Cuando el hombre encendió la radio, oyó en la sección nacional que dos
fondos de inversión que habían comprado 2.490 pisos públicos en la época en la
que gobernaban en Madrid Alberto Ruiz Gallardón y Ana Botella los habían
revendido seis veces más caros. El precio de los alquileres ha subido más del
66% en los últimos años, pero los sueldos sólo han aumentado el 3,4%, y un
centenar de vecinos de Vallecas podrían irse a la calle. Después escuchó las
novedades del juicio de la operación Kitchen, vinculada a la posible
financiación irregular del PP, y el juicio de las mascarillas al exministro de
Transportes del PSOE José Luis Ábalos, Koldo y compañía. El hombre, de sesenta
y cinco años, suspiró mientras realizaba los estiramientos que le había
recomendado el médico. Le crujían el cuello, la columna y hasta el coxis, y
pensó en la alegría con la que había vivido la aprobación de la Constitución
española, que recoge, entre otras cosas, el derecho a la vivienda. “Menudos
traidores”, se dijo, tratando de hacer una flexión en la colchoneta. Le dolían
las palmas de las manos, los antebrazos, los brazos, los hombros, el pecho, la
espalda, las piernas… “¡Hijos de puta!”, gritó, y la descarga de adrenalina le
permitió flexionar y estirar los brazos completamente. Se habían cargado el
Estado social. “¡Cabrones!” Dos, tres, cuatro… Había conseguido hacer cinco
flexiones perfectas. El locutor pasó a la sección de internacional, y el hombre
escuchó el relato sobre el intento de asesinato de Donald Trump. “El mundo está
loco”, dijo el presidente estadounidense. “Me cago en…” resopló el hombre, que
ya iba por la novena flexión. “¡Efectivamente, por gente como tú!”, exclamó, y
con fuerzas renovadas llegó a la flexión número veinticinco. No podía
creérselo. Estaba sudando, sí, le temblaba el cuerpo, pero había hecho
veinticinco flexiones. “No sé lo que haré después”, dijo Trump, mal traducido
por el locutor. “Canadá, Cuba, España, quién sabe. España no está haciendo las
cosas bien”. “Grrr…” Rugió el hombre conforme agarraba las mancuernas de quince
quilos y las levantaba sin ningún esfuerzo. “No son solidarios con sus
aliados”, decía Trump, “tienen que aumentar el gasto militar”. El hombre vivía
en un pequeño apartamento en la calle Faisán, en Granada, pero el grito llegó
hasta el ayuntamiento, pasó por el palacio de la Moncloa y voló a la Casa
Blanca, en Washington. Los servicios de seguridad todavía investigan cómo pudo
atravesar el techo una pesa de quince quilos y caerle al presidente
norteamericano en la cabeza.
IDEAL (La Cerradura), 3/05/2026
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