lunes, 29 de junio de 2020

Limpios


Las nuevas costumbres acaban con las manías. Ahora todos somos maniáticos, y nos lavamos las manos una, dos, tres veces, cada vez que nos subimos a un autobús, entramos en la oficina, en un comercio, en un bar, y cuando salimos y volvemos a casa. “Pues sí que te lavas tú las manos”, solían decirte. Ahora lo raro es quien no se las lava treinta veces al día, a pesar de la urticaria. ¿Podemos tocar las cosas? ¿Podemos tocarnos? ¿Nos reconocemos a pesar de la mascarilla? Los equívocos son continuos, y no quiero ni pensar lo que le sucederá al que se le ocurra salir a ligar. Habrá que recurrir al móvil, que mandará nuestra foto por contacto de Bluetooth, para que aparezcamos sonrientes en la pantalla. Ah, ¿éste eres tú? Cambiar las normas de la realidad es como darle la vuelta al mundo. Hasta que el cerebro vuelva a acostumbrarse, veremos a la gente boca abajo o boca arriba, dependiendo de la ideología. Es el mundo perfecto para la clase política, acostumbrada a decir una cosa y hacer la contraria, a lograr, sin decir nada, lo contrario de lo que pretendía. Es un mundo caótico, sembrado de peligros en forma de rebrotes, esa palabra que nos intimida y paraliza, pues impide que hagamos planes a medio o largo plazo, al no saber si nos confinarán de nuevo. El Gobierno ha dicho esta semana que no descarta volver a declarar el estado de alarma. Amenaza con volver a suspender la vida cotidiana. Depende de la evolución del virus y del comportamiento de los ciudadanos. De pronto, hemos vuelto todos a la adolescencia. Pero no es cierto que los ciudadanos hayamos invadido las calles, ni los encuentros masivos, a pesar de lo que se vea en las redes sociales. Basta pasear o utilizar el transporte público para darse cuenta de que todo funciona a ralentí. Muchos se resisten a retomar la vida de antes de la pandemia, por prudencia o miedo. El discurso del individualismo y la hiperactividad se ha topado con un pequeño virus que no entiende de síndromes de abstinencia por la falta de consumo compulsivo. Hemos perdido el control de nuestras vidas, mientras que el presidente del Gobierno ha descubierto que efectivamente tiene el poder para paralizar o aterrorizar al país, algo que no hubiera podido imaginar ni en sus más febriles sueños ni en nuestras más terribles pesadillas. Pero no hay que preocuparse: échese un poco de gel hidroalcohólico en las manos y póngase la mascarilla. Qué limpios estamos.
IDEAL (La Cerradura), 28/06/2020

lunes, 22 de junio de 2020

Mañana


En la llamada “nueva normalidad” los jóvenes siguen haciendo la vida de siempre y sufriendo las mismas limitaciones, aunque suelan vivir como si el mundo no fuera a acabarse nunca: no hay ayer ni mañana, sólo ahora. Estás o no estás, mientras nos dejen. Pero qué gran diferencia hay entre que te dejen o no. El miedo a que no recuperemos nuestra vida, a que no haya un “ahora” no lo vamos a perder en mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo? Probablemente, en función de la edad que tengamos le demos más o menos importancia a esta pregunta. Cuantos más años, más importancia y mayor incertidumbre; cuantos menos años, menos importancia pero quizá la misma incertidumbre. Los jóvenes siempre viven en la incertidumbre: que si un examen, que si el trabajo, que si el futuro. Este Gobierno pasaría realmente a la historia como se cree si convirtiera el ingreso mínimo vital en una renta mínima. ¿Se puede acabar con la incertidumbre general? Qué gran país sería aquel que lograra acabar con las dudas sobre el mañana. Y la renta mínima, si no acabaría con todos los dilemas del mañana, al menos le pondría a la gente las cosas más fáciles. “Toma. Ya tienes los recursos necesarios para vivir. Y toda la vida por delante”. ¿No es un motivo para aprovecharla bien? Cuántas generaciones se habrán desperdiciado por no poder sobrevivir a la incertidumbre. En estos días, la publicidad nos anima a mover el mundo con una tarjeta de crédito. Al parecer, sólo el flujo de dinero puede devolvernos la normalidad. Pero esa imagen de escaparates y viajes y nuevos vehículos con fabulosas ofertas es para muchos inalcanzable. Ni las calles ni las tiendas ni los bares tienen la misma alegría y, como las personas, muestran sólo la mitad de la cara. No estamos seguros de quién son esos ojos, que nos miran con recelo. ¿No me saluda quien antes me saludaba? ¿Eres tú realmente? Hemos pasado de escurrir el bulto achacando las propias decisiones a los informes científicos, a achacarlas a los informes de los economistas, que según Pedro Sánchez van a diseñar otra sociedad. Y recuerdo las palabras de Lorca: “Yo sé que no tiene razón el que dice: “Ahora mismo, ahora, ahora” con los ojos puestos en las pequeñas fauces de la taquilla, sino el que dice: “Mañana, mañana, mañana”, y siente llegar la nueva vida que se cierne sobre el mundo”. También escribió Rafael Guillén que “el hoy es un después” y “el mañana es ahora”. “Hoy es siempre todavía”, diría Antonio Machado.
IDEAL (La Cerradura), 21/06/2020

lunes, 15 de junio de 2020

Online


Me cuenta un amigo que lleva una semana dándole clases a una lámpara. Los alumnos, cuando “asisten” a una clase online, hacen las cosas más insospechadas: comer, fregar los platos, dar un paseo –mi amigo ha visto calles, balcones, familiares y vecinos en la pantalla-, cargar el móvil, dormir e incluso hay quien desconecta el micrófono y la cámara y no deja ni siquiera una foto estática. Si en España el 35% de los jóvenes sólo completa la ESO, ¿qué pasaría si se prolongase la enseñanza no presencial? Los profesores aspiran a formar a personas, pero en este contexto resulta especialmente difícil transmitir los conocimientos y las experiencias, pues vía telemática –y por mucho que nos empeñemos- no se establece una verdadera relación entre los seres humanos. Hay que provocar reacciones en tu interlocutor, y para eso es necesario utilizar los cinco sentidos. En las reuniones de trabajo hay quien se “conecta” y se dedica a hacer otra cosa, por lo que los mensajes de los compañeros se convierten en una cantinela, una música de fondo donde se mecen las musarañas. Si se aumenta el gasto en educación, aumenta el porcentaje de éxito de los alumnos, las posibilidades de encontrar un trabajo cualificado, se reduce el paro y se incrementa la productividad del país. Pero al parecer no es lo que tienen en mente las Administraciones públicas, pues a pesar de que el Gobierno ha creado un fondo de 2.000 millones de euros para las comunidades autónomas para paliar los efectos del Covid-19, la Junta de Andalucía ha decidido reducir el presupuesto de las universidades en 135 millones. En un momento en que deben multiplicarse los recursos en educación se hace exactamente lo contrario. Y no vale la excusa de que esos fondos van a destinarse a la sanidad, pues sanidad y educación deben ir de la mano en los presupuestos, ya que sólo así garantizaremos el presente y el futuro de nuestra sociedad. Si estas dos competencias fundamentales son de las comunidades autónomas, deben disponer de los recursos suficientes para ejercerlas, y el Gobierno central debe asegurarse de que en todo el territorio español se presten los mismos servicios públicos esenciales. ¿Cada comunidad autónoma va a decidir cómo se imparten las clases el próximo curso? Para este viaje no necesitábamos tantas alforjas. Educamos a ciudadanos, no construimos lámparas, a pesar de Wert y todos los que, con cada nueva reforma, han ido desmantelando el sistema educativo. Hacen falta más recursos, volver a impartir humanidades, creer en las personas.
IDEAL (La Cerradura), 14/06/2020

domingo, 7 de junio de 2020

Pescados


España no es tan diferente a otros países europeos, pero nos empeñamos en parecerlo, como ese adolescente que no tiene muy clara su identidad, aunque algunos le atribuyan siglos de historia imperial. Pero no sólo nos empeñamos en diferenciarnos de otros países, sino que, dentro del propio Estado, las comunidades autónomas llevan años echando una carrera para diferenciarse entre sí, y también las ciudades, que buscan la piedra filosofal del turismo, e incluso pretenden diferenciarse los ciudadanos, educados con los chistes de Eugenio, aunque tengan las mismas necesidades básicas, garantizadas con el ingreso mínimo vital (algo bueno tenía que hacer el Gobierno). “¿Saben aquél que diu que van un catalán, un vasco y un andaluz metidos en un ascensor?” Otra cosa es el carácter, que no es tan bueno, a juzgar por lo que ocurre en el Congreso de los Diputados. Debían de estar en plan surrealista esta semana sus señorías, a pesar de la cara de circunstancias. “Si ningún miembro de este Gobierno somos pescados, ¿en qué andan ustedes, señor Casado?”, preguntó muy seriamente la vicepresidenta Carmen Calvo al jefe de la oposición. ¿Cómo? ¿Que no hay pescados en el Gobierno? Y no estaba utilizando un estilo metafórico-evangélico, del que tanto disfrutan Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Pablo Casado había amenazado a Pedro Sánchez: “A usted lo acabarán pescando”. Una afirmación categórica que requería otra contestación del mismo calibre: “En este Gobierno no hay pescados”. Puede que haya pecados y enchufados en alguna dirección general, pero pescados no. Sólo pescamos coronavirus y resfriados. Pero es que del lenguaje inclusivo hemos pasado al lenguaje infantil, como el que utiliza Irene Montero con los periodistas para explicar la manifestación del 8-M y la pandemia. “¿A qué crees que se debe la bajada de cifras?” “Pues tía, creo que al coronavirus, pero no lo voy a decir”. ¿Y la manifa? “Guay, con mucho empuje”. ¿Y el virus? “O sea, los gobiernos europeos están tomando medidas superdrásticas”. El caso es llevarse la contraria, aunque sea hablando como el Piraña en la serie Verano Azul, otra gran contribución a la educación española. Que le dice Pedro Sánchez a Santiago Abascal: “¡Barrilete!”; pues contesta el otro: “¡Telerriba!” Es decir, lo mismo, pero al revés. A esto deben referirse con lo de nueva normalidad. Y este es el nuevo idioma que van a utilizar. Es lo que suele pasar cuando uno se preocupa más de lo que dice que de lo que hace. ¿Y a quién le preocupa la salud del Estado? A saber lo que estarán pescando.
IDEAL (La Cerradura) 7/06/2020

lunes, 1 de junio de 2020

Íberos


La mejor prueba de que España empieza a superar los estragos de la epidemia es que volvemos a ver a los bandos cainitas de siempre, los que enarbolan banderas constitucionales o inconstitucionales, ensordecen con sus pitidos, insultan y agreden, ilustrando una vez más lo peor de un país anclado en la guerra civil, ese “pequeño intercambio de opiniones entre los íberos”. La concordia española ha durado lo que la cuarentena, y la batalla ahora es por cambiar de fase, aunque haya que derribar primero al contrario. Porque pretenden obligarte a elegir un bando, aunque los dos te parezcan igual de fanáticos. Debes ser de izquierdas o de derechas, y no puedes criticar al Gobierno y también a la oposición. En el fondo, todos son mesiánicos, cuando no evangélicos. “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”, dice el Señor (Apocalipsis, 3:15-19). Aunque aquí no hay señores ni señoritos, ni siquiera pijos o hijos del 15-M. Los prejuicios arraigan incluso en las mejores cabezas, ocupadas en construir redes clientelares y no necesariamente políticas, aunque enarbolen la bandera de la solidaridad y la democracia. Para ser demócrata, hay que renunciar a cortar cabezas, que es el verdadero deporte nacional, ya sea en el ministerio del Interior o en el partido, por no hablar de las pachangas académicas o culturetas. ¿A quién ponemos en los consejos de administración de las grandes empresas? Si uno se molestase en hacer un seguimiento sobre quién nombra, a quién se nombra y quién toma las decisiones en las instituciones más importantes de este país, tiene para escribir cien bodrios como Juego de Tronos. ¿Se puede estar en misa y repicando? Pues sí. Se trata de criticar primero lo que deseas para pasar de ser vociferante a vociferado, de escrachador a escrachado, cuando no escacharrado finalmente por la lógica del poder. A unos y a otros lo que de verdad les importa es decir “aquí estoy yo”, por encima del que sea, incluso del que ellos mismos fueron cuando eran personas antes que personajes, políticos más cómicos que dramáticos. Pero ha vuelto la función. Y por lo que se ve, no importa tanto si nos hemos cargado el escenario o si queda un público que nos aplauda. A falta de buenos toreros, hay quien prefiere ser toro para calzarse la piel de España. Y quizá, como Machado, estén esperando “al hombre ibero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda”.
IDEAL (La Cerradura) 31/05/2020

lunes, 25 de mayo de 2020

Encuentros en la tercera fase


A este paso, lo siguiente que veremos en esta pandemia es el uso de salvoconducto, un documento que diga “libre tránsito”, para escapar como los judíos de la Alemania nazi. Lo piensa nuestro urbanita en la puerta de su casa, y que la gente quiere que le pinchen y le tomen la temperatura para poder recuperar la tranquilidad, porque judíos no tenemos muchos en España –tanto da-, pero nos sobran virus y nazis. Equipado con el nuevo pasaporte y una mascarilla se puede encarar el futuro, si no con optimismo, al menos con una sana resignación. “A ver lo que me prohíben ahora”, piensa. En una época de peste y enfermedad, Boccaccio recomendaba divertirse y aprovechar cada momento como si fuera el último. Siguen su consejo los jóvenes que quedan para hacer botellón en los sitios más insospechados, rodeados de ruinas y tumbas, en los límites de la ciudad pero muy cerca de los centros educativos, aunque nuestro urbanita no puede decir más –los ve en su paseo diario-, pues no quiere ser un soplón como el vecino. Mucho más discreto, el urbanita se pregunta: “¿En qué fase me encuentro?” A falta de los extraterrestres de la película y por lo que pueda pasar, se arma con una petaca, la pitillera y la imprescindible tarjeta de crédito, porque “cash” no tiene, ni soporta la cara de terror con la que algunos empleados aceptan a regañadientes sus monedas. Y allá va disfrazado, en busca de una terraza donde le sirvan una caña. Resulta toda una aventura hacer cola durante treinta minutos, tomar el sol con la cara cubierta, no digamos aparentar normalidad con el camarero cuando logra sentarse por fin y se dispone a darle el primer trago a la caña. ¿Sabrá como siempre? No. Hay que superar primero el miedo y el cargo de conciencia por tratar de disfrutar de la vida sin limitaciones externas. Quizá les haya tomado el gusto a las prohibiciones y ya no sepa vivir teniendo que salir de casa más allá de las compras imprescindibles, abducido durante horas por las pantallas, como tantos seres humanos fragmentados en celdas pixeladas. El urbanita suspira antes de armarse de valor, meter la mano en el bolsillo y sacar la pitillera. ¿Será capaz por fin de encender el cigarrillo burlando los miedos al cáncer y al coronavirus? Pues nunca lo sabremos. Nuestro urbanita carece de salvoconducto, y todavía está en casa, dudando si cruzar la puerta e imaginando lo que le ocurrirá, pues tampoco sabe en qué puñetera fase se encuentra.
IDEAL (La Cerradura), 24/05/2020

lunes, 18 de mayo de 2020

Tutankamón


Uno de los presupuestos del estado de alarma es la aplicación de medidas proporcionadas a las circunstancias, algo muy discutible si atendemos a las demandas contra el Gobierno que deberá resolver el Tribunal Supremo, basadas fundamentalmente en la suspensión del derecho a la libre circulación y a la residencia, aunque hay quien apunta a delitos como la prevaricación, el homicidio imprudente y la emisión del deber de socorro. Colectivos como el personal sanitario, sindicatos de funcionarios o policías y ciudadanos que han visto que lo que antes no era obligatorio ahora sí lo es. El bueno de Fernando Simón dijo el 29 de febrero que no había motivos para cancelar grandes eventos; el 4 de marzo que no tenía sentido cerrar colegios, y recuerdo que me gustó que les dijera a los periodistas que si su hijo le preguntaba si podía ir a la manifestación del 8 de marzo le contestaría que hiciera lo que quisiera. Pero claro, no es lo mismo decirle a la población que no es necesario el uso de mascarillas que decírselo al personal sanitario que atiende en urgencias a enfermos por el Covid-19. El estado de alarma no está previsto para vulnerar derechos fundamentales ni para que el Gobierno eluda la asunción de responsabilidades. Hay una emergencia sanitaria, es cierto, pero también la había cuando se convocó a una manifestación de 120.000 personas en Madrid, cuando Vox celebró un mitin en Vista Alegre con 9.000 –Ortega Smith no se alegrará ahora en el hospital- o cuando 5.000 aficionados del Atleti viajaron a Liverpool para celebrar el pase en la Champions. Hemos visto cómo lo que antes era una excesiva permisividad se ha transformado en escrúpulo, hasta el punto de querer crear una realidad falseada donde en el cine no habrá sexo y ni siquiera besos, con lo que quizá no vuelva a repetirse el final más bello de Cinema Paradiso, donde Totó ve por fin todas las escenas de amor que le censuraron en una época más terrible que esta. Porque esto no es una guerra, y los que tanto utilizan esa palabra deberían irse a hablar un rato con los abuelos que sobrevivieron a la guerra civil, si es que han logrado sobrevivir ahora al confinamiento en las residencias. Pero me gusta la solidaridad que ha despertado esta epidemia. E incluso el sentido del humor con el que hay quien compara la profanación de la tumba de Tutankamón con la de Francisco Franco. Menuda maldición. Y, como en el chiste, ahí lo dejo.
IDEAL (La Cerradura), 18/05/2020

lunes, 11 de mayo de 2020

Normalidad


Lo que más molesta de este Gobierno es el artificio de sus medidas y propuestas, cuando no el paternalismo, la infantilidad y la arrogancia con las que va creando más dificultades en vez de evitarlas. Vivimos en un estado de alarma democrática, como ilustran los diputados que se insultan llamándose “cacatúa”, como si estuvieran en el patio del colegio. Porque hay quien vive en la realidad –el personal sanitario, las fuerzas de orden público, los trabajadores de cementerios y funerarias- y los que no saben dónde viven, por lo que se mueven entre el aplauso y la cacerolada. La realidad es que entre esos mismos sanitarios hay más casos de contagios porque se ven obligados a cumplir su trabajo sin los medios adecuados. La realidad es que se ha confinado a la población para proteger a nuestros mayores, pero se ha dejado a esos mismos mayores que ya vivían confinados en residencias que mueran como chinches o en la calle con unas pensiones paupérrimas. La realidad es que el gasto militar de España en 2019 aumentó un 10%, 20.000 millones de euros que septuplican la cantidad necesaria para instaurar la renta básica, tan denostada por la clase que llama a parte de la población de la que viven parásitos, curiosamente el título de la última película premiada en los Oscar. La realidad es que España es un estado laico que parece ocupado por una secta progre de hijos de papá, esos que desparraman solidaridad en las redes sociales mientras compran en Amazon la última pijada de Apple y cuya religión mayoritaria es un egoísmo burgués, cuyos pilares son las poses, los selfis y el consumo, que es la carcoma del planeta. La realidad es que hay mucha más gente que muere diariamente de hambre que por coronavirus, y ahí están las cifras de los países de América Latina, dejados como siempre a su suerte. Y la realidad es que esto es un entrenamiento para lo que se avecina con el cambio climático, y que por mucho que nos quejemos no dependemos de las decisiones de los gobiernos nacionales, plurinacionales, europeos o internacionales, sino de lo que podamos hacer como ciudadanos. Para eso debemos exigir transparencia y participación, que es algo más que denunciar al vecino o asomarse a las ocho a las ventanas. La realidad es que este colapso se ha creado por una clase política incompetente que se estimula más el ombligo que la economía. Porque lo que se dice trabajar, van a trabajar los de siempre.
IDEAL (La Cerradura), 10/05/2020

martes, 5 de mayo de 2020

Como el santo Job


“Tienes más paciencia que el santo Job”, oía yo de pequeño; y me imaginaba al pobre hombre sufriendo por la sarna, atacado por los caldeos, perdiendo la cosecha y a sus hijos, y siendo además repudiado por su mujer, que probablemente estaba ya de él hasta el gorro, pero que necesitó la ayuda de Satanás para abandonarlo. No había visto nada el hombre, que sin embargo fue santo. Si lo hubieran encerrado más de cuarenta días en un apartamento con la familia al completo e incluyendo a su suegra, lo mismo la cosa no hubiera acabado tan bien. Pero Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que tienen su punto evangelista hablando, van a convertirnos a todos en santos. ¿Nos desahogaremos saliendo a correr? Parte del cabreo general tiene que ver con los eufemismos, desde la desescalada a la nueva normalidad, usados en un tono entre apocalíptico e infantiloide, como si en vez de políticos tuviéramos profetas, ni siquiera iluminados como Fernando Simón, que después de informar de la epidemia durante tantos días ha adquirido un aspecto de apóstol capaz de pasar en un instante del cielo al infierno. El desplome del PIB es el de nuestro ánimo, pero no sé qué esperaban después de paralizar la actividad económica. ¿Un milagro? Hay quien pierde la cabeza y lo paga con el alcalde, al que quiere abofetear. Al que detienen trece veces porque no entiende de confinamientos. Quien se lía una manta en la cabeza y mete a la familia en el coche camino de la playa y tiene que darse la vuelta en Otura, con otra multa que pagar. Quien ha estampado el móvil contra la pared, harto de tanto vídeo ñoño o idiota, de las llamadas de los que no tienen otra cosa que hacer o de los que confunden la solidaridad con el afán de protagonismo. Pero hay quien hace la vida de siempre, sin armar jaleo. El vecino que sale a dar su paseo diario sin mascarilla ni guantes, armado tan sólo con una bolsa de la compra, con la tranquilidad que le dan sus setenta y tantos años, esperando el día en el que vuelvan a abrir el bar, para tomar el aperitivo antes de llegar a casa. Me lo imagino pensando como el Guzmán de Alfarache: “Paciencia y sufrimiento quieren las cosas, para que pacíficamente se alcance el fin de ellas”. Quién lo oyera. También se ha dicho en España antes que la paciencia de los pueblos tiene su límite en la degradación.
IDEAL (La Cerradura), 3/05/2020

lunes, 27 de abril de 2020

Librerías


La cultura es un bien esencial, y si España fuera un país civilizado, aun en estado de alarma estarían abiertas las librerías, como las panaderías, los supermercados y ¡los estancos! Pero se ve que el Gobierno no se alimenta de libros, y resulta lamentable que entre las medidas de desconfinamiento que se están aplicando no se tengan en cuenta ni la cultura ni el deporte, dos de las pocas actividades humanas que se pueden desarrollar plenamente de manera individual. Puestos a activar la economía, el Gobierno debería poner en marcha un “plan renove” de la cultura, como hace habitualmente con los vehículos, que en la mayoría de los casos no se necesitan. Pero no podemos vivir sin literatura, teatro, cine, música, arte; no podemos ser plenos si no vamos un rato a esos templos multiculturales que son las librerías, a contemplar la vida a un museo, o si otros mundos que están en este no se revelan ante nosotros en la semioscuridad de la sala de un teatro o un cine. Puestos a proponer incentivos, el tipo del IVA tendría que ser de un 0% para todos los productos y servicios culturales, y las Administraciones públicas –como, por cierto, ha hecho muy bien la Junta de Andalucía- deberían invertir en libros, para que todos los libros –y no sólo los de texto- fuera gratuitos o accesibles –previo pago de los derechos de la propiedad intelectual pertinentes- en todos los niveles educativos, incluida la universidad. Pero quizá sea demasiado pedir a un gobierno presuntamente de izquierdas que articule un pacto estatal por la cultura y que piense en las libertades fundamentales de los ciudadanos y no los aleccione con una especie de ministerio de comunicación goebbeliano o limite en las ruedas de prensa el derecho a la información. De hecho, los periódicos serios deberían estar subvencionados sin que ello supusiera ninguna injerencia en la actividad informativa. Porque el derecho de la información y la libertad de expresión –no lo repetimos lo suficiente- son la base de la existencia de una sociedad democrática, si realmente es eso a lo que aspiramos, pues no lo parece. Esta semana hemos celebrado uno de los días del libro más tristes que se recuerdan, por la sencilla razón de que no podíamos ir a comprarlos y reencontrarnos con nosotros mismos. El Gobierno tiene una gran oportunidad de demostrar que es progresista si los incentivos culturales tienen un lugar preferente en lo que llama “la reconstrucción del país”. Les regalo un mantra muy sencillo para lograrlo: cultura, cultura, ¡cultura!
IDEAL (La Cerradura), 26/04/2020

domingo, 19 de abril de 2020

Harina de otro costal


Después del papel higiénico, la levadura y la harina se están agotando en los supermercados. Se ve que la gente se está aficionando al canal Cocina, y se dedica a hacer bizcochos, galletas y hasta pan en familia. ¡Cómo nos vamos a poner! Porque si no huimos de casa como Rajoy cogeremos unos cuantos kilos. Los reclusos alternamos ahora las aceitunas, las patatas fritas y las cervezas con bandejas de dulces. Así que quizá no muramos de coronavirus, pero de diabetes e hipertensión seguro. ¿Qué será peor? Pues visto el nivel de colaboración que hay entre el Gobierno y la oposición o entre el Estado y las comunidades autónomas, quizá lo peor venga después de la cuarentena. ¿Saldremos corriendo de casa y luego del país? Lo malo es que nadie puede garantizarte que llegues a otro lugar sin Covid-19 o donde no haya un vecino dispuesto a fastidiarte con ayuda institucional. Desde mi punto de vista, la peor consecuencia de la pandemia es que se están recortando derechos y libertades con el consentimiento de unos ciudadanos a los que se ha aterrorizado previamente. Y el Ayuntamiento de Granada, con la excusa de la participación ciudadana, fomenta la caza de brujas a través de una aplicación móvil llamada Gecor, donde puedes fotografiar y denunciar a los vecinos que se salten el estado de alarma, algo que es inconstitucional. Pero esta pandemia está sirviendo, entre otras cosas, para que políticos y vecinos muestren su verdadera cara, como los que le han pintado en el coche a una ginecóloga en Barcelona “rata contagiosa”, o los que se manifestaron en La Línea contra el traslado de ancianos enfermos a esa localidad. Es en las distancias cortas cuando nos llevamos sorpresas con las personas. Desde que empezó el encierro, las llamadas al 016 han aumentado en un 50%, y es probable que antes del verano se colapsen los juzgados con las demandas de divorcio; muchos adolescentes han hecho el firme propósito de emanciparse, y no digamos los que van a cambiar de vida en cuanto les dejen. A este país no lo va a reconocer nadie, por mucho que diga Tezanos. Hasta Pedro Sánchez dicen que ha cambiado. Cuando se mira al espejo ve una barba rala y una coleta. ¿Se verá Pablo Iglesias más alto y estilizado? La mitad de España anda peleándose estos días con la báscula y el espejo, mientras es denunciada por la otra mitad. Pero quizá haya llegado el momento de ponerse serio. Algunos parecen añorar el fascismo.
IDEAL (La Cerradura), 19/04/2020

lunes, 13 de abril de 2020

Chivatos


Desde que se decretó el estado de alarma ha ido cambiando la actitud de la gente, oculta la mayoría ahora bajo un trozo de tela, como en el salvaje Oeste. Con un sombrero y una pistola al cinto, como ya ocurre en USA, todo estaría más claro. Porque si osas salir a comprar con la cara descubierta y sin guantes –agotados ambos artículos en cualquier tienda, y cuyo uso generalizado no ha sido aún declarado obligatorio- te conviertes en una persona sospechosa, un inconsciente o un suicida quizá, o peor, acaso un potencial homicida capaz de contagiar a los demás y posible objeto de improperios. De los acosadores vociferantes de balcón hemos pasado a los chivatos silenciosos, esos que no dudan en llamar a la policía si te ven hablando con alguien por la calle y no respetando la distancia profiláctica prudencial. Quizá el denunciante se hinche de fumar y de beber en su casa, suicidándose de manera moderada, viendo series de epidemias y criticando en las redes que los medios publiquen fotografías de ataúdes –hay quien lleva días tratando de negar la realidad-, pero no duda en señalar a quien simplemente trata de vivir con tranquilidad. Porque se ha convertido en un lujo la tranquilidad. Aunque para conseguirla baste con llenar el día a día, no estar tan pendiente del recuento de víctimas y contagios, de las medidas que pueda adoptar el Gobierno, desbordado como todos por esta crisis humana. Pero qué difícil es estar a gusto contigo mismo. Es más sencillo volcar tu frustración con el vecino, con los políticos, con tu familia. “¿A quién insultaré hoy?”, parecen decirse algunos. Porque los aplausos, lamentablemente, no levantarán la economía española, y por eso se van mezclando con caceroladas. Hay optimismo, pero también rabia. Hay dolor, y debería haber silencio y luto, por aquellos –¡miles!- que están muriendo solos. ¿Merece la pena este aislamiento, aun a costa de la economía y de la salud mental de los ciudadanos? Probablemente sí, pero las autoridades deberían pensar ya en flexibilizar el confinamiento. Aparte de retomar la actividad profesional –la gente también se muere de hambre-, las personas deben empezar a salir a la calle, aunque sea de manera individual, para hacer deporte, y los niños con sus padres. Por salud física y mental. Para fortalecer el sistema inmunitario y tener la mente oxigenada. ¿No le dicen estas cosas al Gobierno los expertos? Pues deberían, ya que son de sentido común. Aunque sólo sea para acabar con la paranoia de los chivatos.
IDEAL (La Cerradura), 12/04/2020

lunes, 6 de abril de 2020

Teletrabajo


Mi hijo trabaja más que nunca. Desde que dejó de ir al instituto, se pasa todo el día haciendo deberes. Menos gimnasia –se ve que el profesor se ha tomado en serio lo de no moverse de y en casa-, está mañana y tarde estudiando historia, latín, literatura, filosofía... Dice que no tiene tiempo para nada. Cuando me levanto temprano ya me lo encuentro sentado delante del ordenador, hojeando los libros de la biblioteca, revisando la agenda. Lástima que no pague las facturas, aunque no pierdo la esperanza de que acabe haciéndolo. ¿Tomará el Gobierno más medidas para influir en los roles familiares? Los autónomos que se han quedado en casa y no pueden cobrar se tiran de los pelos, y aunque la salud sea lo primero quizá habría que pensar en no parar la actividad económica del país y dejarnos salir a correr un rato. Ir levantando el confinamiento por sectores después de Semana Santa. Puestos a tomar medidas, además de facilitar la liquidez con subvenciones –y no con líneas de crédito-, deberían prolongarse los plazos para realizar las declaraciones trimestrales y anuales de los principales impuestos, o al menos de aquellos que afectan más a la actividad económica: IRPF, IS, IVA e IAE; establecer una deducción general del 50% en las cuotas, permitir sin ningún límite la compensación de pérdidas en los ejercicios impositivos y suspender las cotizaciones sociales. ¿Se puede permitir el país esto? Yo creo que sí. A las administraciones les sobra grasa –por no hablar de altos cargos- y podrían tomar nota de qué servicios públicos no se han visto afectados por el confinamiento, desde la gestión administrativa a la enseñanza. Efectivamente, muchas personas pueden trabajar desde casa, lo que ahorraría recursos económicos, y también en la empresa privada. Las principales entidades bancarias inundan estos días los medios de mensajes positivos a los clientes, y ojalá podamos contar de verdad con ellas. ¿Sería un buen momento para plantear si pueden justificarse las ganancias desmedidas de los intermediarios financieros? ¿El sueldo disparatado de algunos deportistas? ¿El despilfarro de los principales clubes de fútbol? ¿La tolerancia con especuladores y mafiosos? Algunas funerarias –la muerte nos llega siempre antes de tiempo- han aprovechado la situación para subir sus tarifas, lo que nos da una idea de lo insensibilizadas que pueden estar al dolor ajeno. Pero, mientras nos llega la hora, trabajaremos, aunque sea desde casa. Tendré que negociar con mi hijo el uso del capital económico y humano familiar y el horario de oficina.
IDEAL (La Cerradura), 5/04/2020

lunes, 30 de marzo de 2020

Excursiones domésticas


Hoy hemos decidido hacer una excursión al baño. Nos hemos puesto camisas de franela, pantalones vaqueros, botas y anorak. Hemos llenado la mochila de bocadillos, una cantimplora de agua y la bota de vino para el abuelo. Papá y mamá han discutido sobre si llevar también picos y cuerdas, de lo que era partidario papá, aunque mamá –no sé por qué- le ha dicho que si no estaba exagerando. “Soy previsor”, ha afirmado papá. “¿Has cogido el botiquín?” A lo que mamá ha contestado con una carcajada. Mientras, mi hermana y yo hemos ayudado a vestir al abuelo, que ha cogido su bastón y la escopeta de caza. “Por si viéramos un ciervo. No abunda la carne en esta casa”. Marta y yo nos hemos echado una mirada significativa, porque mamá, de un tiempo a esta parte, se ha decantado por la comida vegetariana, y no hemos dicho nada de los temblores de las manos del abuelo, que quizá le impidan acertar en el blanco. “¡Vamos!”, nos ha apremiado mi padre. “Siempre llegamos tarde”. A lo que mamá ha contestado con otra carcajada. La excursión ha comenzado en el comedor, donde todos nos hemos puesto en fila. Delante, el abuelo, al que hay que ayudar un poco; con él, mi padre, cargando la mochila, y mi madre, cuidando de que no se caiga ninguno de los dos; y detrás, mi hermana y yo, que hemos tenido que acarrear finalmente con las cuerdas y un pico. La verdad es que hemos tardado más de una hora en recorrer el pasillo. Papá y el abuelo se trastabillaban. Al principio, porque el abuelo se cansaba mucho; después, porque cada tres pasos se paraban a echar un trago de vino. He contado doce pasos hasta llegar a la puerta del baño, que alguien se había dejado abierta. Esto no le ha gustado nada a mamá, que nos ha recordado la importancia del orden y la disciplina. Para qué habrá dicho nada. En ese momento, el abuelo se ha apostado en el marco de la puerta, apuntando con su arma, mientras que papá ha saltado hacia delante con el pico que me ha arrebatado de las manos, como si hubiera un enemigo cerca. A duras penas nos ha dado tiempo a asomarnos y ver cómo se pegaba un cabezazo contra la bañera. ¡Boom! Entonces se han puesto a gritar los vecinos que iban a llamar a la policía. Y así se ha acabado nuestra excursión. Eso sí. Papá nos ha prometido que mañana iremos a la cocina.
IDEAL (La Cerradura), 29/03/2020

lunes, 23 de marzo de 2020

El mundo de mañana


Las calamidades sacan lo mejor y lo peor del ser humano, y mientras parte de la población da todo lo que tiene –incluyendo la vida- por los demás, otros se dedican a sacar partido de la desgracia ajena, cuando no a poner de manifiesto en las redes sociales su estupidez congénita. Lo peor sobre el coronavirus ha sido escuchar las frases de quienes le quitan importancia diciendo: “Sólo mata a los viejos”, como si ellos no lo fueran, incluso esa pseudo modelo que afirmó (sic) que “estaba harta de encontrarse momias por la calle”. Ella sí que es una momia de solemnidad, como demuestran todas sus poses de descerebrada en Instagram. Un ser inhumano. Ante el Covid-19 todos somos viejos, pues no distingue entre edades, credos, ideas políticas o países. Quizá se trate de una protesta de la madre naturaleza, aliviada con que esta pausa obligada haya bajado los niveles de contaminación. Y acaso sirva también esta pandemia para que nuestros políticos se pongan de acuerdo en lo básico, y para que el BCE y las instituciones monetarias tomen medidas pensando por fin en los ciudadanos. ¿Hacía falta un coronavirus para eso? ¿Sólo prestamos atención a lo importante cuando está en riesgo nuestra vida? ¿No lo estaba antes? Cada día nos jugamos nuestra supervivencia, aunque sólo seamos conscientes de ello cuando sentimos el peligro cerca. Entonces aparece el santo o el diablo interior. En USA, además de las tonterías olímpicas de Donald Trump, el miedo al contagio ha llevado a la gente no sólo a acabar con el papel higiénico en los supermercados, sino a hacer largas colas en las armerías. “Ya tengo comida y papel higiénico, ahora toca armas y municiones. Hay que estar preparado”, dicen; porque ya imaginan a sus vecinos tratando de asaltar sus casas para robarles la comida o comérselos vivos. La incultura es la peor distopía. Los expertos afirman que después del virus el mundo no será igual. Habrá menos consumo y menos trabajo, aunque la riqueza seguirá en las manos de siempre. Según Santiago Niño Becerra, el trienio social será la renta básica, la marihuana legalizada y el ocio gratis. Es decir, la gente alimentada, drogada y entretenida, para que no se queje. Más o menos como estábamos antes. Y qué curioso que el virus haya llegado cuando se anunciaba el colapso económico. Los cambios serán ahora más rápidos. Y nosotros, con tal de llegar a viejos, entregaremos gustosamente nuestra libertad. Si es que no lo habíamos hecho ya.
IDEAL (La Cerradura), 22/03/2020

lunes, 16 de marzo de 2020

Papel higiénico


La crisis por el coronavirus está revelando aspectos insospechados de las costumbres humanas. El uso excesivo de papel higiénico, por ejemplo, lo primero que se ha agotado en los supermercados españoles, y no porque la gente esté cagada de miedo. Por lo visto, la gente lo utiliza para sonarse los mocos, como servilleta (no creo que para escribir historias), hay quien tiene siempre un rollo encima de la mesa del comedor o de la oficina, y quien lleva uno en el bolso. “Este hotel es de categoría”, le oí decir una vez a un abuelo, “tiene dos rollos de papel en el cuarto de baño”. ¡Dos rollos! Hoy es casi imposible tener uno solo, ni siquiera en el cuarto de baño de casa. Para qué servirá el bidé. Se ha llevado todos los rollos la vecina del quinto, que el otro día subió al ascensor con medio supermercado, que ya tenía las estanterías vacías cuando yo llegué. ¿Se estará exagerando un poco? El vecino del primero se está construyendo en el garaje una especie de refugio antivirus. Ha cerrado la plaza con una puerta hermética, ha puesto estanterías para la comida y el agua, un inodoro químico y ventiladores, aunque no sé si le compensará inhalar mientras termina su obra tanto anhídrido carbónico. El hombre no hace más que toser y le cuesta trabajo respirar,  como si tuviera el Covid-19. Lo peor es si hace calor y sudas un poco. Qué miradas de espanto. Qué manera de rociarse con alcohol las manos, ya con la piel irritada y estropajosa. ¡No te acerques, por favor! Y es que la salud es un estado provisional que no presagia nada bueno. Mejor cultivar el espíritu. La sociedad puede aprovechar la cuarentena para meditar un poco, recordar lo que era leer, perder el tiempo, estar con la familia. Lo mismo el mundo se vuelve más sostenible y se ralentiza el cambio climático. Podemos aprender a no tener tanta prisa. Preservar la salud mediante un riguroso régimen puede ser la peor de las enfermedades. Y qué decir de los remedios políticos. Algo bueno tendrá que la población se quede en casa, si logra estar a gusto consigo misma. Escribió Quevedo que la enfermedad más peligrosa, después del doctor, es el testamento: más han muerto porque hicieron testamento que porque enfermaron. ¿Crecerá exponencialmente el número de divorcios? Si también se suspende la justicia, nos dará tiempo para arrepentirnos. Mejor hacer el amor que la guerra. Pero sin tocar. Eso sí que tiene mérito.
IDEAL (La Cerradura), 15/03/2020

martes, 10 de marzo de 2020

Alucinaciones

Las contradicciones en la sobreinformación del coronavirus preocupan a la población, que ya se ve encerrada en su casa, aislada y en cuarentena, con la cara tapada con una mascarilla. Quizá tenga algo que ver el cómputo exacto y en tiempo real del número de contagiados, fallecidos y recuperados. ¿Sensacionalismo? ¿Morbo? ¿Información de interés público? La única persona sensata en España en estos momentos parece Fernando Simón, de quien resultan admirables la inteligencia, la responsabilidad y la calma con las que informa diariamente de la evolución de la epidemia en España y de las medidas que están tomando las autoridades sanitarias. Es la prueba de que en la Administración hay técnicos excelentes que mantienen el funcionamiento de las instituciones a pesar del Gobierno y de los partidos. Ojalá estuvieran al frente del poder ejecutivo. Porque las iniciativas que toman los políticos son siempre discutibles. En Italia han cerrado universidades y centros educativos, pero esos mismos niños juegan y quizá se contagien en los parques infantiles, adonde los llevan los padres a falta de patios de colegio. La diferencia entre percepciones erróneas, alucinaciones y pesadillas no siempre está clara, y teniendo en cuenta que probablemente gran parte de la población acabe contagiada, no sé hasta qué punto serán eficaces las prevenciones excesivas. La gente compra mascarillas para no caer enfermos, cuando son los enfermos quienes tendrían que ponérselas; deja de estrecharse las manos y lleva en el bolsillo un bote de alcohol desinfectante como Sheldon Lee Cooper, el joven científico que nos hacía reír con sus manías y paranoias en The Big Bang Theory. Lo que hace ver el telediario. No hay otra noticia para abrir los informativos. Pero dentro de poco será sustituida por un símbolo hipnótico que haga desaparecer la conciencia colectiva. ¿Se piensa en otra cosa? Las personas pasamos la mayor parte del tiempo analizando peligros reales e imaginarios mientras se nos escapa nuestra vida. Y quizá no seamos más que un punto de vista, una mirada individual sobre el mundo en un momento concreto. Antes, habría que apartar todos los resplandores que nos ciegan. Políticos, médicos y periodistas parecen estos días los administradores del Más Allá, convirtiendo casas, oficinas y hospitales en puertas giratorias. ¿Hacia dónde se decantará la moneda? El Granada CF estuvo durante muchos minutos el pasado jueves clasificado para la final de la Copa del Rey, que disputarán el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad. ¡Otra vez será! Como escribía Julio Ramón Ribeyro, todo tiene importancia, nada tiene importancia, aquí, ahora.
IDEAL (La Cerradura), 8/03/2020

lunes, 2 de marzo de 2020

Yo tengo el coronavirus


En las farmacias de Granada se han agotado las mascarillas, y hay listas de espera para comprar geles desinfectantes hidroalcohólicos para las manos. ¿Tendrá algo que ver la adicción de los espectadores a las distopías de Netflix, HBO o Amazon? Los escritores y guionistas llevan años fabulando con el fin de la humanidad por diversas causas víricas, hasta los vampiros y los zombis han encontrado aquí una nueva manera de perpetuarse en nuestras pantallas. Al parecer, la dopamina que genera en el cerebro un atracón de una serie en “streaming” sólo es comparable a otro atracón. Y el miedo al Covid-19 parece nacido de una de estas ficciones, aunque su perjuicio a la salud humana sea inferior al de una gripe. Pero en los centros educativos se dan indicaciones para frenar el contagio, en los centros de salud se refuerzan las plantillas y la tontería colectiva propaga el miedo a los chinos y a los apretones de manos. La gente quiere ponerse en cuarentena, encerrarse en casa para ver quizá su serie de televisión favorita. ¿Será otra distopía? El miedo es una amenaza real que ya está provocando una crisis económica. Se cancelan eventos comerciales y deportivos, la gente deja de viajar, y en un mundo globalizado se detiene la rueda del dinero, que hoy tiene dependencia de China, que representa el 17% del producto interior bruto mundial. Si se detiene China, se detiene el planeta, y en el país asiático se ha parado ya el 80% de la industria y el 90% de las exportaciones. “China no puede luchar contra el coronavirus y al mismo tiempo evitar una crisis económica”, declara Ambrose Evans-Pritchard, editor de economía internacional del diario “The Telegraph”. Y, mientras los expertos se preocupan de analizar los síntomas económicos, los ciudadanos nos centramos en vigilar nuestro cuerpo. ¿Nos ha subido la fiebre? ¿Tenemos problemas respiratorios? ¿Moqueamos? Yo mismo llevo una semana encerrado en casa, sosteniendo el mando a distancia y viendo películas y series como “Pánico en las calles”, “Contagio”, “Estallido”, “Infectados”, “Pandemia”, “Guerra mundial Z”, “The Walking Dead”, “The Rain” o “The Last Man On Earth”. Menudo dolor de cabeza. Quizá por eso mi mujer y mi hijo se hayan ido de casa y prácticamente nadie me dirija ya la palabra. Acaso tenga algún vecino que quiera traerme una caja de paracetamol. En fin, tampoco debe de ser para tanto. Pero, por mera prudencia informativa, y para evitar contagios, voy a tener que terminar este artículo. Ahora vaya a lavarse inmediatamente las manos.
IDEAL (La Cerradura), 2/03/2020

domingo, 23 de febrero de 2020

Ventajas del comunismo


A pesar del Gobierno bicéfalo, no creo que en España se hubiera obedecido una orden de cuarentena que afecte a millones de personas, como ha ocurrido en China. Me imagino las protestas del vecino: “No me pierdo la semifinal de la copa del Granada ni aunque me pique un millón de Coronavirus”. Y es que las dictaduras pueden tener sus ventajas, y aquí importa poco el color político. “Con Franco vivíamos mejor”, se exclama todavía en algunos asilos. Pero hay a quien no le afectan los cambios políticos ni de régimen, como puede atestiguar la banca española, igualmente protegida en el franquismo que en la democracia. No así sus trabajadores, despedidos o prejubilados en la última recesión, mientas las arcas de sus patronos recibían una inyección económica a cargo de los presupuestos del Estado y los tributos de los ciudadanos. Igual que en China, claro, aunque allí no se andan con disimulos. ¿Elecciones? ¿Democracia? Las autoridades chinas tienen tan bien vigilados a sus ciudadanos que saben dónde se encuentran en cada momento, y les basta pulsar un botón para inmovilizarlos. En España y en el resto de Europa también, pero para controlar a la población los gobiernos se valen de los móviles, las compañías del sector tecnológico, el consumo y ese deseo irrefrenable que parece tener hoy día el ser humano de decir en las redes sociales dónde está, qué hace, qué opina o qué (ejem) piensa. Y a pesar de todo, gran parte de los medios españoles están empeñados en propagar el miedo al Gobierno y sus socios, que al parecer “son comunistas”. ¿Comunistas? Si lo fueran no serían ministros ni vivirían en chalés (quizá en mansiones, como los jerarcas chinos), ni tampoco ayudarían a una ministra venezolana a pasar a su embajada de contrabando veinte maletas con ¿leche en polvo? El discurso de la derecha española empieza a dar más pena que risa, a costa de la deriva ideológica y la desintegración del Estado. Lo saben bien en el País Vasco, que recibe más recursos y competencias en cada nueva legislatura gobierne quien gobierne, con apenas media docena de diputados. Ay, la bilateralidad, plasmada hace décadas a través del convenio navarro y el concierto vasco. Y ahí siguen, explotando con ahínco sus ganas de independencia. Pero el problema no es la supervivencia de la Seguridad Social, ni la educación ni la sanidad ni el resto de los servicios sociales. El problema es el comunismo. Menos mal que no vivimos en China. Entre rojos, todo son ventajas.
IDEAL (La Cerradura), 23/02/2020

lunes, 17 de febrero de 2020

Dobles y políticos


La política saca lo mejor y lo peor del ser humano. Vista desde fuera, parece un laboratorio en el que un demiurgo –las grandes corporaciones, un consejo de expresidentes mundiales, alguna inteligencia cósmica- moviese los hilos, porque en cuanto las personas se enredan en ella pierden la voluntad, olvidan su origen y la forma de pensar y la capacidad de tomar sus propias decisiones. Los matrimonios se deshacen, se alternan las parejas de hecho y las alianzas, pero hay algo que no cambia: la lógica del poder. Es la única regla válida para explicar lo que pasa. Que en Granada siga Luis Salvador como alcalde con el apoyo del PP, aunque su candidato a las últimas elecciones municipales, Sebastián Pérez, haya dejado la presidencia del partido y la aspiración a alternarse en la alcaldía, pero no su acta de concejal. O en el Gobierno de España, la deriva errática de Pedro Sánchez respecto a Podemos y al PP, a cuyo presidente, Pablo Casado, ha invitado al Palacio de la Moncloa, aunque hubiera dicho antes que con él no iba ni a tomar un café. Pero claro, lo mismo había dicho de Pablo Iglesias, y ahí lo tenemos como vicepresidente del Gobierno, estratega imprescindible para las negociaciones nacionales e internacionales, ya sea con los sindicatos, ERC o la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. ¿Cómo dormirán las parejas de Pedro Sánchez o de cualquiera de estos políticos veletas? Me las imagino aterrorizadas por las mañanas, pensando: “¿Cómo se levantará hoy?”; o “¿quién será hoy?” Y es que ya escribió Stevenson que el ser humano no era uno ni dos –con Jekyll y Hyde todavía nos apañábamos-, sino una multiplicidad de seres heterogéneos, por lo que resulta admirable que nuestras sociedades existan, que los diputados y senadores sigan acudiendo al Parlamento, que nos levantemos todos los días para trabajar como si nada. ¿Dedicar todas las fuerzas a la causa propia es lo mismo que hacerlo para el progreso de la comunidad? Escribía Robert Musil que en una colectividad todo camino conduce a un buen fin, si no se reflexiona y titubea demasiado. La meta está puesta a breve distancia, pero asimismo la vida es breve y la felicidad no depende tanto de lo que se desea, sino de lo que se alcanza. También decía que de un conjunto de individuos limitados puede resultar una especie genial. Así que, a pesar de los trastornos multipolares, quizá podamos mantener la esperanza de que la mejor de las personalidades políticas se imponga a las demás.
IDEAL (La Cerradura), 16/02/2020

lunes, 10 de febrero de 2020

Aeropuerto


En los aeropuertos todo es más grande: las cervezas, las facturas, los ingleses… Pero, en líneas generales, se está bien. Uno cree vivir en un mundo donde todo encaja, la gente que viene y va, los aviones que despegan y aterrizan, como si el destino fuera los paneles de horarios y puertas que jalonan el espacio. Sin embargo, en un aeropuerto la vida está suspendida, y las personas en tránsito. ¿Adónde van en realidad? ¿A Barcelona, a Madrid, a Granada? La única que lo sabe a ciencia cierta es una niña de nueve o diez años que va vestida de astronauta: zapatillas de plataforma, pantalones plateados, un anorak blanco, gafas oscuras como una escafandra y una gorra dorada. Se pasea como si estuviera en una pasarela, que es lo que a veces parece un aeropuerto, aunque no sepamos adónde nos lleva. También lo sabe Pedro Sánchez, que le ha ofrecido a Quim Torra un documento con cuarenta y cuatro medidas que suenan más a financiación autonómica que a independencia. ¿Quién de los dos es el que le está tomando el pelo al otro? ¿O son los dos? Como si me leyeran el pensamiento, los altavoces recomiendan prestar atención a los objetos personales y llaman a los despistados, que se quedaron atrapados entre dos puertas. ¿Estará por aquí el ministro Ábalos? ¿Seguirá hablando con la canciller venezolana? ¿Se habrá quedado a vivir esta mujer en el aeropuerto de Barajas? Me la imagino escondiéndose en los baños, comiendo en los bares, comprando ropa, tabaco y souvenirs que nunca podrá llevarse a Venezuela. “¡Que no, que no vuelvo!”, le gritará por teléfono a Nicolás Maduro, tentado también de quedar en un avión con un ministro español para escaparse luego y vivir en la zona internacional del aeropuerto, huyendo de dictaduras, bulos, versiones y malas noticias. ¿Son las personas como las mercancías? ¿Están sólo en tránsito hasta que atraviesan la aduana? Lo está esa familia que corre entre las mesas, tirando vasos y sillas y molestando al personal. ¿Cogerán por fin el avión? ¿Serán capaces de despertar de este sueño? Quizá no, y se queden entonces varados para siempre en este paraíso artificial creado para gastar dinero y matar el tiempo. Pero luego, lamentablemente, habrá un momento en que nos repongamos de tanta felicidad amnésica, cuando carecíamos de rumbo y de cuerpo, y debamos subirnos a un avión y viajar a nuestro destino para maldecir, una vez más, el día en que decidimos tener una sola vida y vivir en un solo lugar.
IDEAL (La Cerradura), 9/02/2020

lunes, 3 de febrero de 2020

Congestión


Granada es la vigésima ciudad española por número de habitantes, pero es la segunda más congestionada y la tercera más contaminada, sólo superada por Madrid y Barcelona, incomparables con la capital nazarí en población, extensión y riqueza. ¿Será que tenemos más coches que los que necesitamos o que nos sale humillo de la cabeza cada vez que el concejal del ramo niega la evidencia? A cierta hora, meterse en la circunvalación equivale a hacerlo en una ratonera, y si por cualquier motivo vírico la ciudad tuviera que ser evacuada no se salvaría ni el apuntador. Pero claro, Granada suele mirar hacia sí misma, y hay quien piensa que así estamos mucho mejor, aunque literalmente nos estemos asfixiando, y no sólo a nivel económico o político. Como si viviéramos en una saga mítica, nuestros políticos confían en que el cierre del anillo resuelva todos nuestros problemas, y ya me imagino a los Nazgul circulando alrededor de la ciudad, protegiendo al Señor Oscuro de Mordor. ¿O perseguían al portador del anillo? ¿Quién lo arrojará a las fraguas de la colina roja, donde fue forjado? ¡Ay, estos hobbits! Criaturas admirables que sólo piensan en llenar el estómago. Resistentes y animosas, aunque nos tengan hastiados de precuelas y secuelas. Que si la Junta y el Ayuntamiento. Que si el Gobierno y la oposición, que si el PP y el PSOE. Parece que se intercambian el discurso, según se encuentren a un lado u otro de la barrera. Mientras, los ciudadanos van ahogándose, respirando contaminación mientras dan vueltas por el laberinto de carreteras que rodean la ciudad para salir y para entrar, por lo que buena parte hace lo posible por no moverse del sitio o del sillón. ¿Por dónde andará Frodo? ¿Lo acompañará Sam? Entre los frikis del Señor de los Anillos se discute si los Nazgul tienen o no un cuerpo físico, a fin de cuentas eran reyes de los hombres captados por el mal y convertidos en espectros. Si es que te dan un anillo y mira lo que pasa, o te transformas en Gollum o en uno de los conductores negros (de los servidores de Mordor, ya se entiende) por el tráfico o la contaminación. A no ser que, según las cifras del Gobierno o del Ayuntamiento, te hayas convertido en algo peor: un modelo social gruñón y amargado antes de subirse a un coche o engrosar una estadística. Por si las moscas, tendremos que quedarnos en casa y hacernos unos cuantos lavados nasales. Dicen que eliminan todas las secreciones. Incluso las políticas.
IDEAL (La Cerradura), 2/02/2020

lunes, 27 de enero de 2020

950


Si uno empieza a echar cuentas, con el importe del salario mínimo se pueden hacer pocas cosas. O muchas, si fuera lo que te sobra después de pagar un alquiler o una hipoteca –¡ay!-, suministros, ropa, comida e impuestos, y sin tener hijos, claro, pues no nos da para educarlos y alimentarlos, ni siquiera con pin parental, que se ve que es una cosa mágica que robotiza a los niños y los convierte en militantes de Vox. ¡Firmes! Con 950 euros uno puede vivir bien en algunos países de América Latina, en Marruecos y los países subsaharianos, o si eres estudiante y compartes piso con otros cuatro y vas a comer a los comedores universitarios. Quizá también si tienes una casa en propiedad que heredaste en uno de los pueblos de la España vaciada, donde estás dispuesto a vivir y compaginar el salario exiguo con cultivar la tierra, la ganadería o hacer de guía turístico de los chinos que huyen del coronavirus. Lo que discute el Gobierno con la patronal y los sindicatos es miseria, porque en una sociedad construida sobre el poder financiero y el neuromarketing cualquier mileurista vive en la pobreza, apartado de un mundo donde la gente compra coches, consolas, smartphones, artículos de moda y otros caprichos. Al menos podrían hablar claro y decirles a los trabajadores: “Mira, no vives en un país rico y europeo como te crees, sino en una ficción, una realidad virtual al alcance tan sólo de Pedro Sánchez. El empresario que te paga apenas llega tampoco a fin de mes y, como te suba 50 euros a ti y a tus compañeros, quiebra”. Aunque claro, depende de quién te cuente el cuento. Hay padres que prefieren que sus hijos no tengan educación sexual, vayamos a que mantengan relaciones responsablemente, en vez de creer que el sexo es lo que ven en las páginas porno. Porque al móvil no pueden renunciar hijos ni padres, pero a la educación sí, para seguir siendo un país tercermundista donde el sueldo mínimo no te permite vivir con dignidad. ¿Y cómo hablar de la educación sexual en un Estado donde hay partidos políticos con una importante representación en el Congreso que defienden todavía abiertamente la discriminación, la segregación y la violencia, independientemente del género? España retrocedió cuarenta años en las últimas elecciones. Y que la educación y el sueldo mínimo sigan siendo objeto de debate público resulta sintomático. ¿950 euros? ¿950 violaciones? ¿950 desahucios? ¿950 víctimas de la violencia machista? Son las cifras de la ignominia.
IDEAL (La Cerradura), 27/01/2020

lunes, 20 de enero de 2020

Apocalipsis


No sé si tendrá que ver la designación por Pedro Sánchez de un gobierno con veintidós ministras y ministros con la aparición de pintadas bíblicas en las paredes del barrio del Albaicín, en la base aérea de Armilla o en la plaza de este ayuntamiento. Son citas de Timoteo 1:17, Salmos 20:7, Efesios 6:17 o Deuteronomio 20:4, según informaba en IDEAL Sergio González Hueso. “Estos confían en carros y estos en caballos”; “tomad el yelmo de la salvación y la espada del espíritu”; “para pelear vosotros contra vuestros enemigos”. Parecen frases de Santiago Abascal contra los demonios del sanchismo; o quizá del señor Lobo en “Pulp Fiction”, el título de la película de Quentin Tarantino que nos podría valer también ahora para la política española. Pero no, parece que el autor de las frases está mal de la cabeza, aunque mucha gente esté de acuerdo con él, lo que nos da una idea de la locura reinante. A mí lo que me preocupa es cómo van a sentarse tantas ministras y ministros juntos en el Congreso, o que las reuniones del Consejo de Ídem en la Moncloa parezcan el camarote de los Hermanos Marx. Porque Marx tiene por fin cabida en el Gobierno, y esta vez no es Groucho, sino Karl. Entonces, ¿ya no vamos a poder reírnos? Pues según. Si usted es el presidente de la Confederación Española de Empresarios, no, porque según él las medidas sociales anunciadas por Sánchez e Iglesias van a llevar a España al infierno económico (Pulp Fiction); pero si usted es representante de los sindicatos, estará dando saltos de alegría. Lo mismo que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que ahora están felices por lo que antes estaban tristes; que ahora se relajan con lo que antes se estresaban; que ahora les parece natural lo que antes era intolerable para los españoles, como proponer a la exministra Dolores Delgado como Fiscal General, por eso del perfil profesional y la independencia política, aunque según Pablo Iglesias tenga amigos hasta en las cloacas del Estado (el infierno). Así que Groucho no se ha ido totalmente del Consejo de Ministros, porque aquí la gente se saca del bolsillo nuevos principios en cuanto se les echan a perder los otros. ¿Prometen por Snoopy o por la Constitución? Los padres del constitucionalismo económico consideraban a los políticos incapaces, tanto en términos cognitivos como informativos, de gestionar la economía en beneficio de todos. No sé yo. A ver si va a resultar que los jinetes del Apocalipsis eran veintidós.
IDEAL (La Cerradura), 19/01/2020

domingo, 12 de enero de 2020

Histeria plurinacional


No me sorprende excesivamente la histeria demostrada por políticos y periodistas de algunos medios de comunicación por la investidura de Pedro Sánchez y su gobierno de coalición con Unidas Podemos. Venimos de donde venimos, y el miedo a los monstruos rojos se inculcaba no hace tanto tiempo en los cuadernos de urbanidad en los colegios. Es un miedo, sin embargo, que ya no cala en la juventud española, que es la que probablemente ha hecho posible este cambio en el ejecutivo, y quizá sea un dato para tener en cuenta. Vox es un espejismo, y el PP va camino de convertirse en una fuerza política poco representativa si sus portavoces en el Congreso, con Pablo Casado a la cabeza, parecen caricaturas del pasado. Por otra parte, agitar el fantasma de Cataluña no es nada bueno, y tampoco para el resto de las comunidades autónomas españolas. Aparte de la opacidad con que han llevado las negociaciones de investidura, lo que sí puede reprocharse a Pedro Sánchez y a sus socios en el Gobierno es que pacten con la ignorancia. El empeño en negar la importancia del Estado autonómico y cambiar el adjetivo que pretenda volver a apellidarlo aun vaciándolo de contenido será un lastre difícil de arrastrar. Porque los estatutos son verdaderas normas constitucionales aprobadas por los parlamentos autonómicos y luego por el estatal y, si como dice Otegui, en la mesa de negociación que también reclama al Gobierno para el País Vasco “va a estar la plurinacionalidad y la autodeterminación y no va a haber Estatutos”, lo que no habrá será autonomía política, como ahora existe de manera plena a través del Estatuto y el Concierto vasco y los sucesivos pactos de investidura. ¿Por qué no se analizan las competencias de las comunidades autónomas, su poder tributario, su autonomía política, los mecanismos de solidaridad o las ayudas europeas? ¿Qué país federal de Europa puede acercarse tan sólo un poco al nivel de descentralización que hay en España? Pero nuestros políticos parecen más preocupados por volver a crear los Reinos de Taifas. ¿Repúblicas o minimonarquías parlamentarias? León quiere independizarse de Castilla y Granada de Sevilla. ¿No estábamos mejor con el Califato de Córdoba? Está claro que, según Ortega Smith, no, pues en la fiesta de la Toma afirmó que “la reconquista aún no ha terminado”. Todo sea para que, a pesar de la UE, la gente pueda hacer lo que le dé la gana. Eso sí, desde la más pura dependencia europea, que no autonómica ni plurinacional.
IDEAL (La Cerradura), 12/01/2020

lunes, 6 de enero de 2020

Parábola del pan y el oro


Esta es una historia que aconteció en el tiempo del maestro Pablo Iglesias, cuando meditaba en el monte junto a un discípulo. Sintieron hambre, y mandó Pablo Iglesias al discípulo a comprar pan, mientras él se retiraba a meditar. Volvió el discípulo con tres panes y, como no halló al maestro donde lo había dejado, se comió él uno. Después vino Pablo Iglesias y le preguntó: “¿Dónde está el tercer pan?” “Sólo he traído dos”, contestó el discípulo. Pablo Iglesias calló y siguieron adelante, hasta que encontraron un rebaño, y cogió el maestro un cordero, lo degolló y comieron de él. Luego juntó Pablo Iglesias los huesos y dijo: “Levántate con licencia de Pedro Sánchez, el resucitador de los muertos”. Y se levantó balando el cordero, y exclamó el discípulo: “Alabada sea la Constitución”. Pablo Iglesias le dijo: “Jura, por aquel que ha realizado este milagro, qué has hecho con el tercer pan”. “Sólo traje dos”, contestó el discípulo. Siguieron hasta que llegaron a un río, y tomó Pablo Iglesias de la mano al discípulo y lo cruzaron caminando sobre las aguas, por el poder de Pedro Sánchez. Y dijo Pablo Iglesias: “Jura, por aquel que ha realizado este milagro, qué has hecho con el tercer pan”. “Sólo traje dos”, contestó el discípulo. Prosiguieron el camino y llegaron a un lugar despoblado, donde vieron tres grandes lingotes de oro. Y dijo el discípulo: “Gran tesoro es éste”. Y contestó Pablo Iglesias: “Un lingote será para mí, otro para ti y otro para el que se comió el tercer pan”. “Por cierto, que yo me lo comí, aunque lo he negado”, dijo el discípulo. “Entonces que sea todo para ti”, contestó Pablo Iglesias, y se fue. El discípulo se quedó allí, esperando a que apareciera alguien por el camino que le ayudara a llevar aquel tesoro. Al poco, llegaron tres hombres que, al ver los lingotes, decidieron matar al discípulo para quedárselos. Después de matarlo, dos de los hombres mandaron al tercero a comprar provisiones al pueblo, pues tenían hambre, antes de trasladar el tesoro. Y cuando éste se fue, los otros dos acordaron matarlo cuando volviese, para quedarse con su parte. Mientras tanto, el hombre que fue a comprar decidió envenenar la comida para matar a sus compañeros. Así que, cuando volvió, sus compañeros lo mataron, y luego comieron la comida y murieron también envenenados. A los pocos días, pasó Pablo Iglesias y vio el tesoro y los cadáveres de los cuatro hombres muertos, y exclamó: “¡Ay, la independencia!”
IDEAL (La Cerradura), 5/01/2020