lunes, 14 de septiembre de 2026

Inteligentes

Esta semana se suceden las noticias sobre los resultados desastrosos de España en el informe PISA y las alertas por el uso de la inteligencia artificial. Y quizá no sea una casualidad que los estudiantes españoles sean los que más usan la IA dentro de los países de la OCDE, a diferencia de los que obtienen mejores resultados, como Japón, Canadá, Finlandia, Irlanda o Reino Unido. Al tiempo que nuestros jóvenes acuden a ChatGPT para resolver cualquier consulta, pierden la capacidad de analizar textos y resolver problemas matemáticos complejos, según los expertos. Se sabe que la lectura de libros físicos mejora las conexiones neuronales mientras que la IA se propaga como un virus provocando una erosión cognitiva. De hecho, su uso solo ha tardado tres años y diez meses en generalizarse, y millones de personas delegan su capacidad intelectual en programas creados por oligarcas de los que desconocemos sus propósitos. Pero la IA también se programa por sí misma, y esta semana ha dimitido un investigador de Anthropic y extrabajador de Open AI, Jacob Coxon, por los peligros que entraña la carrera desatada para mejorar estos sistemas. “Quienes están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la década”, ha denunciado en X. ¿Quién asume la responsabilidad de crear una legislación internacional sobre el uso de la IA? ¿Y en el ámbito doméstico? Nuestros jóvenes se hacen dependientes de estos sistemas de información y la única vacuna efectiva sería el fomento de la lectura de esos libros impresos que la IA devora en cantidades pantagruélicas para desarrollar sus bases de datos. Una tarea imposible si los padres son los primeros que solo leen mensajes cortos como los de WhatsApp, titulares de las noticias de Google, los pies de foto de Instagram o con suerte escuchan un podcast educativo o ven vídeos de TikTok, el otro aliciente de la pereza mental de nuestros jóvenes. ¿Serían más creíbles nuestros profesores si grabaran previamente las clases? ¿Daremos las clases únicamente on-line? Es otra forma de empobrecimiento cognitivo, por el que sin embargo se decantan cada vez más nuestras universidades. Se ve que nos repugna el contacto físico, la interacción personal, que es lo que propicia el conocimiento. Paradójicamente, es lo que fomenta la lectura, la más perfecta conexión neurológica entre dos seres humanos que comparten su inteligencia en una conversación íntima, aunque no se vean ni se toquen. Quizá necesitemos menos robots y más bibliotecas. La lectura de un buen libro siempre ha sido la vacuna más efectiva contra la estupidez.

IDEAL (La Cerradura), 13/09/2026

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