domingo, 3 de marzo de 2019

Televisión


La televisión se mete en nuestra casa como si fuera una ventana para asomarte al mundo. Pero, a veces, parece un espía, alguien que nos mira con la cara de presentadores o actrices para inmiscuirse en las conversaciones familiares en el comedor, la habitación que, después de la cocina, es el verdadero templo de la casa. Pero también se deslizan en nuestras habitaciones desde la pantalla personajes entrañables que nos acompañan durante la cena y se convierten en una suerte de álter ego que habla por nosotros y se sabe todas las respuestas a las preguntas que le formulemos. Es lo que ocurría con José Pinto, concursante del programa “¡Boom!”, que junto a sus compañeros de Los Lobos llevaba meses batiendo récords en Antena 3. José era de esos tipos con los que tienes que llevarte bien, pues era sencillo, campechano y sabio. Un amigo, un suegro o un cuñado ejemplar, aunque no tuvieras el gusto de conocerlo personalmente. Pero sí lo conocíamos de alguna manera, y por eso la noticia de su muerte ha afectado a miles de españoles. Me lo cuenta Encarna, una mujer de sesenta años, experta en concursos y telenovelas de sobremesa, porque su mayor y única compañía son esos programas y esas personas de las que habla como si fueran de su familia. Y quizá deberían tomar nota de ello nuestros políticos, pues lo único que sabía Encarna, como otros seguidores en toda España, es que José Pinto era buena gente. Que tendría sus miserias y sus problemas, como nosotros, pero verlo acertar una pregunta del presentador Juanra Bonet equivalía a decir: “El mundo, a pesar de todo, está bien. Sigue en su sitio. Y aunque no podamos responder a todas, al menos nos sabemos algunas respuestas”. Así, Los Lobos podían concursar en un nuevo programa y los espectadores continuar con la rutina de siempre. Pienso en Encarna y en José Pinto, y en las relaciones que se forman entre personas conocidas y desconocidas, reales e irreales, seres humanos de carne y hueso y personajes de ficción, que sin embargo nos parecen a veces mucho más reales y humanos que aquellos que los crearon. En unos días en que abundan las sobreactuaciones y los personajes de campaña, los grandes discursos y la demagogia política, la gente prefiere a las personas directas y sencillas, esas que contestan a las preguntas que se saben con una sonrisa, la misma que ponen si se manchan de pintura al fallar una respuesta. Como si fueran de la familia.
IDEAL (La Cerradura), 3/03/2019

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