martes, 26 de diciembre de 2017

Banderas

Resulta muy diferente dónde se enarbola una bandera de España. No es lo mismo verla en Granada, donde según el contexto puede resultar ridículo, que en Melilla, por ejemplo, que no deja de ser una ciudad de frontera y una plaza política y militar en un país extranjero. Uno entiende la añoranza por la madre patria cuando vive fuera de su casa, pero en las democracias, donde uno ejerce con normalidad sus derechos políticos, el patriotismo suele quedar reducido al deporte, al fútbol en el caso español, donde la pregunta más existencial que suele hacerse es si se es del Barça o del Real Madrid. Pero si las banderas salen a la calle es porque la democracia no existe, y lo hemos visto claramente en Cataluña, donde se ha excluido sistemáticamente a aquellas personas que no enarbolaban una señera. Es una confusión importante que contamina todos los estratos sociales, incluido el deporte, con un club de fútbol, el Barcelona, abducido por el nacionalismo, y donde jugadores como Piqué, exjugadores como Xavi o entrenadores como Guardiola hacen campaña y hablan sin sonrojarse de presos políticos. Pero presos políticos son los trabajadores de la Generalitat que no se atrevían a decir lo que pensaban por miedo a ser despedidos, las familias que han vivido con verdadera angustia el proceso electoral y que vistos los resultados y la prolongación de la pesadilla se plantean dejar su tierra natal. Porque resulta muy fácil reclamar los derechos que uno tiene y muy difícil ejercerlos cuando uno no está seguro de a qué país pertenece. Algunas personas parecen vivir un presente absoluto, aislado del pasado y del porvenir, sumergidos en un delirio que lo convierte todo en urgente e instantáneo. Eso es el fanatismo. Y en España se vive así tanto la política como el fútbol. Nadie parece pensar en el mañana a no ser que se trate de “su mañana”. Desde la crisis de 2007 la sociedad española se ha empobrecido y ha aumentado la precariedad laboral, pero el Gobierno sólo se ha preocupado de cuadrar las cuentas públicas, como ha tratado de “cuadrar” el problema catalán con unas elecciones que vuelven a demostrar lo que ya sabíamos: que hay dos millones de ciudadanos catalanes que quieren independizarse. ¿No habría que asumirlo y buscar una solución? Los periódicos nos han pintado a Inés Arrimadas como una nueva heroína que defenderá en el parlamento catalán el orgullo español frente a un mártir y un profeta. Pero quizá sea tiempo de arriar esos trapos de colores que llamamos banderas.
                                                                               IDEAL (La Cerradura), 24/12/2017