El “respeto a nuestras
costumbres” es un argumento manido que sirve tanto para cargar contra la
migración como para defender las fiestas del pueblo, aunque estas supongan un
nivel de ruido prohibido en cualquier país civilizado o el maltrato de animales
en lo que algunos siguen llamando la fiesta nacional. Y eso es lo único que
tienen en común quienes utilizan el argumento, pues cuando se miran al espejo
ven a un personaje cuyos rasgos y medidas les sirven para juzgar a los demás. Pero
es un argumento vacío. Las costumbres cambian como suelen cambiar las personas.
Es verdad que algunas no cambian nunca y se quedaron ancladas en la
adolescencia en una sociedad cada vez más infantilizada. Son las que ven a las
administraciones públicas como meras proveedoras de pan y circo, y no como una
garantía para prestar servicios públicos esenciales, poder ejercer los derechos
fundamentales e implicarse en la sociedad. Es una perspectiva de la que suelen
contagiarse las propias instituciones y sus dirigentes, más pendientes de las
reacciones de las redes y de acaparar protagonismo que de realizar políticas
efectivas. Eso explica que se pierdan las oportunidades que propiciaron los
fondos europeos Next Generation a raíz de la pandemia o que no se sepa cuánto
dinero se ha invertido realmente en la provincia de Granada, como informaba
esta semana Rebeca Alcántara en IDEAL. No se conoce con exactitud en qué grado
de ejecución están los proyectos ni los proyectos mismos. Sólo sabemos que actuamos
de tragedia en tragedia, y que la llegada de un virus, inundaciones, crisis
bélicas, climáticas o energéticas, terremotos o el asalto a la frontera de
Ceuta llevarán aparejados el anuncio de ayudas millonarias que habrá que ver
cómo se concretarán, pues cada administración territorial, según el color
político, no colaborará necesariamente con las demás. ¿Se resolverá el
problema? Ese es otro tema que depende de las costumbres políticas de cada
tierra y del calendario electoral. Lo malo de algunas costumbres de partido es
que se convierten en dejadez administrativa. Después de cuatro años sin
presupuestos, difícilmente podemos conocer cuáles son los ingresos y los gastos
del Estado. Mientras se aprueban o no, nos piden que recuperemos la fe en la
política. Confundir la ideología con la religión es otra tradición en un país
con muchos fanáticos de las tradiciones y costumbres. ¿Cambiaremos las
elecciones por procesiones y por fiestas? Dice un viejo aforismo que la
costumbre vence a la ley. ¡Qué miedo! Sólo las costumbres de los demás nos
parecen ridículas.
IDEAL
(La Cerradura), 6/09/2026