sábado, 4 de octubre de 2014

Otoño en Málaga



El viajero suele amar las ciudades de costa: abiertas, cosmopolitas, con una población itinerante de extranjeros que las hacen especialmente atractivas para el visitante ocasional que cree haber cruzado varias fronteras, aunque tan sólo haya recorrido unos kilómetros desde su propia casa. Y no me refiero a esos transatlánticos que propician  periódicas invasiones más o menos pacíficas, sino a turistas accidentales que, atraídos por los planes turísticos e inmobiliarios pero también por el boca a boca, terminan transformando costumbres y paisajes. Porque es algo más que el clima o la gastronomía lo que les atrae: se trata de la posibilidad de vivir de un modo diferente. Y eso podría explicar la transformación que han sufrido en los últimos años las poblaciones de la Costa del Sol y La Axarquía, pero también de la propia ciudad de Málaga, cuyo turismo se ha renovado al tiempo que la oferta gastronómica y cultural.
Según el momento del día y sin salir de la plaza de la Merced, uno puede visitar la casa natal de Pablo Picasso, tomar unas tapas para comer, cenar en un restaurante libanés o beber unas copas de madrugada. Pero todo el centro parece en estas fechas un hervidero de rebeldes que se niegan a que termine el verano, pues  hay procesiones entre la catedral y el Museo Thyssen, entre las tascas y las tiendas. Una diversidad que está presente en los nuevos negocios, donde no sólo se habla ya español, inglés y alemán, sino también japonés o árabe. Y aunque todavía uno reconoce a ese sabio camarero que sabe explicarte el punto exacto de las coquinas y el sabor del moscatel más apropiado, hay quien alaba la riqueza aromática del cuscús, y no es por ello menos sabio.
A veces las terrazas parecen una pasarela donde los turistas contemplan la vida, como quería Óscar Wilde, entre vasos de cerveza y botellas de vino blanco. Rubias y bronceadas, las cabezas miran a un mismo punto circular, que oscila al paso de los transeúntes, igualmente perezosos; como si estuvieran sentados a la puerta de sus casas, como si esperasen ver las mismas cosas y a la misma gente. ¿Es una actitud de asombro o de aburrimiento? Pero hay algo inquietante en la laxitud de esas mujeres y hombres que beben apurando las horas felices de bares y restaurantes, como si la vida pudiera ser siempre así, tan gozosa y apática. Quizá sea la tristeza de la tarde, que se va apagando con los últimos rayos de sol para que el público se levante por fin.
Acaso uno se invente las ciudades cuando escribe sobre ellas, pero es que los viajeros son personajes de ficción, extranjeros que van buscando un nuevo lugar para asentarse y que luego abandonan inmediatamente. Así podemos organizar los recuerdos ordenándolos en cuadrículas como en un mapa, y dibujar una sonrisa en la calle Larios, el olor de romeros y palmeras en el Paseo del Parque mezclado con el olor del mar, o el sabor de un vino más viejo en una de las tabernas del barrio de la Malagueta. Yo  mismo me veo como un extraño almorzando en el restaurante El Refectorium, en la calle Postigo de los Abades, a la espalda del Hotel Málaga Palacio y frente a la misma Catedral. Y donde efectivamente comí como un cura, gracias a la excelente carta de pescados y vinos. Aunque aquí lo que se alimenta es el espíritu. Viajar es quererse un poco más, pero hay ciudades que se dejan querer más que otras. El otoño ha traído a Málaga la lluvia y una alegría más reposada y melancólica.
El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 3/10/2014

lunes, 29 de septiembre de 2014

Lealtad institucional



La verdad es que no entiendo cómo un ayuntamiento puede “perder la paciencia” con la Junta de Andalucía y proceder al embargo de algunos de sus bienes por no haber pagado sus deudas tributarias. En todo caso, la perderán –qué gran virtud la de la paciencia- las personas que representan a esa Administración pública, empezando por el alcalde y después por el concejal de Economía. El procedimiento de recaudación previsto en la Ley General Tributaria es una expresión de la potestad que ejerce la Administración en la relación con los ciudadanos, obligados a contribuir al sostenimiento de los gastos públicos según el mandato constitucional, pero –a mi juicio- no debe convertirse en un arma arrojadiza más entre las instituciones, cuya relación debe estar presidida por la lealtad institucional, que predica también la Constitución española y otras normas, desde la Ley Orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas hasta la Ley Reguladora de las Haciendas Locales que, entre otras cosas, establece el sistema tributario de los ayuntamientos. Obviamente, tampoco responde a la lealtad institucional el retraso continuado en el pago de los tributos municipales, lo cual causará sin duda problemas de tesorería al Ayuntamiento de Granada, pero lo mínimo que podemos pedirles a los responsables públicos es que se pongan de acuerdo en cuestiones básicas para los ciudadanos, pues deben estar por encima de los intereses de partido y de las expectativas electorales, que deberían ser pocas visto lo visto. ¿De verdad se creen que con estos comportamientos alguien con un mediano sentido común va a depositar en ellos su confianza? Pero lo mismo podríamos decir de los funcionarios, que deben ejercer su trabajo con responsabilidad y diligencia en la Administración pública, independientemente de quién la gobierne. Porque, ¿le va a estar agradecida la Delegada de Gobierno de la Junta de Andalucía al funcionario que se negó a aceptar el escrito de otro ciudadano al que, por ser funcionario del Ayuntamiento, le espetó eso de “coge un coche y vete a presentarlo a Sevilla”? Si es así, tanto la Delegada como el funcionario deberían dedicarse a otra cosa, ya sea en Sevilla o en Granada. Y no sé yo si ese comportamiento puede considerarse como una “obstrucción al procedimiento administrativo de embargo”. Personalmente, ese comportamiento me parece una gilipollez mayúscula, como el mismo procedimiento de embargo promovido por el Ayuntamiento de Granada contra los bienes de la Junta de Andalucía. Qué más quieren que les diga. La conclusión de este artículo también me parece obvia.

IDEAL (La Cerradura), 28/09/2014

domingo, 21 de septiembre de 2014

Aullidos



Todas las mañanas, al despertarme, escucho un aullido macabro, no sé si animal o humano, pues mi edificio parece sufrir la maldición del perro de los Baskerville. Porque podría ser un perro, sí, pero también podría tratarse de mi vecina, que tiene la costumbre  de compartir con el vecindario los momentos más íntimos de su vida. Menos mal que va cambiando el tiempo y la gente empieza a cerrar las ventanas, con lo que podemos ahorrarnos la convivencia en estéreo. Uno nunca sabe qué es peor, que te quieran o te odien, pues aunque hay amores que matan, también hay quien muere por falta de amor. El amor es como la independencia: a veces te consuela el sí; otra veces, preferirías que no. Personalmente, prefiero que Escocia se quede en Gran Bretaña –aunque no se iba a mover del sitio, la verdad, e iba a hacer el mismo frío-, más que nada para viajar con mayor tranquilidad, sin fronteras ni aduanas, y porque hay una antigua taberna al lado de la Universidad de Edimburgo donde me siento como en mi propia casa. Lo mismo me ocurre con Cataluña y concretamente en Barcelona, donde me gusta ir a una residencia donde el director le da a las tortugas que tiene en el jardín las sobras del desayuno. “Son carnívoras”, me dijo una vez, y efectivamente vi cómo los galápagos se trasegaban la panceta. Así se sienten también algunos catalanes, aunque se hinchen de fuet y pan tumaca, que sólo hay que ver cómo se las gastan algunos. Ni que fueran amigos de mi vecina, oye, tanto gritar y tanto gritar. Yo creo que, para ser independiente, primero hay que ser silencioso, y por eso se nota tanto la dependencia de quien vive del aplauso ajeno, ya sea en el arte o en la política. Así, Pedro Sánchez recorre los platós de televisión, porque le han dicho sus asesores que si no sale en los medios no existe, y que debe seguir el ejemplo de Pablo Iglesias. Hay que hacerse una marca, hombre, aunque para eso tengas que llamar a Sálvame. Menuda metáfora. ¿Y quién va a salvarnos de nosotros mismos? Aquí en España somos capaces de hacer lo que no se atreven ni a plantearse en la mayoría de los países del mundo, y no hace ni cien años que ya demostramos cómo cambiamos de impresiones los íberos. Pero cómo nos gusta repetirnos, en Edimburgo, Barcelona o Granada. Los “yoes” no nos caben en el pecho. Cerremos las ventanas.
IDEAL (La Cerradura), 21/09/2014