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lunes, 23 de marzo de 2026

Los malos

Estaría bien que los ciudadanos llamáramos a las cosas por su nombre, desechando cualquier tipo de eufemismo, lo que quizá nos ayude a tener una mirada más clara sobre el mundo. Y podríamos empezar por la maldad, que campa a sus anchas porque hay gente que la ejerce sin complejos y otros que los apoyan. Que Donald Trump parezca la personificación del Anticristo en la película “La profecía” ya no resulta una novedad, pero sí oír a sus acólitos, en USA o en España. “Hace falta dinero para matar a los malos”, ha dicho el secretario de Defensa de Estados Unidos, Peter Hegseth. Gente que cree que se puede justificar la masacre de países y seres humanos por meros impulsos personales, o llevar el terror a las ciudades o al propio barrio promoviendo la caza de inmigrantes. “Tenemos que echar a unos 600.000 inmigrantes al año”, dice Santiago Abascal. Quizá pensarían de otra manera si fuera a ellos a los que metieran en una cárcel, si mataran a su mujer o a sus hijos, si les disparasen en cualquier calle de Gaza. Gracias a Trump, USA se ha convertido en el país más desagradable para vivir o visitar, pues en nombre de la ley y el orden se imponen los deseos de un ególatra. De paso ha incendiado el planeta, pero parece dispuesto a continuar haciéndolo. Si en una película escucháramos decir a un presidente que va “a seguir bombardeando Irán por diversión” o “puedo hacer con Cuba lo que quiera”, lo situaríamos en un psiquiátrico o en cualquier bodrio de la serie Z. Las personas que lo apoyan en España también nos dan una medida exacta de su falta de humanidad. Desde quienes lo hacen abiertamente hasta quienes toman posturas más “pragmáticas” o ambiguas de “apoyo a los aliados”, como hace parte de la derecha española. De tanto abusar de las redes sociales y los algoritmos, hemos logrado crear un mundo maniqueo y dividido simplemente entre buenos y malos. Y los malos son los que promueven la guerra y la destrucción y quienes callan ante la injusticia o la toleran. No hace falta acudir a la religión o a la moral para trazar una línea roja. Está ya marcada por las declaraciones internacionales o en el Título I de la Constitución española. Esa es la bondad de las instituciones, creadas para protegernos de la maldad de las personas. Parafraseando a Bertolt Brecht, cómo serán estos tiempos que vivimos en los que hay que defender lo más obvio.

IDEAL (La Cerradura), 22/03/2026

martes, 20 de julio de 2021

Intimidad

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estado de alarma es sólo un toque de atención sobre la realidad social. La intimidad ya no existe, y tanto han cambiado las cosas en tan pocos años que hay quien se escandaliza porque el tribunal garantice la protección de los derechos y libertades fundamentales, esos que regalamos alegremente a golpe de clic y que tanto echan de menos en dictaduras como las de Cuba y Venezuela (ignorantes o peor, cínicos, quienes niegan que lo sean). Aun con una votación tan reñida, me alegro de que al menos el Tribunal Constitucional se aferre al sentido de las normas, porque cuando no exista la independencia judicial tampoco existirá la democracia. Ni sin leyes, aunque podamos cambiarlas. Pero, en Matrix, todo se confunde, y hoy no sabemos hasta dónde llega la acción política y la comercial, la gestión empresarial o la administrativa. Nuestros datos circulan entre compañías telefónicas y energéticas, entre la AEAT y el resto de administraciones, pero también entre empresas y hackers sin escrúpulos que cualquier día te saludan desde la pantalla de tu ordenador o te suplantan en las entidades financieras. Las redes sociales y las plataformas digitales saben más de nosotros mismos que el espejo del baño, y hay quien ya ha renunciado a tomar decisiones sobre gustos o aficiones, cuando la programación te la hacen Netflix o Amazon, que ya anticipan lo que tienes que ver o comprar para seguir siendo de este mundo. Los datos personales se compran y se venden, aunque sean poco más que un número, un apunte contable o administrativo en las cuentas de Hacienda o de la compañía X, que podrá acosarte con llamadas telefónicas programadas, correos electrónicos, mensajes realizados por un software que no entiende de negativas o estados de ánimo, mucho menos de la hora de la siesta. ¿Quién se atreve hoy a apagar el móvil o el ordenador? Como algunos ministros sin cartera, vivimos en un estrés permanente, esperando esas noticias que nunca se producirán. Pero sí, hay otra vida posible, que no pasa por elegir entre la píldora roja o la azul. Mientras espero en el aeropuerto la salida de un avión que me llevará a cualquier parte, veo a una señora de unos sesenta años que viste un top como una de quince. Luce con elegancia arrugas y michelines, y la parte de su cuerpo que lleva más tapada es la cara, por el uso obligatorio de la mascarilla. La miro y pienso que viva el Tribunal Constitucional.

IDEAL (La Cerradura), 18/07/2021