En
un mundo donde impera la inmediatez, las cosas suceden sin que de tiempo a
meditarlas o a comprenderlas, ofrecen un titular y luego desaparecen. Si fueron
buenas o malas, causaron beneficios o estragos, no importa. Antes de que la
acción se agote, otro suceso aparece en el horizonte, conexo o inconexo, lo
importante es aturdir al auditorio, que está saturado, empachado de
catástrofes, pero necesitado de otra inyección informativa antes de que le
entre el mono. Es la técnica que utilizan los populistas como Donald Trump, que
no para de bombardear disparates a un público idiotizado antes de lanzar bombas
de verdad. Pero ocurre en cualquier ámbito, en las empresas, donde se esperan
beneficios inmediatos, en el entretenimiento, por supuesto, donde las series y
películas tienen tantos puntos de tensión o de clímax que no se entiende el
argumento, si lo hay, o en el fútbol, donde los entrenadores duran tanto como
el número de victorias o los caprichos del presidente, y digamos que hablo del
Real Madrid y del despido de Xabi Alonso. Pero también en la política
pretendidamente seria, donde algo tan importante como el sistema de
financiación autonómica no se diseña pensando en las necesidades de todos los
ciudadanos españoles, sino en los del partido de una sola comunidad autónoma,
cuando no en los del partido que gobierna el Estado o de una única persona que
quiere seguir a toda costa ostentando la presidencia del Gobierno. Algo, por
cierto, que no sólo es predicable de Pedro Sánchez, sino también de José María
Aznar en 2001 o de José Luis Rodríguez Zapatero en 2009. Si hay que hablar
catalán en la intimidad se habla, porque lo que importa es el presente, su
presente, no el futuro de los ciudadanos. Y cuando sólo se piensa en cuotas de
poder, en la parcelación del poder político y en las próximas elecciones, no es
posible que haya un proyecto para el país, la región o la ciudad, que ponen su
empeño en eventos efímeros que den para un titular antes de que sea devorado
por la vorágine informativa. Eso explica que en Granada las infraestructuras
sigan siendo deficitarias después de casi cincuenta años de democracia, que en
Andalucía la sanidad pública ya no sea la joya de la corona y que en el
conjunto del Estado el sistema autonómico se haya convertido en una batalla
entre reyezuelos que se creen dueños de los recursos públicos. Los caudillos
tienen prisa. La democracia pide calma y sensatez. Pero hay que creérsela.
IDEAL (La Cerradura), 18/01/2026
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