domingo, 23 de agosto de 2020

El paciente

Creo que debido a la saturación informativa por la Covid-19 me puse malo. Se me hincharon los ganglios del cuello, me dieron escalofríos, incluso fiebre, aunque curiosamente para abajo. En resumidas cuentas: se me metió en el cuerpo el malestar reinante. Yo no suelo molestar a los médicos si no es estrictamente necesario, pero mi mujer me convenció de que llamara y pidiera cita. “Total”, me dijo. “Si ni siquiera tienes que ir, te llaman por teléfono”. Ante una lógica tan aplastante, no pude negarme. Era jueves y me dieron cita para el martes siguiente. Durante el fin de semana, luché denodadamente contra el malestar exterior e interior: me metía o salía de la cama en función de la temperatura corporal y nacional. Pero el lunes estaba mejor, e incluso casi recuperado el martes. “Qué le digo ahora al médico?”, pensé. “¿Le cuento mi calvario del fin de semana o que ya estoy bien?” El médico debía de estar muy ocupado o haber adivinado mis dudas, pues el martes no me llamó. “¿Ves?”, le dije a mi mujer. “Si ya lo sabía yo”. Mi mujer no siempre me deja que me salga con la mía, y se metió en el programa de citas de la Junta. “Pues aquí pone que te han llamado”. “Ah, ¿sí?”, repuse. “¿Y por qué no ha sonado el teléfono ni tengo ningún registro de llamada?” Mi mujer me miró meneando la cabeza, como si fuera el culpable de algo, y creo que de la frustración que sentí empezó a subirme la fiebre. “Mañana tienes que llamar al centro médico”, sentenció. “Y temprano”. Así que eso hice el miércoles, y al quinto intento me cogieron el teléfono. Le conté a la telefonista con mi voz de enfermo lo que había pasado y me dijo: “Hum… ¿No le ha llamado el médico?” Comprobó mi número de teléfono y me dijo que a partir de las doce me volvería a llamar. Me quedé con las ganas de decirle que no podían volver a llamar a quien no habían llamado antes, pero opté por callar prudentemente y esperar. El caso es que a las doce y media no me habían llamado, pero yo me encontraba mejor. A la una y media tampoco había sonado el teléfono, y yo estaba como nuevo. A las dos y media mi teléfono por fin sonó. Yo pensé que el último recurso de la Seguridad Social era curarnos a base de ejercitar la paciencia y, como el tratamiento había surtido efecto, no contesté la llamada.

IDEAL (La Cerradura), 23/08/2020

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