domingo, 16 de diciembre de 2018

Santos


Sólo en un país donde no se ha condenado abiertamente la dictadura franquista y aún se discute torpemente sobre dónde debería estar enterrado el dictador, a alguien podía ocurrírsele proponer la beatificación de Francisco Franco. Algo que hubiera provocado una carcajada antes de que VOX lograse doce escaños en el Parlamento de Andalucía y 46.952 votos en la provincia de Granada, lo que ha transformado esas sonrisas en una mueca en la cara de tiempo congelado. Pero es que el nacionalcatolicismo ha sido la ideología imperante en España durante cuatro décadas, y ése sí que fue un invento español, y no el autogiro de Juan de la Cierva. Mientras en los países de nuestro entorno se desarrollaban las democracias aconfesionales, aquí volvíamos a la Edad Media. Y allí sigue anclada parte de la sociedad española, aunque las efigies de los santos de hoy se erijan más en las redes sociales que en las iglesias. Los que desean el advenimiento de otro iluminado que coja al toro ibérico por los cuernos y vuelva a llevarlo al redil. Y el redil debería seguir siendo el Valle de los Caídos, que ilustra hasta donde puede llegar la megalomanía de un maníaco y la ignominia de un país. Pero hay otra parte de la población que simplemente está harta de partidos y políticos que lo más parecido a una idea de España que tienen es una veleta, pues cambian de propuestas según sople el viento electoral, por lo que demuestran que no tenían ninguna idea previa. En Europa, la cosa no pinta mejor, incluso en países como Francia o Alemania, donde sí se ha fomentado una política de reconocimiento de los errores, pero que tampoco escapan a una crisis económica que ha provocado una regresión de derechos políticos y sociales. O en Italia, donde fascismo y populismo se han confundido y unido para condenar al extranjero. Frente a esa tendencia, sólo cabe oponer el progreso social. La aplicación efectiva de los derechos y libertades recogidos en el Título I de la Constitución debería ser el punto de partida de cualquier programa político en España, y los partidos y el  propio sistema democrático sólo resultarán creíbles si trabajan para promover políticas sociales y el pleno empleo. En Europa, ésa es una labor de los Estados y del Parlamento, no de la Comisión, que sólo cree en el sacrosanto mercado, de cuyas leyes las élites económicas se siguen aprovechando. Más que santos o políticos narcisistas, necesitamos buenos gestores de los recursos públicos y comprometidos con los derechos humanos.
IDEAL (La Cerradura), 16/12/2018