Las ciudades reproducen a pequeña escala lo que ocurre en el mundo, y esta semana en Granada hemos leído en IDEAL noticias sobre disparos, hachazos, pedradas y otras formas de violencia en nuestras calles. La causa puede ser un vecino trastornado o que odia a los niños de un colegio, pero también la marginalidad, que convierte a barrios enteros en un páramo educativo y cultural. Es lo que al parecer ocurre en Almanjáyar, donde habitan personas que como Trump quieren imponer la ley de la selva. No tiran cohetes porque no tienen, pero sí piedras o perdigones cuando pasan los autobuses. La policía ha tenido que tomar medidas de seguridad para la línea 8, y quizá veamos pronto a los vehículos viajar escoltados, como si protegieran de un atentado el coche presidencial. ¿Habrá en la zona Norte algún Harvey Oswald obsesionado con John F. Kennedy? En la novela “Libra”, Don DeLillo imagina al asesino como un niño problemático que con el tiempo se verá envuelto en una conspiración internacional. Los conflictos interiores pueden confluir con los exteriores y con la actualidad política, pero lo raro es que esa marginalidad no haya cambiado en la zona Norte en medio siglo, y que un lugar que deriva del andalusí “llano de los jeques o de los maestros”, sea más conocido por lo que hacen unos cuantos cafres. Siempre me ha llamado la atención la preocupación de nuestros dirigentes por proyectar una gran imagen exterior y olvidarse de lo más cercano. La reputación de una ciudad empieza por la limpieza de todas sus calles y parques, por la comodidad de sus accesos, por poder pasear con tranquilidad y utilizar el transporte público sin que el centro sea una feria turística permanente y los barrios, los lugares más emblemáticos y el patrimonio histórico languidezcan. Luego nos preocuparemos por ser la capital del mundo. La cultura de Granada muere de inanición en locales como La Tertulia, mientras los pequeños bárbaros de Almanjáyar han cambiado las canicas por tirachinas telescópicos y carabinas. Javier Egea, que lamentablemente se quitó la vida con una escopeta y frecuentó los arrabales tertulianos, escribió: “Entre cuatro paredes/ comenzaba la noche del asedio/. Ellos, los asesinos,/ alentaban la larga collera de los perros./ El hambre por las sábanas/ se agazapaba oscura como un cepo./Ellos, los asesinos,/ nos pusieron el pan sobre unos ojos bellos./ Fuimos muriendo todos/ hasta que todo se volvió desierto./Ellos, los asesinos,/vigilaban la caza del amor en silencio.” Qué bueno sería que en nuestras calles sólo nos dedicáramos a cazar buenos versos.
IDEAL (La Cerradura), 19/04/2026