La
incongruencia de nuestros políticos no es un delito, aunque podría serlo, como
injuria a la ciudadanía, que siente como poco vergüenza ajena. No es de
extrañar que los comentaristas tiren de hemeroteca para criticar el
comportamiento de José Luis Rodríguez Zapatero que, como tantos personajes
públicos, suele hablar más de la cuenta. “Ser socialista es normalmente tener
muy poco y estar dispuesto a dar mucho”, es la simpleza del expresidente más
comentada. Pero el pedir confianza a la salida del juzgado después de negarse a
hablar de las “dichosas joyas” es una simpleza mayor. Sobre todo, cuando tu
entorno filtra que fueron un regalo del rey de Arabia Saudí, la misma dictadura
que agasajaba al exrey Juan Carlos. Pero Zapatero había promovido en esa época
un Código de Buen Gobierno para evitar este tipo de conductas y que los bienes
más valiosos fueran al Patrimonio Nacional. Bueno, pues cualquier persona
honesta no acepta regalos por el ejercicio de su cargo. Les podría dar por
regalar libros para aumentar las bibliotecas públicas. En los libros uno
aprende que el ejercicio del poder corrompe, como sabe por experiencia nuestra
clase política, que debería leer más y malversar menos. Pero parece ser la
tónica general en los ámbitos institucionales valerse del ejercicio de un cargo
público para el beneficio personal. Quien lo hace es un corrupto. Y quien lo
tolera, también. Lo que le fastidia a la gente es que además te den lecciones
de ética y pureza ideológica desde la tarima, el micrófono, la columna e
incluso el libro, si es que lo han escrito. La vanidad consume más palabras que
la inteligencia artificial. Pero qué difícil resulta ser congruente, decirte a
ti mismo lo que les dices a los demás, aplicarte el discurso que predicas sin
tener que hacer un desdoblamiento de personalidad. En nuestras instituciones debería
haber un funcionario que, como en los tiempos de Roma, les susurrase de vez en
cuando a nuestros presidentes, ministros, consejeros, directores, etc., “memento
mori”. Quizá así conseguiríamos que no se les alce tanto la ceja, el ego, la
cuenta corriente o la cabeza. Que luego no recuerdan nada los que eran pobres,
aunque ahora desayunen con diamantes. En vez de tantos asesores, podrían tener
al lado a profesionales y trabajadores, médicos, abogados, profesores,
albañiles, fontaneros o carpinteros, si es que queda alguno, sudando a 40
grados. Ellos sí que saben lo que significa ser de izquierdas o de derechas. Y
que, como diría el filósofo romano, la integridad de las personas se mide por
su conducta, no por sus profesiones.
IDEAL (La Cerradura), 21/06/2026
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