domingo, 8 de julio de 2018

Estrecho


Esta semana he viajado entre Motril y Melilla, en plena “Operación Paso del Estrecho”; y la verdad es que todo ha resultado “estrechante”, desde la espera de una hora para la salida con retraso del  ferry, hasta el viaje en el propio barco de la Compañía Naviera Armas, demasiado pequeño para los viajeros y sus familias, que en una especie de competición buscan el mejor sitio para acomodarse, cuando no tumbarse, pues actualmente el trayecto de 92 millas náuticas entre la península y el continente africano no puede hacerse en menos de –con suerte- seis horas. Los prejuicios sobre la inmigración deben de haber influido en la empresa naviera, que trata a los pasajeros como si fueran de tercera. Probablemente será mejor –y más rentable- viajar entre las islas Baleares o entre las islas Canarias, pero que yo sepa Melilla sigue siendo una ciudad española, donde las leyes y los servicios públicos que se prestan en el resto del país deberían ser exactamente los mismos. Sin embargo, el panorama autonómico y provincial español es en este sentido catastrófico. La descentralización de los servicios públicos no ha contribuido a mejorarlos ni al bienestar de los ciudadanos, sino a una competición sobre la privatización y el abaratamiento de dichos servicios, aunque al mismo tiempo las comunidades y corporaciones locales no dejen de pedir mayores recursos. Esta semana hemos leído que el ministerio de Hacienda pretende ceder a los ayuntamientos las competencias para los servicios de dependencia. ¿Se ha pensado antes cómo van a financiar los municipios esta prestación social? Porque la cesión de las competencias en educación o sanidad a las comunidades autónomas, por ejemplo, no ha mejorado la prestación de estos servicios en la totalidad del territorio español, sino que, muy al contrario, ha generado situaciones de desigualdad despendiendo de la comunidad de que se trate, como también desigualdades fiscales en los tributos cedidos para poder financiarlos. ¿Y qué decir de la educación? Si la educación siguiera siendo una competencia estatal nos habríamos ahorrado el problema catalán, donde, hace diez años, sólo una parte residual de la población aspiraba a la independencia. ¿Y el País Vasco, donde desde las instituciones se ha llegado a apoyar a ETA? Tenemos una extraña idea de lo que es el progreso. Y quizá deberíamos cruzar más el Estrecho para darnos cuenta, en un viaje de ida y vuelta. Porque nuestras sociedades serán sin duda multiculturales y multirraciales, pero únicamente tan pobres como nos empeñemos en que lo sean. Y la marginación sólo genera pobreza.
IDEAL (La Cerradura), 8/07/2018