lunes, 24 de febrero de 2014

El viajero inmóvil


Esta semana me ha pasado una cosa curiosa. He vuelto a Granada después de algún tiempo, pero resulta que no me he ido. Todo empezó al llegar a casa. No olía a cerrado, sino que las habitaciones estaban ventiladas, y, de hecho, las persianas estaban subidas. ¿Me las había dejado yo así? La cama parecía recién hecha, y en la cocina habían fregado y secado los platos deprisa y corriendo, algo que, sorprendentemente, yo tengo la costumbre de hacer. Pero bueno, esto no me desanimó y empecé a deshacer la maleta, para colocar pantalones, jerseys y camisas en el armario, donde había exactamente las mismas camisas, pantalones y jerseys. Ensayé una mueca escéptica ante el espejo de la cómoda, pero a mi reflejo no le importó demasiado, más bien ensanchó la sonrisa y luego alzó las cejas, como diciéndome: “¿Y qué?” Me fui a tomarme una caña al bar de la esquina, y el camarero me saludó como siempre, poniéndome la cerveza con un poco de espuma y mi tapa preferida. “¿Vas a querer hoy también unas habas?”, me preguntó. Me quedé callado un momento, como si meditara la respuesta, pero me limité a asentir con la cabeza. Él no paró de hablar, como solía hacer. “¿Has leído el periódico? Llevo cinco años oyendo que por fin va a llegar el Ave, coño”. A mí me pasaba lo mismo. Veía las mismas caras y escuchaba las mismas conversaciones, como si no me hubiera ido. En la comida con los amigos esa sensación se acrecentó. Andrés contó el mismo chiste que el día de mi despedida. Manolo estuvo despotricando del Gobierno y casi se atraganta en el segundo plato. Inés me dijo que Juan no había vuelto a casa en dos días, lo que, según mis cuentas, sumando el tiempo que yo había estado fuera, resultaban unos cuantos meses. Lo más gracioso fue lo que me dijo Antonio. “Oye, me ha encantado el libro que presentaste el otro día”. Vanidosamente, no puede dejar de alegrarme, pero pensé: “¿De qué libro habla?” Y el caso es que todos contaban anécdotas de lo que había hecho en los últimos meses, en las últimas semanas, en los últimos días. Pero yo recordaba perfectamente lo que había hecho los últimos días, las últimas semanas y los últimos meses fuera de Granada. Al final me harté. “¿Pero es que no os habéis dado cuenta de que me había ido?” Y Andrés me soltó con malafollá granaína: “Tú es que te crees el centro del mundo”.
IDEAL (La Cerradura), 23/02/2014

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