lunes, 3 de agosto de 2026

El quejica

En la comunidad de vecinos todos miraban hacia el sur, como la ciudad, al piso del primero derecha. El propietario, que tenía fama de rentista, no pagaba las cuotas ni participaba en las inversiones de los elementos comunes, pero no hacía nada más que quejarse a la presidenta, que vivía hecha un manojo de nervios por sus continuas llamadas, mensajes de WhatsApp y encuentros fortuitos en la escalera. Porque “el quejica”, como se le conocía en el edificio, se había negado a pagar la derrama para poner un ascensor, así que todos los vecinos tenían que pasar por delante de su puerta. Y parecía que él estaba todo el día asomado a la mirilla, por si veía bajar a la presidenta o al administrador. Que si había un problema de humedades en su cocina. Que si la del segundo estaba aprendiendo a bailar sevillanas o andaba con tacones por el pasillo. Que si había un pestazo a tabaco en el portal. Que si había que prohibir alquilar los locales a negocios tan ruidosos. En fin. Una lista interminable. Pero, como él no pagaba las cuotas de la comunidad, tampoco tenía derecho de voto en las reuniones, y todas las decisiones se tomaban sin consultarle. El administrador, con su malafollá característica, decía que el del primero derecha era como la ciudad. “¡Que no se puede pedir tanto sin hacer nada, hombre! ¡Que tenías que ser alcalde o diputado provincial!” Esas cosas decía el administrador, que por su parte adjudicaba los contratos de obras y los cargos de la junta directiva a quien le daba la gana. Otra posibilidad era hacer al vecino presidente y ver si arreglaba todos los problemas de los que tanto se quejaba, como pensaba la presidenta. Pero el vecino del primero derecha hablaba mucho y hacía poco. Sólo alquilar los otros dos pisos que tenía en el edificio a los turistas. De eso no se quejaba, no, ni de las fiestas que hacían de madrugada. La presidenta no podía ni verlo. Siguiendo el ejemplo del administrador, decía que lo del ascensor era como lo de los trenes y los aviones, cosa que nadie entendía. “Sí, claro, él no paga el ascensor, pero como siguen viniendo a alquilarle los pisos, no le importa”. Pero espera, que el vecino acaba de abrir la puerta cuando bajábamos por las escaleras. “¡A ver si en vez de tanto hablar de mí, arreglamos las goteras!”, nos grita. Qué hombre más quejica. Ni que le hubieran negado poner en su casa la sede de tres o cuatro agencias.

IDEAL (La Cerradura), 2/08/2026