Esta semana se suceden
las noticias sobre los resultados desastrosos de España en el informe PISA y
las alertas por el uso de la inteligencia artificial. Y quizá no sea una
casualidad que los estudiantes españoles sean los que más usan la IA dentro de
los países de la OCDE, a diferencia de los que obtienen mejores resultados,
como Japón, Canadá, Finlandia, Irlanda o Reino Unido. Al tiempo que nuestros
jóvenes acuden a ChatGPT para resolver cualquier consulta, pierden la capacidad
de analizar textos y resolver problemas matemáticos complejos, según los
expertos. Se sabe que la lectura de libros físicos mejora las conexiones
neuronales mientras que la IA se propaga como un virus provocando una erosión
cognitiva. De hecho, su uso solo ha tardado tres años y diez meses en
generalizarse, y millones de personas delegan su capacidad intelectual en
programas creados por oligarcas de los que desconocemos sus propósitos. Pero la
IA también se programa por sí misma, y esta semana ha dimitido un investigador
de Anthropic y extrabajador de Open AI, Jacob Coxon, por los peligros que
entraña la carrera desatada para mejorar estos sistemas. “Quienes están construyendo
la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la
década”, ha denunciado en X. ¿Quién asume la responsabilidad de crear una
legislación internacional sobre el uso de la IA? ¿Y en el ámbito doméstico? Nuestros
jóvenes se hacen dependientes de estos sistemas de información y la única
vacuna efectiva sería el fomento de la lectura de esos libros impresos que la
IA devora en cantidades pantagruélicas para desarrollar sus bases de datos. Una
tarea imposible si los padres son los primeros que solo leen mensajes cortos
como los de WhatsApp, titulares de las noticias de Google, los pies de foto de Instagram
o con suerte escuchan un podcast educativo o ven vídeos de TikTok, el otro
aliciente de la pereza mental de nuestros jóvenes. ¿Serían más creíbles
nuestros profesores si grabaran previamente las clases? ¿Daremos las clases
únicamente on-line? Es otra forma de empobrecimiento cognitivo, por el que sin
embargo se decantan cada vez más nuestras universidades. Se ve que nos repugna
el contacto físico, la interacción personal, que es lo que propicia el
conocimiento. Paradójicamente, es lo que fomenta la lectura, la más perfecta
conexión neurológica entre dos seres humanos que comparten su inteligencia en
una conversación íntima, aunque no se vean ni se toquen. Quizá necesitemos menos
robots y más bibliotecas. La lectura de un buen libro siempre ha sido la vacuna
más efectiva contra la estupidez.
IDEAL (La
Cerradura), 13/09/2026
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