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sábado, 5 de diciembre de 2015

Selvas

La costa de Málaga es una jungla de urbanizaciones y centros comerciales que guarda sin embargo algún que otro paraíso. Entre el laberinto de salidas y rotondas uno puede perderse hasta encontrar una cala inhabitada, un restaurante exquisito, un comercio minúsculo y misterioso que combate con encanto y amabilidad las campañas de Navidad de los grandes almacenes. Pero es indudable que estas poblaciones, dado el poder adquisitivo de sus habitantes, pueden permitirse algunos lujos, y si en Marbella encuentras cualquier cadena comercial o marca que no siempre trabajan en las capitales andaluzas, en Estepona hay un zoo sorprendente, Selwo Aventura, que te ofrece la posibilidad de pasar una jornada familiar en plena naturaleza: una selva, por decirlo así, dentro de otra selva. El primer acierto del parque es la ubicación, en un amplio espacio que se adentra en el valle y la zona montañosa de la localidad, lo que permite reproducir el hábitat de los animales.
Y así, desde el llamado Pórtico de la Naturaleza hasta el Mirador de los Rinocerontes, uno puede caminar varios kilómetros acompañado de guepardos, caimanes, osos pandas rojos, primates, flamencos, hienas o lémures hasta el Cañón de las Aves, donde entre nutrias y linces y bajo la mirada atenta de miles de pájaros con ese sonido característico, bullicioso y atronador de flautas, campanillas y sirenas, uno tiene la impresión de encontrarse en un reducto concentrado del bosque mediterráneo. Contemplando esa mirada intensa de las rapaces o los monos, piensas en filósofos que tratan de penetrar lo absoluto y se preguntan, como tú, cómo es posible que, a pesar del avance del mar de cemento, todavía pueda producirse aquí el milagro de la naturaleza. Después entras en el valle que acoge el Poblado Central y la Reserva de los Lagos, donde viven leones, elefantes, hipopótamos y rinocerontes. Los niños pequeños que nos acompañan apenas creen lo que ven, alternando las exclamaciones con los gritos y los aplausos y, si a veces sienten un poco de miedo, pronto lo supera esa alegría inexplicable de sentirse al menos durante unas horas un poco bestia. Y salen a correr. Al rato, me doy cuenta de que me he quedado solo. Y aquí es donde el día se vuelve raro.
Me parece ver al animal soñado por Franz Kafka, con una gran cola de muchos metros, parecida a la de un zorro. El animal tiene algo de canguro, pero su cabeza es humana; sólo los dientes tienen fuerza expresiva. Y, sin embargo, las cuatro patas son cortas, con garras de color escarlata; el pelo, blanco y sedoso; las orejas caídas, como las de un sabueso. Quizá sea mitad perro, mitad hombre, mitad cordero. Ahora que me fijo, tiene los ojos huraños y chispeantes y la piel suave. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira para observar el efecto de sus palabras. Salta a mi alrededor y me da la impresión de que espera que yo haga algo. No sé, acaso sea por el cansancio del paseo, pero creo que el animal quiere amaestrarme. O quizá el animal sea yo. En “El libro de los seres imaginarios”, Jorge Luis Borges habla del Baldanders, una estatua de piedra que, al tocarla, toma las formas de un hombre, de un roble, de un puerco, de un salchichón, de un prado cubierto de tréboles, de una flor, de una rama, de una morera, de un tapiz de seda, de muchas otras cosas y seres. Y esa es la sensación tenemos al pasar de una selva a otra. Al salir del parque, volvemos a ser quienes éramos. Pero qué gran excursión.

El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 4/12/2015

sábado, 7 de noviembre de 2015

Pan y cielo

El progreso nos ha traído paisajes que difícilmente pueden explicarse desde el presente. Maravillas de la técnica que hoy nos parecerían atentados contra la naturaleza y que, sin embargo, fundidos ya con el entorno, nos ofrecen espectáculos sobrecogedores. El embarcadero comercial construido por la “Rio Tinto Company Limited” sobre el río Odiel –aunque conocido como el “Muelle del Tinto”- es un ejemplo de ello, pues, al adentrarse en la ría de Huelva, nos permite hacer un viaje en el tiempo y contemplar uno de los atardeceres más bellos que pueden verse en esta provincia. Construido entre 1874 y 1876 para transportar el cobre desde las minas a la ciudad, este puente de 1.165 metros supone uno de los hitos de la actividad de la empresa que transformó un pueblo pesquero en uno de los centros mundiales de la minería. Y es que la historia de la exportación del cobre puede entenderse como una tragedia, pero también como una parábola de la civilización y la lucha por la supervivencia del ser humano en un entorno hostil, casi marciano, como es el de las Minas de Riotinto.
Lo sabe bien Juan Cobos Wilkins, que en la novela “El corazón de la tierra (Plaza y Janés, 2001) convirtió las minas en un territorio mítico, y en cuya obra, desde la narrativa al ensayo o la poesía, siempre ha estado muy presente el paisaje y la historia de Huelva. Curiosamente, en la adaptación de esta novela al cine, realizada por Antonio Cuadri (2007), el “Muelle del Tinto” tiene un macabro protagonismo, pues desde él arrojan al río los cadáveres de los fallecidos en la revuelta de los mineros en 1888 (“el año de los tiros”) contra la “Rio Tinto Company Limited”, y dispersada por soldados del Regimiento de Pavía. Y es a Antonio Cuadri, cuyo abuelo fue alcalde de Trigueros, a quien Juan Cobos Wilkins dedica su última novela, “Pan y cielo” (La isla de Siltolá, 2015), donde a partir de una anécdota tan peculiar como representativa de lo que ha sido y es España –la afiliación de San Antonio Abad a la UGT en 1932 para poder ser sacado en procesión en esa localidad de Huelva-, construye un relato coral e inclasificable, tan divino como humano, de la sociedad en que vivimos.
Porque si San Sebastián y el propio San Antonio Abad se convierten en los narradores de la novela, el mismo Dios es un lector de excepción que asiste a las andanzas de personajes alegóricos y arquetípicos y, sin embargo, vivos, como María España, Cipriano Mandamiento, Palmira, Virginia o el alcalde Juan Colombini, que nos hablan de la sociedad de hoy, pues una de las ventajas de escribir desde el cielo es que en un momento puedes viajar desde 1932 hasta la actualidad y reflexionar con la perspectiva que nos dan los años sobre el sentido de esta –nuestra- historia: “Exacto, Sebastián. Es ahí donde quería llegar. Panes frente a balas. Deseaba que lo descubrieras por ti mismo. Contiene toda una lección de tolerancia, un notable ejemplo de respeto y comprensión. Y si hubiese cundido, acaso no le habría sobrevenido a este país el horror que le aguarda cuatro años después. Lluvia de panes frente al diluvio de balas”.
Y podríamos decir lo mismo de “Pan y cielo”, donde con un gran sentido del humor Cobos Wilkins mezcla el lenguaje culto y el popular para que se expresen unos personajes que son mitad Sancho Panza y mitad Quijote, en un relato que es también poético y surrealista. Y lo hace con una naturalidad pasmosa, porque el trabajo del escritor no se ve. En “Para qué la poesía” (Plaza y Janés, 2012), Juan Cobos Wilkins escribe: “Sobre el mantel azul, mira/ –te digo-/ el azúcar derramada parece la Vía Láctea”. Quizá encontremos en esta novela el pan y el cielo de nuestros días.

El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 6/11/2015

viernes, 2 de octubre de 2015

VerVersos

Dice Elena Laura (Granada, 1955) que adora las palabras, aunque contemplando sus cuadros podemos decir que también adora los silencios, y el color, y la música, y todo aquello que, del sentimiento a la experiencia, puede detenerse y expresarse en una imagen o contarse en una historia. De hecho, música, color y palabra constituyen los tres ejes en los que ha descansado su pintura hasta el momento, revelándonos un mundo tenso y sensible. Lo pienso viendo la exposición “VerVersos”, que acaba de inaugurar en un lugar tan apropiado como la Biblioteca de Andalucía de Granada, donde estará todo el mes de octubre.
Porque pintar –y escribir, lo que Elena hace con el mismo buen pulso- es saber mirar, y Elena pinta y reescribe acompañada de los poetas a los que lee. Y es que esta exposición puede leerse, y el espectador dejarse llevar por los textos, para pensar quizá, como Octavio Paz, que los pintores parten de la presencia y quieren llegar al signo, a codificar algo; y que los escritores parten del signo, de la codificación, para llegar a la presencia.
Así, pinceles y palabras dan vida en los cuadros de Elena Laura a poemas de Federico García Lorca, Javier Egea, Elena Martín Vivaldi, Luis García Montero, Antonio Carvajal, José Carlos Rosales, Andrés Neuman, Rafael Juárez, Álvaro Salvador, Pilar Mañas, Ángeles Mora, Alejandro Pedregosa, Gracia Morales, Luis Melgarejo, Miguel Ángel Arcas, Daniel Rodríguez Moya, Antonio Praena, Javier Benítez Láinez, Juan Carlos Friebe, Trinidad Gan, Javier Bozalongo y Rosario de Gorostegui.
La pintura de Elena Laura es contemplativa y algo melancólica, como ese hombre que, en versos de “Paseo de los tristes, de Javier Egea, camina por una ciudad-embudo en busca de la liberación, de una nueva calle que le aparte de “esta costumbre vieja de andar erguido y solo”. Pero es un estado de ánimo que nos ayuda a interpretar la realidad, y por eso, el poema que ha elegido de Luis García Montero empieza así: “Por septiembre se te llenan de sótanos los labios y es relativo el cielo después de haberte visto preguntarle a la vida”. El septiembre de la pintura de Elena Laura es un mes sabio, de trazo firme, donde los colores son menos alegres, pero tienen la misma fuerza, la que hay en las llamas de “Amarillo”, homenaje a Elena Martín Vivaldi, y donde no sabemos si son ramas o raíces las que arden, hacia el cielo o la tierra.  
Es la misma ambigüedad de esas manos que descansan sobre una barandilla antes o después del amor, pues a su lado hay un lecho vacío, y siendo la hora de la siesta, decir con Antonio Carvajal que “sólo para tus labios mi sangre está madura, con obsesión de estío preparada a tus besos”, nos suena tanto a invitación como a despedida. Aquí, el trazo del  pincel se mezcla con el trazo de la pluma: “Es lo que necesito para hablar. No el hecho: la inminencia. La palabra dibuja la meta sin el límite”, escribe Andrés Neuman.
Porque no hay certezas en estos cuadros, hay cenizas y hojas que caen, zapatos rojos que calzan locos y sabios en versos de Pilar Mañas, y que en su caída marcan sin embargo la entrada geométrica de otra puerta. Al fin y al cabo, Elena Laura sabe que “todo el futuro es una galerada” (José Carlos Rosales), y yo veo el suyo cargado de experiencias y la sabiduría que espero nos vuelva a transmitir.
Y se lo pido con sus propias palabras, del “Tamiz de las horas”, que acaso puedan resumir el sentido de su vida y de su obra: Pocas cosas me apasionan más que viajar. Pero cuando entro en el taller reconozco el paraíso”.

El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 2/10/2015

viernes, 4 de septiembre de 2015

Mediterráneo

Visto desde la propia carretera, el puente que cruza el río Guadalfeo, muy cerca de la localidad de Lobres, parece una obra futurista: un inmenso arco de 280 metros que conecta dos mundos entre sí (¿o no lo son Nerja y Motril?), o acaso sean dos tiempos, pues debajo todavía se ven los acueductos de piedra que aseguraban el suministro de agua. Cuando uno conduce sobre el asfalto no lo aprecia, pero para construir esa obra magna ha habido que dedicar muchos recursos y mucho esfuerzo, incluso vidas humanas. Como espectadores, nos fascinan los documentales donde se cuentan las múltiples teorías que explican la construcción de las pirámides de Egipto, por ejemplo, en las que trabajaron generaciones enteras, pero quizá también nos deslumbren las conversaciones con los ingenieros y arquitectos que han hecho posible que podamos viajar por la costa andaluza.
Muy cerca, el antiguo puente sobre el mismo río que todavía existe en Vélez de Benaudalla, de 112 metros, formó parte del catálogo de obras públicas que el Cuerpo Nacional de Ingenieros de Caminos llevó a la Exposición Universal de París en 1878. Aunque lo que allí son bóvedas de cañón de sillería, aquí son pilares de acero y hormigón, sobre los que se alza un arco de tablero inferior de 140 metros, situado en la mediana. Contemplándolo, pienso en las barcas solares de los faraones, que simbolizan el ciclo de la vida y la muerte mediante el ciclo solar a través del cielo, de oriente a occidente. 
Y es que si pensamos en los catorce años y los 1.180 millones de euros que se han invertido en la autovía A-7, para unir el litoral de las costas de Málaga, Almería y Granada, sin duda puede hablarse de una obra faraónica, que nos permitirá que, en poco más de media hora, podamos viajar desde la Punta de la Mona hasta El Ejido. Personalmente, es la parte del litoral andaluz que prefiero, desde Nerja a Almerimar, tal vez por razones sentimentales, pero también por cierto malditismo que este mes de septiembre tocará a su fin con la inauguración del último tramo de autovía entre Carchuna y Castell de Ferro. Así, de Cádiz a Barcelona, uno podrá recorrer completamente la Autovía del Mediterráneo, aunque hayamos tenido que esperar al año 2015, una cronología de película de ciencia ficción. Y sin ser faraones, realizaremos un viaje cósmico por las costas de España de sur a norte o de norte a sur.
Como escribía Juan Rulfo, el camino sube o baja según se va o se viene. “Para el que va, sube; para el que viene, baja”. Y, quince años después, puede que aún se produzca esta conversación:
- ¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
- Adra, señor.
- ¿Está seguro de que es ya Adra?
- Seguro, señor.
- ¿Y por qué se ve esto tan triste?
- Son los tiempos, señor.
Pero no estamos leyendo Pedro Páramo. Y nosotros iremos en coche. Ya tiene autovía el Mediterráneo.

El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 4/09/2015

sábado, 4 de julio de 2015

Ciudad Picasso

La pobreza cultural de la sociedad contemporánea se refleja en las iniciativas de algunas ciudades andaluzas, dispuestas a hacer buenas las palabras de Alberti: ¿Tantas cosas han muerto, que no hay más que museos? Lo piensa Rogelio López Cuenca (http://www.lopezcuenca.com/) que, muy al contrario, cree en una ciudad viva, en permanente construcción. Lo demuestran sus proyectos: Mapa de México, Mapa de Roma, Valparaíso, Ciudad Picasso, Historia de dos ciudades, Nerja Once, o los libros Efigies y Fantasmas, guía monumental de Huelva (Diputación de Huelva) realizado con Elo Vega, y Málaga 1936. Las obras de López Cuenca podemos encontrárnoslas en los espacios públicos de Nueva York, en la Galería Juana de Aizpuru, de Madrid, en la Fundación Joan Miró, en el Centro de Arte Contemporáneo de Sevilla o en el Centro de Arte Reina Sofía, pero él siente debilidad por mostrar también esas obras de arte que uno puede apreciar en mitad de la calle.
¿Se puede reinventar una ciudad sumando un Museo Picasso, un Museo Carmen Thyssen, un Centro Pompidou, una filial del Museo Estatal de Arte Ruso de San Petersburgo y un Centro de Arte Contemporáneo? En Ciudad Picasso, López Cuenca habla del “milagro” por el cual una ciudad periférica y en decadencia se transforma en un lapso de tiempo inusitadamente breve en una ciudad “global” y “cultural”, y se convierte en un destacado destino turístico: “Y todo a partir del aterrizaje de un museo que, a modo de nave nodriza procedente de otra civilización, se configura como el eje central de una extraordinaria metamorfosis urbanística, económica, cultural y social, dando lugar al nacimiento de un sentimiento de autocomplacencia y cohesión identitaria que sería el sueño de cualquier dirigente político”. Bajo esa perspectiva, el museo pertenece a la misma categoría que los hoteles o los restaurantes de lujo, incluso la misma ciudad funciona como una empresa, con su marca comercial: Picasso Málaga, o “Málaga, donde la cultura es capital”, lema con el que acudió a Fitur 2015.
Y es que construir una marca parece algo ineludible cuando las ciudades compiten por atraer el mayor número de turistas, única manera de valorar hoy día la cultura y el ocio. Como dice López Cuenca, “estos museos no tienen como objetivo satisfacer necesidad alguna de la ciudadanía, sino generar beneficio económico, extrayéndolo del flujo turístico”. Así, el museo habría renunciado a su finalidad educativa, convirtiéndose en una franquicia de marcas culturales que ofrecen a sus filiales aquellos fondos que no se exponen en la casa madre. El discurso artístico se revela como un discurso ideológico cuando conversamos con Rogelio López Cuenca, en cuyas obras se mezclan la fotografía, el cine, la pintura, la escultura y la literatura con una fuerza arrolladora y transformadora de la sociedad, opuesta a la concepción de la cultura como negocio.
Lo evidencian dos proyectos en proceso: El paraíso de los extraños, donde analiza la construcción de la imagen del mundo árabe-islámico en occidente, y Gitanos de papel, realizado con Elo Vega, donde mediante publicaciones, cursos, talleres y exposiciones, se aborda el rol de la comunidad gitana en el imaginario occidental, europeo y especialmente español y andaluz. Quizá el arte carezca de una definición, pero Rogelio López Cuenca es un artista comprometido consigo mismo, con su ciudad y con su tiempo. Ante sus obras, somos algo más que espectadores.

El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 3/07/2015

viernes, 5 de junio de 2015

La mirada de Miguel Urbano

El valor de la obra de arte está en lo que nos revela cada vez que la miramos, y las fotografías de Miguel Urbano son inagotables, aunque representen a la gente En Tránsito, un proyecto realizado íntegramente en la Estación de Autobuses de Málaga (www.miguelurbano.com), con  una cámara camuflada. Uno se queda hechizado cuando contempla esos retratos, y no puede evitar imaginar un carácter y una vida, aunque Miguel Urbano sólo haya captado un instante de esa vida, una expresión de esa cara que nos sobrecoge. La preocupación y la despreocupación, el asombro y la risa, la reflexión y el histrionismo, la tranquilidad y la alegría, todo está presente en un mundo que, siendo tan pequeño como un banco donde se sientan los pasajeros, abarca sin embargo un planeta sentimental. Málaga es una ciudad cosmopolita, pero la estación de autobuses es un microuniverso que Miguel Urbano nos revela fotograma a fotograma, con la maestría del que sabe que lo más concreto puede ser también inabarcable.
Cuando uno espera la vida se interrumpe, y hay cierta angustia en la expresión de esas personas que temen que no llegue el próximo autobús, que la vida no continúe. La gente parece hacer balance, pensar en su destino. ¿Somos lo que recordamos o a quien imaginamos? Las fotografías de Miguel Urbano reflejan la interioridad de esa duda, pero también la despreocupación de quien se dedica a observar la vida, normalmente personas mayores que encuentran ahí su mayor pasatiempo. Y la fotografía detiene el tiempo. El fotógrafo descubre lo que está oculto en lo más evidente, en las calles por donde paseamos cada día y que Miguel Urbano suele recorrer a la caza de un instante, desde la calle Victoria hasta Marqués de Larios.
“La ciudad, como metáfora de la vida, ofrece un sin fin de posibles elecciones, pero es el criterio del fotógrafo el encargado de elegir, de acotar. Y hay tantas posibles imágenes como miradas diferentes ante una misma escena”, explica Miguel Urbano sobre La ciudad revelada. “Ocurre como si de una revelación se tratara: caminas por una calle cualquiera y algo te llama poderosamente la atención; acaba de ocurrir una epifanía y es eso y no otra cosa el objeto de tu atención; te das cuenta de que lo que vas a fotografiar es una simple puerta o un maniquí o unos zapatos, pero es lo que te ha sido revelado en ese momento, y por eso estás ahí, porque sólo tú puedes hacer esa fotografía”.
Pero Miguel Urbano también se deja llevar. Y en las fotografías de Ad Libitum, su último proyecto, del que hemos podido ver una selección en la Escuela de Fotografía Apertura (calle Granada 49, Málaga), no hay ningún plan preconcebido, ni siquiera un hilo conductor, sólo lo que ha llamado la atención del fotógrafo, apostado en una esquina. Como Henri Cartier-Bresson, a quien admira, Miguel Urbano suele esconderse en los rincones de la ciudad, “esperando a que pase algo”, y así ha convertido el centro de Málaga y la mera casualidad en sus personajes, siendo la vida cotidiana y la ciudad los escenarios. Pero también hay algo hipnótico en los paisajes, y cuando sale del espacio urbano, el fotógrafo descubre otros mundos que están en éste, páramos que evocan desiertos extraterrestres, árboles como símbolos arcanos, edificios ruinosos y cielos nublados que hablan de una constante transformación.
En las fotografías de Miguel Urbano hay una música que acompaña al caminante, y es una delicia ver las piezas audiovisuales que ha realizado con algunas de sus exposiciones: Informe sobre lo cotidiano, Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, En tránsito, La ciudad revelada o Mírame, que disparo. Son fotografías que caminan.

El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 5/06/2015

sábado, 2 de mayo de 2015

La lección de anatomía

La geografía puede ser el cuerpo de una mujer, incluso la historia, la experiencia que queda grababa en arrugas y cicatrices como representaciones de la realidad, que son una forma de ideología. Lo cree Marta Sanz, que ha conseguido algo sorprendente con la novela autobiográfica o biografía novelada que es La lección de Anatomía (Anagrama, 2015): convertirse en un personaje de ficción para ser –paradójicamente- más verdadera. Porque después de leer La lección de anatomía uno no conoce a la Marta Sanz que figura como autora en la solapa, sino a la Marta Sanz que ha ido creciendo y tomando forma en nuestra imaginación mientras leíamos estas páginas. La Marta que hemos contemplado vestirse y desnudarse en un final conmovedor y memorable que nos hace ser conscientes de la conversación profunda e intensa que acabamos de tener con otro ser humano, que es en lo que consiste la literatura.
Tengo que confesar que a mí me ha dado un poco de miedo conocer a Marta Sanz, lo que se dice una persona de carácter –ni óptimo ni pésimo, pero carácter- y a veces, con bastante mala uva, algo sin duda necesario para enfrentarse a la vida y a la escritura. Ella lo aprendió en el colegio, donde tenía que mentir para sobrevivir, aunque no me extraña, teniendo en cuenta cómo eran sus compañeras y profesoras, que también dan algo de miedo. Todas las mujeres de La lección de anatomía son memorables, empezando por la madre de Marta, a quien dedica esta novela, la abuela Juana, las tías Pili y Maribel, Belén, Marisol, María, Elvira, Claudia, todas son personas de carne y hueso, el lector las ve, las oye e incluso las huele mientas está leyendo, y todas son un poco Marta Sanz, que se desdobla en ellas, las interioriza y las recrea. 
La lección de anatomía se divide en tres partes, que marcan el desarrollo de la Marta Sanz más verdadera: Vallar el jardín, que transcurre en Benidorm, en la etapa de la niñez y el colegio, donde Marta empieza a afilar el colmillo, como escribe Rafael Chirbes en el prólogo de este libro, y donde pierde o le roban la ingenuidad; Los gusanos de seda, que es un gran título para hablar de las transformaciones de la adolescencia y su etapa en la EGB, donde los lectores nos reconocemos en Inglaterra, Benidorm y Madrid; y, finalmente, Desnudo, que relata la juventud y la llegada a la madurez en Madrid, como profesora y escritora, y que personalmente es la que más me gusta, tal vez porque es donde las diferentes Martas se superponen, hasta volver a la Marta de la infancia, vista por ella misma –y ya por nosotros- años más tarde.
También la Marta Sanz escritora tiene muchas facetas, como narradora, poetisa, profesora, ensayista y crítica literaria. Y ese poso ideológico es perceptible en sus obras, donde se compromete con ella misma, que es como decir con el mundo, que reinterpreta y reordena para transformar la realidad. Porque Marta está convencida de que esto es  posible, y para eso basta con leer unas páginas de La lección de anatomía. Pero es que además, en esta novela hay una analogía entre lo biológico y lo histórico, y la historia de su protagonista es la historia de España. El cuerpo de la mujer es un texto donde queda impresa la experiencia, no un receptáculo maternal ni una carne deseable. Así lo entiende Marta Sanz, y creo que también yo lo entiendo ahora gracias a la lectura de La lección de anatomía. Cada palabra es un modo, más o menos honesto, de autorretratarse, escribe. Llevo mi honestidad hasta el impudor del desnudo. Y así hace un ejercicio de autoconciencia. Después de mostrarnos su máscara, nos desvela el mundo.

El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 1/05/2015

sábado, 4 de abril de 2015

Primavera de bárbaros



Lamentablemente, el fenómeno turístico más importante de Granada en los últimos años, tanto por asistencia de público –miles de personas en un solo día- como por repercusión en los medios nacionales e internacionales, es la Fiesta de la Primavera; o, lo que es lo mismo, la reunión de miles de jóvenes de toda España para emborracharse hasta perder la conciencia en el espacio público que el Ayuntamiento ha habilitado para ello, y de nombre tan embrutecedor como los ediles que padecemos: botellódromo. Probablemente, lo que cometa la administración municipal facilitando esta práctica es un delito contra la salud pública, aunque sea con la excusa de alejarla de las calles del centro. La diferencia es que las ordenanzas municipales pueden prohibir y multar a quien bebe y arma jaleo en la calle de manera particular, pero con el botellódromo se institucionaliza y fomenta esta celebración, cuya consecuencia más previsible es la progresión geométrica de los casos de alcoholismo entre los jóvenes.
Los medios de comunicación han destacado las fotografías de las caravanas de chavales cargados de botellas e incluso bidones de alcohol, pero lo que al principio puede dibujarte una sonrisa luego se transforma en la máscara de la enfermedad o la adicción. Sobre todo, cuando ante las preguntas del sorprendido periodista, algunos chavales contestan: “¡Pues qué vamos a hacer! ¡Emborracharnos! ¡Beber hasta la madrugada!” Teniendo en cuenta que la pregunta se les hace a las doce o a la una del mediodía, eso significa que el chaval en cuestión va a pasarse unas trece o catorce horas bebiendo, como los otros miles que le acompañan. Así, no es de extrañar que la jornada acabe no sólo con borracheras, sino también en comas etílicos, que deben atender los hospitales de la ciudad, que ya suelen tener de por sí muchas necesidades que atender y no todos los recursos necesarios para satisfacerlas.
Y sí, lo lamentable es que esta celebración la fomente el propio Ayuntamiento de Granada, al que como a cualquier otra Administración pública hay que exigir responsabilidad por los daños que causa. De hecho, la jurisprudencia considera que la responsabilidad de la administración es una responsabilidad objetiva si por el mal funcionamiento de los servicios públicos se produce un perjuicio a los ciudadanos. Y quizá podría aplicarse esa doctrina al uso torticero o irresponsable de los servicios públicos. Porque los daños que causa el botellón son sin duda valorables económicamente: horas de trabajo del personal de limpieza, del personal sanitario, de las fuerzas de seguridad, sin contar con los daños físicos y psíquicos que se causan a sí mismos miles de jóvenes. Pero también las horas de trabajo y de descanso de los vecinos de la zona y de todas las personas que deben pasar necesariamente con sus vehículos por ese lugar donde se hacina a la gente.
Y no se trata de un corral ni de una granja, como quizá piensen los creadores de esta genial idea, que apartan de sus casas a tantos borregos que causan ruidos, excrementos y malos olores, sino de un espacio público donde se propicia el suicidio moderado. Porque son costumbres que esos jóvenes llevarán consigo toda la vida, y más de uno se quedará en ellas. Según Ambrose Bierce, una celebración es una “festividad religiosa que se suele caracterizar por la glotonería y las borracheras, en la que con frecuencia se honra a alguna persona santa distinguida por haber sido abstemia”. Pero esta es una primavera de bárbaros.
El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 3/04/2015

viernes, 6 de marzo de 2015

Federico vive

Mientras se reanuda la búsqueda de los restos de Federico García Lorca, la compañía Teatro para un instante lleva el teatro por los pueblos de la provincia de  Granada, como hacía Federico con la Barraca. Y me parece mucho más interesante la iniciativa de la Diputación que la búsqueda de los restos del poeta, que efectivamente sigue viviendo gracias a los que leen, ven o representan sus obras. Cada cierto tiempo, aparece un nuevo libro sobre los últimos días de Federico y la posible ubicación de su tumba, pero fueron días luminosos los que le llevaron con su compañía por todos los pueblos de España. Si entonces la Barraca representaba El retablo de las maravillas, de Cervantes, o La vida es sueño y El gran teatro del mundo, de Calderón de la Barca, durante el mes de marzo la compañía Teatro para un instante llevará pasacalles, lecturas poéticas, talleres de marionetas y representaciones de las obras de García Lorca a Quéntar, Otívar, Algarinejo, Fornes y Marchal.
Federico vive es también el particular homenaje al poeta de Fuente Vaqueros realizado por Miguel Serrano, pues la obra está compuesta con textos, personajes y canciones que nos hablan de Lorca. Piano, viola, violín, clarinete, violonchelo y percusión acompañan a los actores, que interpretan a los personajes de la Tragicomedia de Don Cristóbal y la señá Rosita, Mariana Pineda, Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba, ese drama de mujeres en los pueblos de España, como lo definió el propio Federico García Lorca. Porque Bernarda Alba, como dice Poncia en la obra, es “tirana de todos los que la rodean. Capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara”. Sin duda es también un retrato terrible de España. Aunque, como pedía Bernarda, habría que exigir menos gritos y más obras.
Las teorías sobre el paradero de los restos de Federico García Lorca son variadas, pero suelen admitirse cuatro: uno, que sus restos están enterrados, junto con los de otros cientos de fusilados, en el barranco de Víznar, en la carretera entre Alfacar y Víznar, ya llegando hasta este último pueblo; dos, que los restos se encuentran en un paraje cercano a Fuente Grande, donde está el parque que lleva su nombre, en el barranquillo tras el olivo y el monolito que marcan el lugar donde lo asesinaron junto al maestro Dióscoro Galindo González y los banderilleros Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas; tres, que los militares, por miedo a la repercusión de su muerte, desenterraron sus restos y los echaron en una fosa común en el Caracolar, cien metros más allá en dirección a Víznar; cuatro, que el padre de Federico logró hacerse con el cadáver poco después del fusilamiento, previo pago de cien mil pesetas, y que lo enterró en la Huerta de San Vicente. Y hay una quinta: que al realizar las obras del parque los obreros removieron y tiraron los restos, lo que podría explicar el chasco que se van llevando todos los que realizan las excavaciones.
A veces los escritores nos parecen visionarios, capaces de explicar el mundo en que viven, pero también de anticipar el futuro, incluso su propia muerte. Lo piensa uno leyendo estos versos de García Lorca: “Yo vi dos dolorosas espigas de cera/ que enterraban un paisaje de volcanes/ y vi dos niños locos/ que empujaban llorando las pupilas de un asesino”. Pero Federico vive en las vidas de sus lectores.

El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 6/03/2015

sábado, 7 de febrero de 2015

La cultura de la mesa



La cultura española es una cultura gastronómica que nada tiene que ver con la cocina de autor, sino con los manteles de hule y las barras de cinc y de madera, con el olor rancio de los barriles de roble y de las chacinas colgadas de las vigas de la cocina, con la olla de San Antón que se come estos días en Granada o con la caldereta de marisco que sólo saben hacer en Punta Umbría. Los restaurantes son templos para el viajero, ansioso de repetir la ceremonia más íntima del culto al cuerpo, que siempre empieza por el paladar. Así, las rutas gastronómicas son también rutas sentimentales, y ya que los sentidos nos ayudan a curar el alma, una buena carta es también una receta para alcanzar el cielo. Es algo que sabemos en Andalucía, donde a falta de buenos políticos tenemos fantásticos cocineros.
Reconozco que cuando me acuerdo de un lugar, empiezo recordando algún restaurante, quizá porque las mejores conversaciones se producen en la sobremesa. En la Barbera, en Almerimar; en el Alambique, en Jaén; en el Puerta del Mar, en Nerja; en el Pesetas, en Salobreña; en la Taberna del Anteojo, en Cádiz; en la Peña y Pepe Aguado, en Ugíjar; en el restaurante Sol y Sombra, en Ronda; en la Taberna el Rinconcillo, en Sevilla; en la Taberna Salinas, en Córdoba; en La Bodega, en Huelva; o en el Torcuato, en pleno Albayzín. Cualquiera me vale en buena compañía. Y es que parece ser el único arte que todavía vive en Andalucía: el arte de la conversación y de la mesa. A los demás disfrutes del alma se les ponen estorbos, pero nadie discute las bondades de nuestros bares y restaurantes que, aliados con el clima, son el sostén de nuestra economía. En la cocina y en las barras, los restauradores aguantan los envites de las hordas de bárbaros, a los que aplacan con vino y seducen con buenas viandas. Y qué más se puede pedir. La desconfianza extingue la amistad, pero amistad y carácter se renuevan con delicias culinarias. Será que tenemos hambre de historias.
Manuel Vázquez Montalbán, que a través de Pepe Carvalho sabía aunar ambas cosas, decía: “Yo suelo plantear la cocina como una metáfora de la cultura. Comer significa matar y engullir a un ser que ha estado vivo, sea animal o planta. Si devoramos directamente al animal muerto o a la lechuga arrancada, se diría que somos unos salvajes. Ahora bien, si marinamos a la bestia para cocinarla posteriormente con la ayuda de hierbas aromáticas de Provenza y un vaso de vino rancio, entonces hemos realizado una exquisita operación cultural, igualmente fundamentada en la brutalidad y la muerte”. Y cómo se echa de menos a este periodista de verdad, que creció en el Raval de la posguerra y se alzó con su pluma sobre la miseria.
La cocina es una metáfora de la cultura, y es por eso que hoy día la comida desaparece del plato en los restaurantes de postín, capaces de reducir un solomillo de cerdo a un pedacito de carne, que más bien parece un bocado de aire, con un nombre pomposo, eso sí, del estilo “cerdo volador al aroma de tomillo”; y así nos quedamos con hambre. Pero, como los de Carvalho, la base de nuestros gustos la forma una materia esencial: el paladar de la memoria, que es la cocina popular, pobre, imaginativa y tan artística que llega a ser sustanciosa. Por eso, en estos días de frío, las abuelas vuelven a hacer potajes. Ellas, pasados los años, sostienen con sus guisos a las familias. Y esa es la cultura que nos interesa.
El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 6/02/2015