sociales dónde está, qué hace, qué opina o qué (ejem) piensa. Y a pesar de todo, gran parte de los medios españoles están empeñados en propagar el miedo al Gobierno y sus socios, que al parecer “son comunistas”. ¿Comunistas? Si lo fueran no serían ministros ni vivirían en chalés (quizá en mansiones, como los jerarcas chinos), ni tampoco ayudarían a una ministra venezolana a pasar a su embajada de contrabando veinte maletas con ¿leche en polvo? El discurso de la derecha española empieza a dar más pena que risa, a costa de la deriva ideológica y la desintegración del Estado. Lo saben bien en el País Vasco, que recibe más recursos y competencias en cada nueva legislatura gobierne quien gobierne, con apenas media docena de diputados. Ay, la bilateralidad, plasmada hace décadas a través del convenio navarro y el concierto vasco. Y ahí siguen, explotando con ahínco sus ganas de independencia. Pero el problema no es la supervivencia de la Seguridad Social, ni la educación ni la sanidad ni el resto de los servicios sociales. El problema es el comunismo. Menos mal que no vivimos en China. Entre rojos, todo son ventajas.
IDEAL (La Cerradura), 23/02/2020