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domingo, 2 de agosto de 2015

Museos

Cuando observo la pobreza de algunas iniciativas culturales, recuerdo las palabras de Alberti: “¿Tantas cosas han muerto, que no hay más que museos?” El último que yo he visitado se encuentra en Ugíjar, y lleva por nombre Centro de Patrimonio Cultural de la Alpujarra. Además de una sala de exposiciones, en la primera planta se explican con textos para escolares las actividades textiles, agrícolas y ganaderas de la comarca, y dispone para ilustrarlo de los utensilios y aperos de labranza que hay en cualquier casa de la zona, además de un telar y una destilería, cedidos por la familia Jiménez Tovar. Lo mejor del museo son los poemas manuscritos de Antonio Carvajal, Rafael Guillén, José Ladrón de Guevara o Enrique Morón, que contrastan con la vistosa placa que hay en la puerta y que recuerda la inauguración del Museo Provincial por el expresidente de la Diputación Sebastián Pérez. Para eso la Administración adquirió una de las casas históricas de Ugíjar, conocida como la Ciudad de las Torres, de la que lo único que se ha respetado es la planta, pues se ha sustituido por un edificio moderno y rupturista, entre otras cosas porque para levantarlo se ha destruido parte de la historia de la localidad. Pero esa es la manera que tienen las instituciones de fomentar la cultura, y esta semana hemos vuelto a comprobarlo con la inauguración del Centro Lorca, que no alberga el legado de Federico ni se le espera próximamente, entre otras cosas porque esas mismas instituciones han expulsado a la Fundación que gestiona su legado, tras la lamentable dirección de las obras por su secretario. ¿Se puede ser más inepto? Pues se puede. La programación cultural del llamado Centro Lorca no necesita para su realización de ningún centro, pues para la celebración de conciertos y exposiciones la ciudad cuenta ya con otros lugares que no llevan el nombre del poeta. Pero se ve que aquí sólo importan los nombres, ya sea el del poeta o el de los “responsables” públicos que ejecutan obras con un ombliguismo digno de estudio si no fuera porque lo satisfacen con el dinero público. Pero da igual, porque la responsabilidad patrimonial de la Administración no afecta a quienes la gestionan. Pues esto debería cambiar, ya que para algunos la eficiencia es sinónimo de despilfarro. Y deberían responder personalmente de esas facturas. Empezando por la de la comida en el Palacio de los Córdova con la que se ha celebrado la inauguración de un centro donde Federico García Lorca brilla por su ausencia.

IDEAL (La Cerradura), 2/08/2015

viernes, 4 de abril de 2014

Lecturas de la Alpujarra



La Alpujarra es un lugar especial donde el conde Jan Potocki imaginó un castillo mágico y subterráneo. Allí todavía habitan los Gomélez, los últimos moriscos. Pero también viajeros, románticos, apátridas, todos los que, todavía hoy, quieren vivir en un mundo aparte. Lo es este valle que se encuentra entre la vega y la costa de Granada. Fue lo que percibió Potocki al visitarlo en el año 1791 e, influido por ese viaje, escribió El manuscrito encontrado en Zaragoza (publicado en España por Pre-Textos y Acantilado), una obra impregnada aún por el costumbrismo del siglo XVIII, pero que ya anticipa el romanticismo. Escrita al modelo del Decamerón, esta novela relata los encuentros del viajero con dos hermanas musulmanas que terminarán revelándose como criaturas demoníacas, súcubos o entidades astrológicas ligadas a la constelación de Géminis. Y es que Potocki fue, entre muchas otras cosas, astrólogo, soldado, arqueólogo, etnólogo ilustre y consejero privado del Zar Alejandro Primero. Y en esta obra funde lo histórico con lo macabro, la picaresca con lo sobrenatural, el ocultismo con las matemáticas y la filosofía. Alphonso Van Worden, Emina y Zebedea, el gran jeque de los Gomélez, el bandido Zoto, el cabalista Uzeda o el endemoniado Pacheco son personajes que nos acompañarán durante años, pues, como dice el autor por boca de la duquesa de Medina Sidonia: “como la mente tiene necesidad de esparcimiento, yo lo buscaba en la lectura de esos libros agradables, pero peligrosos, conocidos con el nombre de novelas”.

También yo he tenido la sensación de entrar en un mundo fantástico cuando visito la Alpujarra, y si en mi adolescencia eran Bubión y Capileira mis destinos predilectos, ahora suelo ir a Ugíjar y a Laujar de Andarax, en la Alpujarra oriental, el último destino de Boabdil, otro viajero melancólico. Sobre ese destino seguimos escribiendo hoy. Lo hace Justo Navarro en El país perdido. La Alpujarra en la guerra morisca (Fundación José Manuel Lara). ¿Un ensayo? A veces uno cree estar leyendo una novela, que nos lleva en volandas por los barrancos de la Alpujarra, el escenario donde presenciamos la evolución de una guerra de guerrillas. Pero a Justo Navarro no le hace falta recurrir al género fantástico para contarnos nuestra historia y explicarnos unos acontecimientos que probablemente determinaron el futuro de Europa. Este libro es un viaje por la historia y por la geografía de la Alpujarra, un recorrido épico y a la vez sentimental hacia ese pasado que habita en nosotros. Los libros de Justo Navarro nos acercan a la realidad de nosotros mismos, y quizá tenga algo que ver el rigor de su lenguaje, pues las palabras parecen cinceladas, y las frases son tan precisas que nunca les sobra nada. Ordenándose en párrafos, es como si formasen una cara. Y por eso, al leer sus obras, uno tiene la sensación de asistir a una reordenación del mundo, que termina revelándose de un modo más claro y más puro, sin que eso signifique que no vivamos la venganza y la crueldad, la exclusión y el fanatismo, la ambición y la ceguera del ansia de riqueza y poder que siempre han asolado nuestra historia.

    En la Alpujarra sigue habitando la historia de España, y cruzar el Puerto de la Ragua supone hacer un viaje en el tiempo, recorrer lugares vividos por nuestros abuelos, recordar y volver a ser los que fuimos. Porque en el reino chico de Boabdil puedes escuchar las mismas conversaciones que hace cincuenta o sesenta años, sobre el tiempo, las matanzas y algún problema de lindes, ver al mismo agricultor subido en el burro con las alforjas llenas de pimientos y tomates, de pienso para dar a los animales, como los veía quizá Miguel de Rojas desde el balcón de esta misma casa.  Siempre me ha llamado la atención el poco apego que le tenemos a nuestro entorno, lo poco orgullosos que estamos de nuestra historia. Pero aquí no pasa el tiempo. En Ugíjar escucho las campanas de la iglesia –antigua mezquita-, que marcan las horas con la misma cadencia con que lo hacían cuatro siglos antes.

El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 4/03/2014