En un mundo gestionado a través de Internet y la IA no nos
puede extrañar que un joven de 16 años afincado en Motril sea capaz de filtrar
datos personales de funcionarios de la Guardia Civil, la AEAT o la Fiscalía General
del Estado. Lo raro, parece ser, que lo hayan pillado. “¿Cómo habéis llegado
hasta mí?”, preguntó el adolescente cuando fue detenido por la Policía
Nacional, decidida a orientar sus habilidades “para hacer el bien”. Nadie sabía
a lo que se dedicaba el chaval encerrado en su cuarto, tecleando ante la
pantalla del ordenador. Nuestros jóvenes hablan un lenguaje diferente que ni
padres, profesores o psicólogos logran comprender. Ellos no entienden que
tengan que asistir a clase, hacer exámenes en papel, mantener una conversación
cara a cara o por teléfono cuando todo se sabe o no se sabe con un selfi, un
emoticono o las abreviaturas de un mensaje de texto, que deban cumplir unas
normas de las que la clase política parece pasar olímpicamente. Pero disponen
de una tecnología que sus abuelos ni siquiera podían imaginar. También tienen
la tentación de dejar de pensar y que sea la IA la que decida por ellos. El
papa León XIV, que muestra la misma preocupación, ha escrito en su carta
encíclica “Magnifica Humanitas” que “en cada época se cierne el riesgo de
construir un mundo inhumano y más injusto, allí donde la humanidad corre el
peligro de perder su rostro”, que me parece una bella metáfora sobre los
peligros que entraña un mal uso de la IA, que ya elige y ejecuta los objetivos
en las guerras de Ucrania e Irán. Por supuesto que debería ser la inteligencia
humana, con conciencia y libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y
establezca con responsabilidad su uso y límites, pero esa inteligencia y esa
humanidad brillan por su ausencia. El poder personal, confundido con el poder
nacional y político, condena el futuro de los países y de la humanidad, incapaz
de autorregularse a través de las organizaciones internacionales y el derecho,
el enemigo contra el que luchan los oligarcas de las empresas tecnológicas y
los tiranos de nuestro tiempo. Pienso en ese adolescente motrileño, ante la
pantalla del ordenador, poniendo en evidencia los programas de seguridad de las
instituciones del Estado, esas que se desacreditan desde el Gobierno, como si
pretendiese hackear el sistema democrático. El chaval quiere respuestas. Como
cualquier adolescente, busca su rostro, buceando entre softwares y algoritmos. Pero
lo importante es la pregunta: “¿Cómo habéis llegado hasta mí?”
IDEAL (La Cerradura), 7/06/2026
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