lunes, 21 de septiembre de 2020

Quimeras

Las quimeras de la clase política española están siendo caricaturizadas por la pandemia, y cuando las cifras de contagiados de Madrid, por ejemplo, son de las más altas de Europa, resulta lamentable tener que asistir a bailes institucionales para coordinar a la administración local, autonómica y estatal, que tienen que hacer el paripé de reunirse en la Puerta del Sol, porque al parecer no saben solucionar nada con una llamada telefónica. Mientras los partidos de la coalición del Gobierno siguen discutiendo sobre las posibilidades de un Estado federal o plurinacional, vemos que el Estado autonómico va desangrándose precisamente por una excesiva descentralización en las competencias que emergencias como ésta requieren de una dirección única y cohesionadora: sanidad y educación. Pero lo mismo que la historia de España se estudia en cada comunidad como se tercia, la respuesta al Covid-19 varía según la ciudad de España en la que vivas y, como el nacimiento, es una lotería que dispongas o no de camas hospitalarias. En un momento en el que en toda España lo que se necesita es contratar a más médicos y profesores, cada administración tiene que apañárselas como pueda, pues aquí la mayor parte de los recursos se destinan a comunicación y a campañas publicitarias. ¿Qué nos importa ahora la memoria democrática? Hay que sobrevivir para poder recordar el pasado, que suele tener más que ver con la imaginación y las justificaciones personales que con la prescripción. ¿Qué les importan las ocurrencias de Joaquim Torra sobre la independencia de Cataluña a los propios catalanes, cuando no saben si salir de casa? ¿Se están destinando todos los recursos posibles para combatir los efectos sanitarios, sociales y económicos de la pandemia? En plena negociación de los presupuestos, ¿cuáles son las cuestiones esenciales que se están poniendo sobre la mesa? ¿Qué me llevo yo por darte apoyo parlamentario? En estos momentos, los recursos públicos deberían tener un fin concreto, y no destinarlos a quimeras que no sostienen ni siquiera la comunicación política. Nos estamos jugando el futuro de un país, sí, pero, fundamentalmente el de personas y familias sin las que no se entienden naciones, estados ni democracias. Los ciudadanos deberían salir a la calle para exigir a las Administraciones públicas y a los políticos que las representan que asuman de una vez su responsabilidad. No es tiempo de guillotinas, pero quizá sí de tijeras. En los presupuestos públicos sobran dietas, asesores, cargos, carguillos y gastos en marketing. Y sobra también la mitad de las propias administraciones. Estamos hartos de quimeras.

IDEAL (La Cerradura), 20/09/2020

miércoles, 16 de septiembre de 2020

La mano izquierda

Como Paco de Lucía, que confesó que él era de izquierdas “hasta que ganó dos millones de pesetas”, la izquierda española –con mucha menos sinceridad- se ha convertido en burguesa. Lo demuestra Pablo Iglesias, que se ha vuelto tan clasista que ni siquiera entiende el acento de Teodoro García Egea en el Congreso. A él se le entiende sin embargo muy bien, más de lo que le gustaría, aunque lo que le gustaría de verdad sería que Pedro Sánchez dejase de tomarle el pelo. Porque en esta batalla de titiriteros parece ganar el equilibrista, acostumbrado a caminar sobre el abismo. Así, para acallar las críticas sobre la gestión de la pandemia, el Gobierno había anunciado la llegada de la vacuna en diciembre, pero mira por dónde se han torcido los ensayos clínicos, que a diferencia de la política española no pueden dejar lugar a la improvisación. ¿Y ahora qué? Pues fusionamos Bankia y la Caixa para privatizar el rescate bancario del Estado, que es una cosa muy de izquierdas, como el despido de los trabajadores que sobrarán de las oficinas, total, ya vendrán los fondos europeos a rescatarnos el año que viene. Mientras, podemos congelar o bajar el sueldo de los funcionarios, las prestaciones de los ERTE, alargar la edad de jubilación, subir en el mínimo legal las pensiones. Construir un relato del sacrificio y del amor a España. Según Santiago Abascal, este es el peor gobierno en 80 años, pero hay cosas que no cambian. Es la confusión entre la política de los egos y la de los ciudadanos, que ven cómo son los directores y jefes de estudios de institutos y colegios los que tienen que preocuparse por la salud de sus hijos, que los médicos de atención primaria están desbordados, que cierran las tiendas y negocios del centro y del barrio, que los vecinos tienen que concentrarse en la localidad granadina de Escúzar para que no cierre la última sucursal bancaria, y que leen las noticias sobre la Covid-19 como si se tratara del horóscopo. ¿Tendremos un futuro negro, azul o rojo? También decía Paco de Lucía que la mano izquierda era la creativa, y que la mano derecha ejecutaba. Lo dijo en TVE, el nuevo NODO, según ha dicho también Santiago Abascal. La diferencia es que, al salir del plató, a Paco de Lucía le dieron una paliza. Pero ya no es tiempo de metáforas. Ahora, más que a crear, la mano izquierda se dedica en España a la ingeniería política y financiera.

IDEAL (La Cerradura), 13/09/2020

lunes, 7 de septiembre de 2020

Optimistas

En la chabola que veo al pasear por el Camino de las Vacas han puesto una alarma. Los carteles de la compañía de seguridad destacan en la verja que protege una vivienda destartalada, construida con latas y cajas. Aunque claro, también hay plantado en mitad del terreno un mástil con la bandera de España, porque ser ocupa no está reñido con ser patriota. ¿Han conquistado el territorio que habitan u ostentan un título legítimo de propiedad? En un rincón acogedor, sobre un trozo de césped y bajo una sombrilla, hay una mesa y unas sillas que parecen sacadas de un anuncio de IKEA. Y es que no hace falta convertirse en vicepresidente del Gobierno para lograr la república de tu casa. La realidad y la irrealidad se mezclan estos días, y hay quien aprovecha para apropiarse de lo que se le antoja en ese limbo que queda entre los discursos apocalípticos y las personas que se empeñan en que su vida siga igual. Cambia el paisaje como cambian las costumbres, y sólo los optimistas ocupan las calles, jóvenes que han sustituido a sus mayores en las terrazas de los bares, que hacen fiestas y botellones y respiran igual de bien con mascarilla o sin ella. Vetan las reuniones de más de diez personas, los bailes y la barra libre en las bodas, pero la gente continúa quedando en el descampado para montar una barbacoa, y no hay quien los saque de allí. Y qué decir de la vuelta al colegio, de las nuevas normas para los niños, a los que me imagino intercambiándose las mascarillas, restregándose por las paredes y el suelo, investigando virus y bacterias, como debe ser. Las madres preparan uniformes, pasan horas inculcándoles las nuevas normas, aunque sepan que las olvidarán a los tres segundos de volver a ver a sus amigos por fin en clase. Y después gritarán, locos de alegría: “¡Ventilemos las aulas!” Antes de que regrese el ogro telemático. Por doquier resuenan los tópicos para adaptarnos y reinventarnos, pero quien sigue impertérrito en su optimismo es Fernando Simón, que en los primeros días de la pandemia dijo que se trataba de una gripe que causaría como mucho “una o dos muertes”. Encarna a la perfección la definición de optimista de Ambrose Bierce: “defensor de la doctrina de que lo negro es blanco”. Para este gobierno todo lo equivocado es acertado. Unos ponen alarmas y otros crean estados de alarma, pero, puestos a elegir quimeras, prefiero las de la chabola a las del Palacio de la Moncloa.

IDEAL (La Cerradura), 6/09/2020

lunes, 31 de agosto de 2020

La guerra de Gila

Meses después de que el presidente Pedro Sánchez, con su lenguaje de cómic, anunciara la victoria y el comienzo de una nueva era, seguimos más o menos igual, pendientes del hilo de la evolución de la pandemia, sin estar seguros de si nuestros hijos irán normalmente al colegio, si podremos trabajar, si no nos encerrarán para velar por nuestra salud o continuar jugando con nuestro destino. Lo que era un problema estatal ahora es un problema autonómico, y mientras se anuncia la compra de millones de vacunas políticos y partidos fragmentan la seguridad, intranquilizan a la población, no son capaces de articular un plan único, fiable, si no meridianamente claro al menos para que la gente sepa a qué atenerse. Pero la improvisación es el verdadero virus de la política española, y acostumbrados a obrar en función del calendario electoral y los sondeos de opinión, los que tienen que tomar decisiones son incapaces de realizar políticas sanitarias a medio o largo plazo. Aquí se llevan más las tiritas y las gasas. Durante el mes de agosto todavía podía justificarse el aturdimiento veraniego, pero la llegada de septiembre nos pone frente a un espejo en el que el moreno dura dos días y la grasa vuelve a hacerse visible. Mientras tanto, la gente sigue muriendo, aunque hay quien le quita hierro hablando de la menor agresividad del virus y de la curva de población, porque la masacre la siguen sufriendo nuestros mayores. ¿Hay humanidad en estos comportamientos? Aislar a los mayores en residencias es recurrir a guetos, que se parecen demasiado hoy a campos fúnebres. Han muerto por miles, y no veo que el gobierno estatal o los gobiernos autonómicos hagan algo para remediarlo. El saber y el respeto y la memoria de una guerra real que sufrió España no hace tantos años mueren con esas personas, que nos dejan un país que parece una caricatura, la llamada telefónica de un Gila póstumo. El enemigo no va a contestar al teléfono, pero continúa sin haber una respuesta política única a esta pandemia. España ha sido uno de los países que peor ha gestionado la primera ola de la Covid-19, y pasándole la patata caliente a las Comunidades Autónomas sólo ha complicado la respuesta a la segunda. No hay test masivos, no existen directrices claras. A una semana del comienzo del curso escolar, se han reunido los ministros de Sanidad, Educación y Política Territorial con los consejeros autonómicos correspondientes para analizar la vuelta a clase. “¿Está el enemigo? Que se ponga”.

IDEAL (La Cerradura), 30/08/2020

domingo, 23 de agosto de 2020

El paciente

Creo que debido a la saturación informativa por la Covid-19 me puse malo. Se me hincharon los ganglios del cuello, me dieron escalofríos, incluso fiebre, aunque curiosamente para abajo. En resumidas cuentas: se me metió en el cuerpo el malestar reinante. Yo no suelo molestar a los médicos si no es estrictamente necesario, pero mi mujer me convenció de que llamara y pidiera cita. “Total”, me dijo. “Si ni siquiera tienes que ir, te llaman por teléfono”. Ante una lógica tan aplastante, no pude negarme. Era jueves y me dieron cita para el martes siguiente. Durante el fin de semana, luché denodadamente contra el malestar exterior e interior: me metía o salía de la cama en función de la temperatura corporal y nacional. Pero el lunes estaba mejor, e incluso casi recuperado el martes. “Qué le digo ahora al médico?”, pensé. “¿Le cuento mi calvario del fin de semana o que ya estoy bien?” El médico debía de estar muy ocupado o haber adivinado mis dudas, pues el martes no me llamó. “¿Ves?”, le dije a mi mujer. “Si ya lo sabía yo”. Mi mujer no siempre me deja que me salga con la mía, y se metió en el programa de citas de la Junta. “Pues aquí pone que te han llamado”. “Ah, ¿sí?”, repuse. “¿Y por qué no ha sonado el teléfono ni tengo ningún registro de llamada?” Mi mujer me miró meneando la cabeza, como si fuera el culpable de algo, y creo que de la frustración que sentí empezó a subirme la fiebre. “Mañana tienes que llamar al centro médico”, sentenció. “Y temprano”. Así que eso hice el miércoles, y al quinto intento me cogieron el teléfono. Le conté a la telefonista con mi voz de enfermo lo que había pasado y me dijo: “Hum… ¿No le ha llamado el médico?” Comprobó mi número de teléfono y me dijo que a partir de las doce me volvería a llamar. Me quedé con las ganas de decirle que no podían volver a llamar a quien no habían llamado antes, pero opté por callar prudentemente y esperar. El caso es que a las doce y media no me habían llamado, pero yo me encontraba mejor. A la una y media tampoco había sonado el teléfono, y yo estaba como nuevo. A las dos y media mi teléfono por fin sonó. Yo pensé que el último recurso de la Seguridad Social era curarnos a base de ejercitar la paciencia y, como el tratamiento había surtido efecto, no contesté la llamada.

IDEAL (La Cerradura), 23/08/2020

lunes, 17 de agosto de 2020

Máquinas

Ante las urgencias de todo tipo provocadas por la Covid-19, hay administraciones que están en la realidad, otras en la irrealidad y otras simplemente en la inopia. Como suele ser habitual, entre estas últimas se encuentra el Ayuntamiento de Granada, que con el auspicio surrealista de la consejería de la Junta correspondiente, para revitalizar el turismo quiere poner máquinas que reproduzcan el sonido de los pájaros y aromaticen los miradores del Albaicín. “¿What? ¿Are you crazy? ¿Es el día del turista inocente?” Se ve que no tienen mucha confianza en que sobrevivan los pájaros y los vecinos del barrio, pero quieren un barrio turístico a toda costa, aunque sea fantasmal. Pero es lo que pasa cuando se maneja dinero público. Malgastarlo no duele. Si le plantearas algo así a tu pareja, ésta haría todo lo posible para incapacitarte judicialmente por pródigo. No hay dinero para mascarillas, ni para hacer test PCR a la población, pero para comprar autómatas sí. El caso es que en mitad de una epidemia nacional, España personifica una descentralización administrativa caótica, con el Gobierno central pasándole la pelota sanitaria a las comunidades autónomas, que para eso tienen las competencias, y las administraciones locales haciendo lo que pueden, actuando sensatamente en la Puebla de don Fadrique o Busquístar, y otros espantando moscas. Por eso hay quien reclama que vuelva a declararse el estado de alarma. Más vale una sola dirección, aunque sea mala, que diecisiete decisiones autonómicas, más las decisiones de las dos ciudades autónomas y de los 8.131 municipios que tiene España. Aunque uno nunca sabe qué es peor. Resulta un milagro que este país siga unido cuando cada una de las 50 provincias (que se me olvidaban) tira para su lado, y eso que ni siquiera cuento con Cataluña y el resto de las nacionalidades históricas, que por obra de los pactos autonómicos son ahora todas las regiones españolas. ¿No se están mareando? Representa un esfuerzo hercúleo mantener un equilibrio entre tantas fuerzas e intereses contrapuestos, pero ¡bendito país! Cuando atendiendo a la actualidad uno no sabe si sería mejor recurrir a la cicuta como el maestro Séneca, abre el periódico y casi se muere de un ataque de risa al leer las noticias locales. ¿No podrían poner una máquina para gestionar el consistorio? De todos modos, creo que la mayoría de los concejales del equipo de gobierno anda de vacaciones. Tanta genialidad debe cansar un huevo. Lo lleva en la mano un jinete a lomos de un caballo en la fachada del Ayuntamiento.

IDEAL (La Cerradura), 16/08/2020

lunes, 10 de agosto de 2020

El exilio o la fuga

La categoría de un país se mide también por cómo trata a sus personajes públicos, y que el Rey emérito haya tenido que exiliarse demuestra muy poco respeto por el personaje (que tampoco se ha mostrado en los últimos años digno de respeto), pero asimismo por la historia de España. Total, Juan Carlos I no ha hecho algo muy diferente a lo que hacen habitualmente artistas y deportistas, y habría que ver cuántos miembros del Consejo de Ministros utilizan sociedades para tributar menos a Hacienda. El Rey emérito aceptó pagos de Arabia Saudí como el actual vicepresidente del Gobierno los aceptó de Irán y Venezuela, al menos eso es lo que cuenta la prensa, y para todos debería valer la presunción de inocencia. El que no la necesita es Pedro Sánchez, que se va a veranear tranquilamente al palacio de La Mareta, un regalo del rey Hussein de Jordania a Juan Carlos I y que éste cedió al Patrimonio Nacional, porque aquí se es republicano sólo cuando interesa, y lo que más abunda es la hipocresía y la desvergüenza. Es cierto que Juan Carlos I fue el sucesor nombrado por Franco, pero también la ley de Reforma Política fue la última ley franquista, y si no ha habido una verdadera ruptura jurídica con el régimen franquista sí la ha habido en la persona del propio Juan Carlos I, convertido en jefe del Estado y símbolo de la monarquía parlamentaria. Es decir que, si le hubiera dado la gana, no hubiera habido democracia en España, y eso es algo bien distinto a sentarse por la noche a ver Juego de Tronos. La diferencia entre la clase política de la Transición y la actual es que mientras aquélla creció sufriendo las secuelas de una guerra civil y una dictadura, ésta lo hizo viendo en el cine La Guerra de las Galaxias. Y se nota. ¿Cuántos de los actuales líderes políticos son capaces de hacer un sacrificio para pactar con el contrario? Ni siquiera con una pandemia que ha causado decenas de miles de muertos (todavía esperamos cifras oficiales verdaderas) hemos visto un gran pacto político nacional. No les interesa a nuestros políticos, que carecen de una idea o un proyecto de Estado, fuera del análisis de la intención de voto y los fundamentos de la comunicación política. ¿Una república? El presidente Sánchez ha volado en dos aviones Falcon de las Fuerzas Armadas al palacio de la Mareta, en Lanzarote. Otra película: Exilio y fuga. Mientras, la casa está vacía. Y sin barrer.

IDEAL (La Cerradura), 9/08/2020