domingo, 17 de septiembre de 2017

Independencia

En estos días en que tanto se habla de “choque de trenes”, “conflictos”, “procesos”, “golpes de Estado” y demás clichés para referirse a la secesión de Cataluña y la desintegración del imperio, según la conocida canción de los Nikis, yo me fijo en la destrucción individual, que algunos se empeñan en ejecutar también a conciencia.  Observo a la gente que duerme en la calle, cada vez más, y que convierte el portal de tu vecino en una casa improvisada. Sólo que no se trata de una casa, y si pasas por allí temprano verás al menos a dos personas durmiendo, que quizá a las siete o las ocho, cuando lleguen los camiones de reparto con el ruido característico, se levanten y doblen sus mantas, como si hicieran la cama. Pero no hay cama. Sólo hilos de excrementos que llegan hasta la acera, porque tampoco hay baño. No sé dónde (si pueden) desayunarán, pero pronto se incorporan a su puesto de trabajo, que es un cartón (el mismo colchón que utilizan para dormir) doblado en la puerta del supermercado. Como un vecino más, este hombre en concreto saluda a la clientela, pero conforme pasan las horas y va trasegando los litros de cerveza que consigue comprar, su comportamiento cambia. Los saludos amables se convierten en quejas o insultos, y al atardecer en gritos. “¡Vosotros!”, dice. “¡Estoy así por vosotros!” Si no fuera un indigente, uno incluso pensaría en Carles Puigdemont o Gabriel Rufián, esas personas que viven gracias al sueldo y al odio que al parecer les procura el Estado. Pero a mí este hombre me despierta mayor solidaridad, aunque su vida se haya convertido en otro disparate. Uno pierde su trabajo, su casa y su familia y se encuentra en la calle. Uno inventa otro mundo en el que poder vivir sin normas, haciendo simplemente lo que le da la gana, embriagándose de una libertad tan vacía que sólo te permite agarrarte a una bandera o a una litrona. Hasta que el vecino se harta. Porque también tiene que levantarse e ir al trabajo, porque tiene –vaya por Dios- que cumplir las normas. Y la historia acaba con la policía en la puerta del supermercado. Y con el indigente, que en ese momento no sólo grita, sino que además insulta y agrede a quien le lleva la contraria, detenido. Podría ser el DIA del barrio. Podría ser, incluso, una ciudad o un país. ¿La independencia? Parafraseando a Bierce, es la condición política de la que cada nación y cada persona creen tener el monopolio.

IDEAL (La Cerradura), 17/09/2017