Mostrando entradas con la etiqueta Covid-19. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Covid-19. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de marzo de 2023

Amnesia

Olvidada la pandemia, volvemos a las andadas. Ya no llevamos mascarillas ni aplaudimos a los sanitarios y, según la comunidad autónoma, nos dedicamos a desmontar la sanidad pública, que valorábamos tanto y ahora volvemos a despreciar. Ya no tenemos propósitos de enmienda, y parece haberse apropiado de la sociedad un indolente carpe diem que no mira al futuro, sino que se aferra al instante. Pero es un momento insustancial, de una euforia vacía a nivel político, con mascaradas en forma de moción de censura, una ópera bufa planeada para las elecciones locales y autonómicas. Sólo si nos vemos al borde de la muerte somos capaces de arrimar el hombro y remar para el mismo sitio. Pero si el peligro desaparece nos preocupamos sólo de lo nuestro. Tenemos maestros entre los corruptos, ese mal endémico no de la política española, sino de los políticos con conciencia de clase, que son aquellos que acceden a la política no por vocación de servicio público, sino para medrar y enriquecerse. ¿Cuántos personajes como Antonio Navarro Tacoronte o Juan Bernardo Fuentes habrá en el Parlamento? ¿Cuántos considerarán la política como un medio para conseguir contratos públicos y ayudas europeas? Lo peor es el retrato de crápulas y puteros de la historia más negra de España. La trama de corrupción tiene como protagonistas a un diputado nacional, al director general de un gobierno autonómico y a un general de la Guardia Civil, dicen los investigadores del caso “Mediador”, como si dieran el reparto de una novela de Manuel Vázquez Montalbán. Por no hablar de los empresarios que mendigaban sus favores. Migajas y detritus de la política española. El verdadero dinero está en otra parte, en Países Bajos, adonde se va Ferrovial, aunque haya obtenido 9.000 millones de euros desde el año 1991 por adjudicaciones de obras públicas del Ministerio de Fomento. Una multinacional que en la última década sólo ha contribuido por el Impuesto sobre Sociedades en tres años: 2014, 2018 y 2019; los demás ha declarado pérdidas. ¿Se podrían dar en el Congreso de los Diputados seminarios sobre ingeniería financiera? Serían útiles para que sus señorías aprendiesen a legislar para evitar la elusión fiscal y para que, puestos a corromperse, lo hagan con cierta elegancia, enardeciendo a la junta de accionistas. Sin embargo, los que trabajan ahora son los mismos que trabajaban durante la pandemia: los sanitarios y otros profesionales tan denostados que mantuvieron las cadenas de suministros. La sociedad se sobrepone a los virus y a la corrupción. Aunque sólo sea olvidando.

IDEAL (La Cerradura), 5/03/2023

lunes, 16 de enero de 2023

Kraken

Cuando oigo hablar del Kraken me acuerdo de Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa frente al monstruo para salvar a Andrómeda y no de ese virus minúsculo que vuelve a asustar a la gente, que recurre de nuevo a la mascarilla. Una especie de amuleto contra el mal de ojo, en vista de cómo la utilizan. “Ese no lleva una mascarilla, sino una venganza”, oigo decir a un hombre en el autobús, y supongo que se refiere a un chaval al que parece caérsele la tela de la cara a pedazos, como si usase el mismo artefacto desde hace dos o tres años, no sé cuántos van ya. Y efectivamente hay quien cree que la peste es una venganza divina, un castigo para la humanidad que debe desaparecer antes de que lo haga el planeta. Son personas que piensan que van a vivir para siempre, incluso después de la desaparición de la especie humana, pues imaginan este fragmento terrestre como un ente vivo que respirará aliviado después de la extinción. No han leído a Schopenhauer, pero han visto Avatar, y probablemente crean también que son azules y tienen ojos de gato. Los expertos, esos nuevos gurús que la población venera aunque les resulten más mágicos que científicos, valoran tomar medidas preventivas para evitar los contagios, y hay quien ve en Juanma Moreno un nuevo Perseo, que hará una Andalucía más sana y habitable, libre de calamares gigantes o microscópicos. ¿Quién será la Medusa? ¿A quién habrá que cortar la cabeza para vencer al Kraken? Si hablásemos en clave estatal, no me cabe la menor duda de la testa que rebanaría Pedro Sánchez para ir más tranquilo a las próximas elecciones generales como el único líder de la izquierda. E incluso acabaría con algún Meduso para ser el único líder a secas. Pero no vivimos en una época mítica, sino en una nueva Edad Media donde lo importante no son las personas, sino la humanidad, no los individuos sino la especie, no las especies sino el género, no los géneros sino Dios, parafraseando a Borges. Sin embargo, las palabras se transforman con el paso del tiempo, y hoy nuestros dioses son futbolistas o cantantes o actrices o dueños de redes sociales y, como todos los demás, se preocupan y rezan un rosario de síntomas: fatiga, tos, dolor de cabeza, fiebre, congestión y secreción nasal, dolores musculares, ahogo o pérdida de olfato y gusto. “El Kraken”, exclaman aterrorizados. Y las personas, como si recurriesen a la Medusa, se convierten en máscaras.

IDEAL (La Cerradura), 15/01/2023

lunes, 17 de enero de 2022

Suicidas

La principal causa de muerte en España no es el coronavirus, sino el suicidio. Dentro de España, Andalucía es la comunidad autónoma donde más personas se quitan la vida y, lamentablemente, son los jóvenes los que encabezan esta funesta estadística. Quizá tenga que ver con el ruido mediático, pero también con la crisis económica, el desempleo y la falta de oportunidades y expectativas para el desarrollo personal y social. Llama la atención que mientras la mitad de los jóvenes del mundo quieren emigrar a Europa, en países europeos como España algunos decidan quitarse de en medio. Pocas cosas pueden ser más deprimentes. Tenemos algoritmos que detectan en milésimas de segundo los gustos y el nivel adquisitivo de los consumidores, pero se ve que como sociedad no logramos ofrecer a muchas personas motivos para vivir. Y no es que suicidarse sea esencialmente malo. En la antigua Roma y en el Japón contemporáneo podía ser el resultado de una decisión digna y meditada, ya sea por razones físicas o éticas, como lo es hoy la eutanasia por motivos humanitarios y médicos. Pero en un país en el que nuestros políticos ni siquiera se molestan en dimitir después de las gestiones o actuaciones más vergonzosas (no les exigimos el harakiri, no, sino que dejen las instituciones y coticen a la Seguridad Social; y si ya lo han hecho antes de ser políticos, mejor), resulta doloroso que una persona joven decida quitarse la vida. Ante este hecho, periodistas y analistas ponen el foco en las enfermedades mentales, lo que es un recurso fácil en el caos reinante. Los filtros informativos parecen haber desaparecido, y si el recuento estadístico y diario de víctimas de la pandemia se hace insoportable, también es pandémica la proliferación de expertos sobre todas las plagas de Egipto, virólogos, vulcanólogos, climatólogos, psicólogos, “coaches” e incluso espiritistas, porque cuando hay alguna desgracia de algún tipo los medios de comunicación ya no hablan de otra cosa. ¿Sensacionalismo? ¿Pereza? Por eso hay cada vez más gente que renuncia a desinformarse, que es lo contrario a informarse. En el acto de comunicar hay alguien que da y otro que recibe, de ahí la exigencia de que la información sea veraz y cargada de contenido. Debemos dar a nuestros jóvenes las herramientas para estar en armonía consigo mismos y con el mundo. Un logro para toda una generación política sería un pacto nacional por la educación, que actualmente no pasa de ser un arma arrojadiza. Una educación no evaluadora, sino integradora. Es nuestra sociedad la que se suicida.

IDEAL (La Cerradura), 16/01/2022

lunes, 10 de enero de 2022

Teoría del pedo

Si tiene usted dudas sobre si ha pasado el coronavirus, hay un método de diagnóstico barato y fiable: ¿Puede oler los pedos de la gente? No los suyos, que hay hasta quien los aprecia, sino los de los pasajeros con los que viaja, por ejemplo, en un coche. ¡Menudo cerdo! Sí, díganselo a mi cuñado, autor de la nueva teoría científica, sobre la que me ilustró en la pasada cena de Nochevieja. Y él no estaba pedo, no. La había corroborado con varios colegas, todos profesores de secundaria. Por eso están dispuestos a retomar las clases con alegría mañana lunes. ¡Son inmunes a todo! En fin, si para el caso, la situación actual, si hablamos de iniciativa política, es una tomadura de pelo, o tal vez de olfato. Con la sanidad saturada, los ciudadanos son sus propios médicos, con o sin mascarilla. ¿Trabajo o no trabajo? ¿Viajo o no viajo? ¿Veo o no veo a los amigos? ¿Salgo de mi cuarto? Las familias hikikomoris (encerradas a cal y canto, tan sólo se comunican a través de las pantallas) van sustituyendo sin que nos demos cuenta a las familias tradicionales, contagiadas de espanto. Los que se mueven lo hacen sobre un mundo tan inestable que ya no confían en su olfato. No sabemos cómo huelen las cosas, si han madurado o se han podrido o es que nos vamos pudriendo nosotros sin darnos cuenta, saturados de virus. ¿Olían así las manzanas o son las manzanas ya digeridas y medio expulsadas en forma de ventosidades por tu cuñado? Sólo los políticos están acostumbrados a vivir en estas arenas movedizas de informaciones contradictorias, improperios y flatulencias. Sólo ellos tienen razón con sus juicios inequívocos sobre los vivos y los muertos, como el acalde Almeida. Hay personas con una cabeza tan cuadrada que juzgan a la gente por su ideología, aunque ésta sea la cosa más cambiante, la piedra filosofal que aún buscan asesores retirados y líderes proféticos que se han cortado la coleta. Porque la cuestión del olor político es uno de los grandes misterios filosóficos. Imagínense a Pedro Sánchez, Pablo Casado, Yolanda Díaz y Santiago Abascal en un coche. Si en el Congreso, el presidente del Gobierno le preguntó al líder de Vox si se había vacunado y éste le contestó que lo veía muy delgado, imagínense lo que podría contestarle después de acusarle de tirarse un pedo. ¡Usted no se ha contagiado! ¡Ni siquiera tiene ya olfato político! Hasta este nivel de enfermedad infectocontagiosapolítica hemos llegado. Quizá tenga razón mi cuñado.

IDEAL (La Cerradura), 9/01/2022

lunes, 20 de diciembre de 2021

Navideños

Con la Navidad puede ocurrir como con la política: pasas por una fase de negación (“¡alcalde satánico!”), otra de ira (“¡eres un desequilibrado!”), negociación (“venga, vamos a aprobar los presupuestos, aunque no nos salgan las cuentas)”, depresión (“¿otra vez voy a hablar de Cataluña con mi cuñado?”) y, por último, de aceptación (“es una vez al año, hombre, el partido es tu única familia”). Luego, uno se da un paseo por la ciudad y, cruces invertidas aparte, se da cuenta de que para no sucumbir a las tentaciones de las fiestas y los regalos tendría que apagar todos los aparatos electrónicos y autodecretarse un confinamiento voluntario, aunque los precios hayan subido un 47%. Porque en estas fechas van a convivir los contagiados por la covid-19 y por el espíritu navideño. ¿Quién ganará la batalla para ocupar las mesas de los restaurantes y de las casas familiares? Se ve que vivimos en una sociedad que no acepta situarse en un punto medio, y ni las autoridades quieren hablar de restricciones, a pesar de que vuelva a elevarse el número de contagios y la tasa de incidencia se multiplique por siete en los últimos treinta días en ciudades como Granada. “¿Qué coño tiene que pasar…?”, diría Pablo Casado en el Congreso (ése es el nivel de los políticos españoles en este momento, como ha afirmado José María Aznar). Olvidado ya el consenso de la Transición, hemos perdido también la alegría inconsciente de los años ochenta. Ahora, o vivimos eternamente o nos morimos de golpe, que no “del golpe”. Porque, probablemente, Tejero moriría hoy por el pico de Twitter antes de llegar al Congreso para levantar la pistola y utilizar las mismas expresiones que el señor Casado. Y quizá sea lo que le ocurra a Vox, salvo que no se cumplan los vaticinios de Pablo Iglesias (hoy profeta) y el PP necesite sus votos en una nueva legislatura. ¿Le harán los mismos reproches que al Gobierno de Pedro Sánchez? ¿Pactar con la extrema derecha no implica cruzar líneas rojas? En Andalucía se ha hecho y, fuera de los símbolos y acaso los ritos diabólicos en la plaza del Carmen, no ha pasado nada. Entre la negación y la aceptación, España se va disolviendo en insultos y exabruptos, para jolgorio general. Eso no sucederá por el momento con la Navidad. A la gente le nace de dentro, hasta a la que le cuesta celebrarla. Es una cuestión de educación. ¿Educa qué? Quizá habría que hacer unos cuantos cursillos navideños en el Congreso.

IDEAL (La Cerradura), 19/12/2021

martes, 7 de diciembre de 2021

Mitos

En una época de incertidumbre como la que vivimos, corremos el riesgo de que todo se sobredimensione y, al mismo tiempo, no les demos importancia a otras cosas que resultan empequeñecidas por las cifras y las amenazas que hoy llevan el nombre de las letras del alfabeto griego: alfa, beta, gamma, delta, ómicron. Son las variantes más peligrosas, del SARS-CoV-2, nos dicen los científicos, pero hay otras: épsilon, zeta, eta, iota, kappa, lambda… Nos hemos convertido en Odiseo luchando contra las maldiciones de los dioses del Olimpo. O en el mito de una tragedia autodestructiva. Porque lo que tienen en común las últimas variantes de la Covid-19 es que surgieron en países con un alto número de contagios y una baja tasa de vacunación: India (la variante delta) y Suráfrica (ómicron); países que propusieron a la Organización Mundial del Comercio (OMC) la exención temporal de las patentes que protegen la propiedad intelectual e industrial de las vacunas para que éstas llegaran a todo el mundo. Una propuesta que contó con el apoyo de Estados Unidos, pero no de la Unión Europea, donde Alemania y otros países tienen intereses económicos en la comercialización de las vacunas, los mismos países que, curiosamente, se están viendo obligados a tomar medidas más restrictivas por la propagación de estas dos últimas variantes. A esto lleva la insolidaridad. Porque, para mutar, el virus sólo necesita un cuerpo humano con un sistema inmunitario débil, y le da igual si el ser humano en cuestión es rico o pobre. Los países ricos, que son los que tienen una mayor tasa de vacunación, apenas representan el 15% de la población mundial. ¿Pueden defenderse de todas las variantes del virus que penetrarán por sus fronteras? No deberían existir patentes sobre las vacunas, que aunque sean elaboradas por empresas privadas han sido subvencionadas con dinero público. Como mucho, podría compensarse económicamente a las compañías, poniéndole un precio al bien común. Pero las cuestiones de salud pública y derechos humanos no deberían estar en manos privadas. La humanidad debe encaminarse a un poder político mundial que no dependa de las decisiones de los grandes grupos empresariales, algo de lo que la UE se ha convertido en paradigma, a pesar de todas sus cosas buenas. El alfabeto griego y el mito de Europa deben servir para algo más que ponerle nombre a nuestros miedos. A ver si va a resultar que, después de todo, a la diosa no la rapte Zeus, sino un nuevo virus mutado por la avaricia del capital financiero.

IDEAL (La Cerradura), 5/12/2021

lunes, 22 de noviembre de 2021

Medievales

En España, seis de cada diez personas ingresadas en UCI por coronavirus están sin vacunar, pero en las calles hay un runrún sobre la celebración de las Navidades y la incidencia de la pandemia, abandonado demasiado pronto el sueño de la nueva normalidad (para qué hablarías, Pedro). La gente no se atreve a comprar, a poner la calefacción, a hacer planes a medio o largo plazo. Ve la mosca detrás de las orejas alemanas, francesas, italianas o inglesas, y ya vuelve a pensar en colgar el traje de fiesta, aunque el traje más probable que deberemos llevar este invierno es el de estar vacunados contra la covid-19. Yo, cuando miro el mar, no soy capaz de distinguir si se trata de olas de tormenta o de una pequeña brisa, como algunos expertos, sino que suelo abstraerme en la superficie del agua como en la arena, hasta que se pierde la vista. Entre la playa y el mar debe existir alguna verdad, pero yo sólo sé si el viento viene de poniente o de levante. Con el 90% de la población vacunada, nuestro país ha hecho los deberes, frente al 68% de países como Alemania, o Bélgica, Francia e Italia, que están por debajo del 75%. Sin embargo, incompresiblemente, en España hay más de cuatro millones y medio de personas que aún no se han vacunado, y las comunidades autónomas quieren impedirles que participen en las comidas de Navidad o que entren en los locales de ocio. ¿Quién teme al coronavirus? En nuestras sociedades abundan los suicidas, pero el problema es cuando se pone en riesgo la vida de los demás. Frente a los peligros de lo invisible, y en el siglo XXI, mejor redimirse con la ciencia que empeñarse en vivir en la Edad Media, a pesar de políticos como Pablo Casado, que cuando ve reunirse a unas cuantas mujeres progresistas habla de aquelarres. ¡Vade retro! ¿Se subirá el presidente del PP en una escoba? ¿Se convertirá en un macho cabrío?  Si algo ha demostrado esta crisis sanitaria es que las Administraciones deben ser las garantes de la prestación de los servicios públicos esenciales. Si los Estados no pueden crear las vacunas, al menos deben garantizar que se vacune toda la población. Para eso necesitamos científicos y buenos administradores, no a retrógrados que confundan la política con la brujería. Hay que invertir en sanidad y educación, incluso en educación política. A la población no la salvará ningún milagro, fuera de una atención médica y eficaz y un comportamiento responsable.

IDEAL (La Cerradura), 21/11/2021

lunes, 25 de octubre de 2021

Enmascarados

Al parecer, la mascarilla se ha convertido en un símbolo, y el Gobierno quiere que la sigamos llevando (como hace el presidente Pedro Sánchez para aprobar los presupuestos, dirán algunos, para pactar con Otegui, por ejemplo, que siempre se ha escondido tras la misma máscara siniestra), aunque la realidad es que ya podemos quitárnosla en bares y discotecas. La ministra de Sanidad ha dicho que la mascarilla ha llegado para quedarse, y que nos la continuaremos poniendo mientras sigan presentes “los virus de la gripe y otros”, es decir, los que han existido siempre, más los nuevos que vayan naciendo y los que se van metamorfoseando, con ayuda humana o no. La ministra quiere que nos volvamos japoneses, algo que a mí, personalmente, no me importaría, aunque no sé lo que pensará al respecto Santiago Abascal, de cuya voluntad, según dicen los sondeos, dependerá el color del próximo gobierno. ¿Adelantará las elecciones Pedro Sánchez como le aconseja su ex Iván Redondo? ¿Aprovechará que aún llevamos la mascarilla? Por lo que observo, mucha gente pasa ya de la careta olímpicamente, porque resulta absurdo que puedan quitársela para comer con diez personas en un local cerrado (todos los restaurantes están llenos, la nueva normalidad es una fiesta permanente) y luego tengan que ponérsela para salir a fumar, aunque cada vez se pueda fumar menos. Canarias ha prohibido que se fume en terrazas o cuando se va andando por la calle si no se cumple la distancia de seguridad, pues ya deben tener bastante humo con el volcán. Si aplicáramos los mismos criterios en Granada no podría fumar nadie, pues con los niveles de contaminación existentes varias generaciones tienen asegurado el cáncer de pulmón. Pero no por eso prescindimos del coche. Los atascos en la circunvalación son dignos de estudio. Una ciudad pequeña que vive con un nivel de estrés comparable al de cualquier capital con varios millones de habitantes, hablando sólo de la población, claro, no de nuestros políticos, cuya única preocupación es el juego de las sillas musicales (el reguetón ha llegado también a los congresos de los partidos). Para la contaminación y la política sí hace falta llevar una mascarilla, incluso para la contaminación política. Pero no para la covid-19, si tenemos puesta la vacuna. ¿O es que no sirve siempre la vacuna? ¿Nos hace falta una tercera dosis? ¿Tendremos que vacunarnos todos los años? Con esto de los virus, siempre hay una incertidumbre en el ambiente. Vivimos sobre fallas sísmicas y sobre fallas víricas. Y el miedo es un ser enmascarado.

IDEAL (La Cerradura), 24/10/2021

miércoles, 23 de junio de 2021

Caras

Nuestros políticos están empeñados en que nos quitemos ya la mascarilla para recuperar la normalidad, aunque no lo tengan tan claro los científicos. ¿Qué hubiera pasado si la pandemia se hubiese gestionado con criterios exclusivamente médicos y no políticos? Con la llegada del verano quieren que recuperemos la alegría, nos veamos las caras, nos volvamos a saludar. Adiós a los complejos de agente secreto, a la malafollá tapada, al chascarrillo silencioso. Nuestros políticos, sin embargo, no se quitarán la máscara, y seguirán jugando a estar y no estar con el rostro pálido descubierto. La vacuna nos da la confianza que teníamos antes del desastre, y cada vez se ve a más gente que parece haberse olvidado de utilizar el gel hidroalcohólico, de mantener la distancia de seguridad, de taparse la nariz y la boca. Sin embargo, estas prevenciones no nos librarán de la politicomanía, una obsesión tóxica que lo mismo ataca al Gobierno de la nación, a una autonomía que a un ayuntamiento. Y el caso es que quienes la profesan no suelen hablar de amor al cargo, sino de amor a España, al país o la ciudad, aunque cuando entren en el edificio público correspondiente sólo vean una efigie de sí mismos; sin mascarilla, claro está. Los zombis políticos son una injuria a los muertos del coronavirus, que siguen contabilizándose en nuestro país, aunque prefiramos mirar ya para otra parte. Es comprensible. De hecho, la pandemia ha causado en España la mayor crisis demográfica desde la Guerra Civil, otro tema con el que los políticos no se quitan la máscara, sino que parecen querer revivir de la manera más demagógica. Nunca han muerto tantas personas en un solo año desde que existen registros del Instituto Nacional de Estadística (INE), según informaba esta semana el periodista Emilio Sánchez Hidalgo en El País; y tampoco han nacido menos niños: hubo 153.167 más fallecidos que alumbramientos. Pero los supervivientes estamos más sanos y vivos que nunca, pues nos corren por las venas nuevas moléculas inteligentes que reprogramarán nuestro ADN y nos convertirán en microchips andantes. Eso dicen al menos algunos antivacunas, que quizá prefieran engrosar siniestras estadísticas. ¿Un chip andante? Desde hace tiempo tenemos entre nosotros robots políticos que repiten las mismas frases una y otra vez. La que más cansa oír es la simplona “partido a partido”, de Diego Simeone, entrenador del Atlético de Madrid, que este año ha ganado la liga de puro aburrimiento. Pero en la política no son estos partidos ni estos autómatas los que nos interesan.

IDEAL (La Cerradura), 20/06/2021

lunes, 19 de abril de 2021

Vacunas

La información sobre las vacunas tiene a la gente en ascuas. ¿Cuándo me tocará? Y si me toca, ¿me vacunaré? ¿Me dará un trombo? ¿Tiene carga transgénica? ¿Terminaré convirtiéndome en un murciélago? ¿En Batman? Hay quien piensa que su ADN cambiará, y quien prefiere no pensar nada. Pero el caso es que hay una carrera para vacunar a la población y darle un pasaporte para que circule libremente, para que viaje y gaste si puede y se recupere la maltrecha economía de los países europeos, poco espabilados para conseguir el maná antivírico, que puede ser inglés o ruso. No se entiende que se vacune a los profesores de primaria y bachillerato y a los universitarios no, o que cada comunidad autónoma tome medidas por su cuenta, pero si atendemos a Pedro Sánchez dentro de poco viviremos en el país de las maravillas. Lloverán las vacunas y las inversiones, y España volverá a ser un imperio donde nunca se pone el sol. No terminamos de creérnoslo, no, sobre todo viendo el nivel de la contienda política. Los partidos luchan por los reinos de taifas, y si han convertido Madrid en un campo de batalla, lo de Granada se parece más bien a una olimpiada matemática. ¿Dos más dos son cuatro? Pues según quién haga las cuentas. Ante la Covid-19, como ante nuestra clase política, la población se mueve entre el pasotismo y el pánico. Hay quien sufre cuando tiene que ir a trabajar y quien está deseando salir de casa. Pero el recuento de contagiados y las medidas administrativas nos confunden. ¿Está usted abierto o cerrado? ¿Consigue conciliar el sueño perimetral? Los encierros conllevan estrés y aburrimiento, y hay gente que se está volviendo adicta al miedo. ¿Qué nos anunciarán esta semana? La vacuna es una armadura necesaria en tiempos pandémicos, y quizá terminemos riéndonos de nuestros temores cuando tengamos que ponérnosla todos los años. Varicela, sarampión, gripe… ¿Covid-19? Se ve que vamos perdiendo la gracia del lenguaje, o quizá es que nos gustan más los tecnicismos. El bicho, dicen, el p… virus, la peste negra, la muerte roja. En las fiestas de los pisos hay siempre ahora un invitado no deseado, que no es la policía. Por eso, la Organización Mundial de la Salud advierte de que la humanidad está en el punto más alto de contagios, pero el CEO de Pfizer asegura que todo habrá acabado este otoño. ¿Está usted preocupado? ¡No pasa nada! Hay que vacunarse e inmunizarse. Por suerte, la Covid-19 tiene cura. La negligencia política parece que no.

IDEAL (La Cerradura), 18/04/2021

lunes, 29 de marzo de 2021

Servicios esenciales

En las circunstancias actuales debería ser un delito penal que las compañías y las administraciones que prestan o deberían prestar servicios esenciales dejen de hacerlo: sanitarios, suministros de luz, agua, teléfono e internet, pero también servicios financieros y de seguros que deben garantizar que los ciudadanos cubran con trabajo sus necesidades básicas. Sin embargo, como ocurrió en la última crisis económica, las ayudas públicas que la UE y el gobierno español han anunciado a bombo y platillo no van a llegar al bolsillo de quienes las necesitan, sino a aliviar las cuentas de pérdidas y ganancias de las grandes empresas que hoy día son las que sostienen el poder político. Esas operaciones que el expresidente del Gobierno Mariano Rajoy define como “metafísicamente imposibles” (no estudió filosofía este hombre, ni tampoco sus herederos políticos, que han eliminado las humanidades de los planes de estudios para crear analfabetos a su imagen y semejanza). Esas cosas que, según el ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, tampoco ocurren, aunque sirvan para rescatar a dudosas compañías aéreas que pocos servicios prestan a los españoles, por no hablar del extravío asombroso de maletas e incluso del personal diplomático (es un decir) de otros países. (¿Habrá logrado salir Delcy Rodríguez por fin del aeropuerto de Barajas o pasará allí la Semana Santa?) Si se hace en el propio interés político, nada bueno hay en la creación de empresas públicas, y más en un tiempo en que nada parece sostener ese supuesto interés más allá de los egos personales, que hace tiempo olvidaron su ideología. Hasta un catedrático de Filosofía como Ángel Gabilondo se presenta efectivamente serio, soso y formal, sobre todo porque no tiene más remedio que seguir el juego de una persona que desconoce el sentido de la verdad, como Pedro Sánchez, aupado al poder por Pablo Iglesias, ese alter ego con el que nunca iba a pactar, como tampoco lo hará Gabilondo, según cuenta. Qué lástima ver en qué términos se fragua la campaña electoral de Madrid, nuevamente objeto de los frentes guerracivilistas. Pero es que ni siquiera debería haber elecciones, por mucho que las quieran Díaz Ayuso o Pablo Iglesias. Todo lo que no sea dedicar hoy la totalidad de los recursos públicos a vacunar a la población es una infamia. Y más lo es aprovecharse de esta situación dramática para enriquecerse, ya se trate de partidos políticos, farmacéuticas o entidades bancarias. Nos sobran los facinerosos públicos y privados, y también tantas encuestas. No hay política sin ciudadanos.

IDEAL (La Cerradura), 28/03/2021

lunes, 25 de enero de 2021

Excepciones

En la que es probablemente la época de mayor libertad que ha conocido la humanidad, necesitamos autorización para salir del país, de la provincia, del municipio, de la ciudad, de nuestra casa. Vivimos como los “hikikomoris”, esos adolescentes hiperconectados que, sin embargo, no quieren dejar su habitación. Las calles se van vaciando, pero hay quien se resiste a dejar de transitarlas, aunque necesite salvoconducto. Un documento que haga referencia al hogar familiar, al trabajo, a la necesidad de acudir a algún sitio. La gente se siente observada, busca con recelo las miradas del vecino, que tal vez le reproche el olvido de la mascarilla, la presencia policial, tan querida u odiada según sean las circunstancias. El Estado orwelliano era una pesadilla recurrente, un miedo alentado por los medios y los partidos en los últimos años de “fake news”, pero se ha convertido en realidad gracias a una molécula microscópica que no tiene otra conciencia que la contaminación y la reproductividad. Y ya no queremos ser iguales. Queremos que nos vacunen antes que a nadie para poder volver a la normalidad, aunque ya no exista. Y lo peor es que hay quien se aprovecha de su cargo, algún alcalde o consejero que asegura que sólo utiliza las vacunas sobrantes. Quien se vacuna se convierte en un ser excepcional: una persona sin miedo. ¿Volveremos a pasear sin máscaras? Nos podríamos acostumbrar a mirarnos a los ojos, a reírnos de las confusiones, a tratar de adivinar qué nos han dicho esas linternas que pasaron a nuestro lado. La gente, de incógnito, ve más que nunca, y está más atenta al mundo en que vive, aunque esa atención se concentre en el trayecto al trabajo o a comprar lo imprescindible. Prestar atención al mundo es la cualidad del artista, y nos hemos convertido en creadores de nosotros mismos, del nuevo yo recluido, pero atento. Aunque hay quien no ve tan claro, como la diputada de Vox por Granada, Macarena Olona, que ha pedido el premio Nobel de la Paz para ¡Donald Trump! “Qué bonica que eres”, le dirán al pasar. ¿Seremos mejores o sólo distintos? Los nuevos hábitos logran cambios más revolucionarios que la política o la filosofía. Y quizá llegue un tiempo en que echemos de menos el misterio que hay actualmente en las calles, la posibilidad de que un encuentro o una mirada casual cambien para siempre nuestra vida. Nada cambia. Todo cambia. De alguna manera, en algún lugar, en algún momento, como canta Nena. Y todo vuelve a empezar.

IDEAL (La Cerradura), 24/01/2021

lunes, 11 de enero de 2021

El tercer asalto

Con las defensas un poco bajas debemos enfrentarnos al tercer embate de la pandemia. Después del sueño de la normalidad navideña la gente vuelve a hacer acopio de víveres por el runrún de un nuevo confinamiento. Nos hemos convertido en una especie de topos, dispuestos a refugiarnos en la guarida, a ser posible con jardín, que la piscina ya la trae puesta Filomena. La población se mueve entre el deseo de libertad y el miedo al contagio, y a falta de que alguien lo diga decide autoconfinarse, como han hecho en diez pueblos de la provincia de Granada. Es una prueba de que el sentido común es más fuerte que el sentido de Estado. Así, las poblaciones se cierran perimetralmente y se convierten en ciudades-estado como en la antigua Grecia, a la que quizá volvamos. Porque mientras guerreros con cuernos asaltan el Capitolio y Satanás rectifica después de convertir a sus seguidores en diablos, en España hay quien hace paralelismos y se pregunta por qué aquí nadie se rasga las vestiduras cuando se asalta la democracia. ¿El indulto es igual que el perdón? Quizá la diferencia estribe en que a nadie le gusta ver en la cárcel a quien lucha por sus ideas, aunque haya quien confunda la ideología con el poder, esa maldición que ha hecho del ser humano un aniquilador de los derechos y libertades y del propio planeta. Así que hay que levantar la guardia y tratar de esquivar los golpes del enemigo, aunque este sea tan minúsculo que logre colarse por nuestras defensas. Y no ayudan las administraciones públicas, que vacunan a paso de tortuga. El problema de España es que confundimos los servicios públicos con la política, y ahí tenemos al ministro de Sanidad, haciendo campaña para presidir Cataluña. ¿Tiene claras sus prioridades? Pues sí. Sus asesores le han dicho que debe mantenerse en el foco mediático cueste lo que cueste, aunque sea la salud pública. Porque al parecer son expertos en marketing los que gestionan la pandemia. A este país le faltan medios, pero también decencia. No obstante, seguiremos bailando sobre el ring, dando y esquivando golpes. Aquí va un “jab” con la izquierda y un “cross” con la derecha, que el “uppercut” va por el centro, de abajo arriba a la mandíbula de nuestro contrincante, manteniendo siempre la guardia. En la política española no se estilan los Muhammad Ali, aunque abundan los Mike Tyson, e incluso tenemos a un Rocky Marciano. No tiraremos la toalla en el tercer asalto.

IDEAL (La Cerradura), 10/01/2021

lunes, 4 de enero de 2021

Silencio

La imagen del 2020 ha sido una calle vacía, sin tráfico ni peatones, donde la luz roja de un semáforo fantasmal prohibía el paso. Ya en 2021, la luz es verde, y a medida que la población española se vacune volverá a las calles, que serán de nuevo bulliciosas. O quizá no. Una parte de la población seguirá con la clausura o el confinamiento, palabra horrorosa que ha sido elegida la palabra del año que se fue. Aunque se trata de una clausura a la que invita la prudencia, y que guarda también algo de miedo y dolor por quienes no están. Quizá por eso habría que guardar un poco de silencio, antes de que la prisa vuelva a apoderarse de nosotros. Los seres humanos olvidamos pronto las desgracias para poder sobrevivir, pero haríamos mal en fiarlo todo al futuro y hacer borrón y cuenta nueva. El presente es antiquísimo, porque todo cuanto ha existido ha sido presente, escribía Pessoa, y cada ser humano es una conciencia única donde se mezclan todos los sucesos del mundo. ¿Qué podemos esperar? Se cumplirán los buenos deseos que circularon por las redes sociales en la noche del día 31, y la realidad será un castillo de fuegos artificiales que iluminará los cielos cada noche. Se acabaron las distopías. La realidad es más interesante. Gran Bretaña se va de la Unión Europea, pero se derriban las fronteras con Gibraltar. ¿La libertad de circulación de los trabajadores equivale a la soberanía? Esa es otra cuenta que saldar. ¿Quién pagará las pensiones de los llanitos? El Gobierno, al parecer, lo tiene claro. Serán las generaciones futuras, pues parte de las pensiones actuales se pagarán con la emisión de deuda pública, según pronostican los Presupuestos Generales del Estado. ¿Trasladamos al futuro un problema presente, como es la reforma del sistema de pensiones? No me imagino las felicitaciones que cruzaron en fin de año el presidente y sus socios de gobierno, aunque quizá tenían que ver con la libertad de ciertos presos y las cuentas de la vieja, ésas que no salen en la letra impresa. ¿Cuánto valen la independencia política o la personal? De tanto desearlo, Pedro Sánchez se ha convertido en un genio de la política, capaz de absorber (en vez de ser absorbido) al partido morado. No se lo explica ni la oposición, reducida a la irrelevancia de la resaca. Después de echar cuentas por todo lo ocurrido en 2020, afrontamos esperanzados la cuesta de enero. Tomaremos de nuevo las calles. ¡Fiesta! Y lo demás es silencio.

IDEAL (La Cerradura), 3/01/2021

lunes, 14 de diciembre de 2020

Números

En una semana en la que las administraciones territoriales discuten sobre la llegada de 200 inmigrantes (¿ilegales?, ¿legales?, ¿se puede decir esto de un ser humano?) a la península, el Instituto Nacional de Estadística (INE), suma 18.577 muertos más por la pandemia de la Covid-19. 45.684 fallecidos en la primera ola frente a los 27.127 que contabilizaba el Gobierno, según informaba Melchor Sáiz-Pardo en este diario. ¿Meros datos estadísticos? Cada una de las personas que engrosa estos recuentos tiene o tenía una vida o aspiraba a tenerla. ¿Sabemos lo que les ocurría? ¿Sabemos lo que les ocurre? La única realidad es la que marca el día a día, y para las gobiernos nacionales, autonómicos y locales y los partidos políticos que los sostienen parece que es más importante contar bien a aquellos que se fueron. De los que llegan nadie sabe nada: ni el Ministerio del Interior, ni la Junta de Andalucía ni el alcalde de Granada, que sigue atrapando moscas. “Que viene, que viene”, le avisan sus asesores. “¿Quién? ¿Otro inmigrante?”, pregunta el edil. Y en esto que llega Sebastián Pérez y le da una colleja exclamando: “¡Dos más dos son cuatro!” Esas cosas que se hacían en el colegio. Pero nadie sabe a ciencia cierta quiénes eran los inmigrantes que han llegado a Granada. A mí lo que me admira es que tuvieran dinero para coger un autobús o incluso un taxi desde el aeropuerto, según informan las crónicas. Quizá vinieran de Abu Dabi con el Rey emérito, que les pagó el transporte para volver a España de incógnito con ellos. ¿Cuántos inmigrantes sin papeles son necesarios para que un rey regularice sus papeles? Pues se ve que 678.393 euros. El caso es que los números no cuadran, ni los del Ministerio de Sanidad, ni los de Interior, ni los de Hacienda cuando pretende contabilizar el patrimonio de Juan Carlos, pues no cuenta con suficientes funcionarios para buscar a los amigos que le han hecho donaciones al exmonarca. Dichoso aquel que disfruta de la amistad, que es afecto puro y desinteresado, o eso dicen fuera de España, donde ya hay quien se frota las manos con la llegada de los miles de millones de los fondos europeos. ¡Será por dinero! Mientras los países ricos celebran también la llegada de las vacunas, los pobres piden que se liberen las patentes que las hacen posibles. ¿Pretendemos salvar sólo a Occidente? Como diría uno de los inmigrantes que ha llegado esta semana a Granada: “Pues vaya birria de aeropuerto”. Bienvenidos a la realidad.

IDEAL (La Cerradura), 13/12/2020

lunes, 23 de noviembre de 2020

Monstruos

Con la excusa de la pandemia los gobiernos están limitando la libertad de expresión. Lo dice la ONU, que debe velar por la aplicación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que desarrollan y aplican en teoría las constituciones nacionales. De hecho, en un mundo ideal, estas no serían necesarias y nos valdría con la Carta de las Naciones Unidas. Pero parece que en los distintos países no se piensa lo mismo, y lo que abundan son los nacionalistas y los dictadores en potencia, que no creen en la integración y en un gobierno mundial, sino en la segregación y la defensa de lo local. La Covid-19 está revelando lo mejor y lo peor del ser humano, y en el ámbito político poco podemos esperar de una coordinación mundial de las medidas sanitarias y preventivas cuando en el interior de países como España somos incapaces de coordinar la actuación de las Comunidades Autónomas, donde hay responsables públicos que parecen más preocupados por diferenciarse del resto que de tomar decisiones efectivas para cuidar la salud de los ciudadanos. A estas alturas, no creo que nos preocupen mucho las celebraciones navideñas, pero nos repiten como un mantra que vigilarán las comidas de empresa, las reuniones y las cabalgatas. El control de la población es hoy la principal tarea de las administraciones, más que velar por una eficaz prestación de los servicios públicos. ¿Vivimos ya en un Estado sanitario-policial? Menos mal que tenemos a personajes como Pablo Iglesias o Gabriel Rufián para desmentirlo, pues ellos sólo aspiran a tener su propio Estado, es decir, a transformar el Estado de todos a su imagen y semejanza, para lo que cuentan con la ayuda inestimable de Pedro Sánchez, convertido en el doctor Frankenstein según algunos medios. Visto así, el panorama da miedo, y si es como en la película clásica el monstruo irá por ahí dando tumbos y gritando como el portavoz de Vox en el parlamento andaluz. ¡A tomar… el aire! Y eso es lo que nos falta, respirar un poco de aire puro. Encerrada en las casas, la gente echa de menos el campo, pelearse a codazos por encontrar un hueco en la barra de un bar, poder abrazar a alguien. “Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad y volveré a ser virtuoso”, nos dice Frankenstein. Y también: “Ten cuidado; pues no conozco el miedo y soy, por tanto, poderoso”. Habrá que tener paciencia. Mejor es estar tranquilos que pensar que vivimos rodeados de monstruos.

IDEAL (La Cerradura), 22/11/2020

lunes, 9 de noviembre de 2020

Semáforos

Una de las consecuencias insospechadas de la pandemia es la reducción del tiempo de los semáforos. Para los peatones, claro, que si tienen cierta edad se las ven y se las desean para cruzar la calle antes de que se pongan en rojo. Algunos, si no se dan prisa, pueden morir atropellados por un coche en vez de por el coronavirus. Ése es el futuro: ciudades en las que sólo circularán los coches si sus conductores están debidamente autorizados o han sido sustituidos por robots, que va a ser la única solución para muchas empresas: sustituir a los trabajadores por máquinas inmunes a los patógenos. Lo malo es que, a este paso, habrá que sustituir también a los empresarios, por lo que acaso se cumpla por fin el sueño de Pedro Sánchez: teledirigir un país en vez de gobernarlo. ¿O era el sueño de Pablo Iglesias? España se parece cada vez más al mundo orwelliano de 1984, y a falta de un Ministerio de la Verdad, el Gobierno ha creado una Comisión Permanente para velar “por la pluralidad informativa”. ¿Desde cuándo hay que velar por el ejercicio del derecho a la información, más allá de los límites que impone el Código Penal? ¿Hay una carrera gubernamental para limitar derechos fundamentales? Suprimida la libertad de circulación del artículo 19 de la Constitución española con la declaración ilegal del estado de alarma, seguimos por el artículo 20, que según el Tribunal Constitucional es la base de la existencia de una opinión pública libre y del propio sistema democrático. Si valorásemos las últimas actuaciones del Gobierno según el semáforo creado por el Ministerio de Sanidad para evaluar los riesgos del coronavirus, el ejecutivo genera ya un peligro extremo para la democracia. Porque puestos a vulnerar preceptos constitucionales, tampoco presenta al parecer ningún problema el artículo 3, que señala que “el castellano es la lengua oficial del Estado”, que “todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla”, y que “las demás lenguas españolas serán también oficiales en sus respectivas Comunidades Autónomas”. ¿Cómo puede pactar entonces el Gobierno con ERC que deje de utilizarse el castellano en las escuelas de Cataluña? Si fuera por algunos nacionalistas, se distinguiría hasta entre aerosoles españoles y catalanes. Los presupuestos generales del Estado son otro semáforo de este país, pero para su aprobación el Gobierno se está saltando demasiadas señales en rojo. Y no tiene para ello la autorización de los ciudadanos. Las elecciones no otorgan en democracia una carta en blanco.

IDEAL (La Cerradura), 8/11/2020

lunes, 2 de noviembre de 2020

Excepción

El poco respeto de nuestra clase política por la Constitución española lo han personificado los 194 diputados que han apoyado esta semana en el Congreso la declaración del estado de alarma durante seis meses, una medida inconstitucional si atendemos al artículo 55, que requiere taxativamente la declaración del estado de excepción para privar a los ciudadanos de los derechos fundamentales de libertad de circulación y de reunión. Pero se ve que esa palabra suena demasiado fuerte, como el toque de queda, por lo que no tienen el Gobierno y sus señorías inconveniente alguno en saltarse las normas, como el presidente Pedro Sánchez, que no defendió esta medida en el Congreso ni está dispuesto a pedir su prórroga cada quince días, como exige la ley orgánica correspondiente, lo que nos da la medida de sus convicciones democráticas. Porque si la situación sanitaria requiere la aplicación de estas medidas, se tendrá que utilizar el instrumento jurídico correspondiente, con el respeto escrupuloso a los derechos de los ciudadanos y con las debidas garantías democráticas. Y es inconstitucional la delegación de estas competencias exorbitantes a las comunidades autónomas, que con sus decisiones contradictorias han generado un verdadero caos social y han aumentado la inseguridad de la ciudadanía, lo que nos da también una medida de la idea que tienen algunos de una república plurinacional, pues el Estado autonómico lo que demanda es que las medidas se tomen coordinadamente, y cualquier persona con sentido común entiende que sería mucho más efectivo un mando sanitario único, aunque sólo fuera para ahorrar recursos. En los próximos meses, ¿van a seguir cobrando sus sueldos sus señorías? ¿Se lo quieren explicar a los miles de ciudadanos a los que se les prometió los ERTE y el sueldo mínimo y que una Administración pública en estado de alarma aún no ha tramitado? El hambre es también una pandemia, y está ya presente en nuestras ciudades, dentro y fuera de las casas, y no va a evitarse con medidas excepcionales. Lo peor es la hipocresía con que se pide adhesión y apoyo a este cúmulo de disparates, porque la ideología no puede ejercerse sin democracia, algo más importante que ser de izquierdas o de derechas. Desde luego, las formas de este Gobierno no son progresistas, sino demagógicas y totalitarias. Qué triste para un país que viene de una guerra civil, una dictadura y una transición democrática, aunque haya quienes la nieguen. Desde el ejercicio de un poder delirante, este Gobierno les está dando la razón. Tenemos demasiados dictadores del miedo.

IDEAL (La Cerradura), 1/11/2020

lunes, 19 de octubre de 2020

Ocio y cultura

La decisión de la Junta de Andalucía de cerrar la UGR mientras continúan abiertos pubs y discotecas ilustra bien la escala de valores de nuestros políticos, que para evitar los desmadres de los jóvenes han decidido darles diez días de vacaciones. ¡Viva el botellón! Porque se ve que los contagios se producen en las aulas y no en los locales de ocio, cuando la realidad es la contraria. En las aulas los alumnos cumplen estrictamente las medidas de higiene y los protocolos de seguridad, pero algunos, cuando salen, no lo hacen, como pudieron apreciar el pasado fin de semana los espectadores de toda España, atónitos con el espectáculo de la calle Ganivet. ¿Se ha sancionado a los locales que permiten que sus clientes beban en la calle? ¿Se multó a las personas que no llevaban mascarilla, muchas de ellas turistas? Los “trending topic” y no criterios científicos parecen fundamentar hoy las decisiones políticas, y claro, hay que cuidar la hostelería, que es la primera industria granadina, cuando debería serlo la UGR, que es donde se educa en el estudio y el trabajo, en utilizar las neuronas y no destruirlas. Pero se nota el estropicio cultural en los que se han apresurado a acuñar el eslogan “bares sí, universidad no”, que como la mayoría de los eslóganes simplifica la cuestión. Hay pocas cosas mejores que alargar la sobremesa o adentrarse en la madrugada conversando entre amigos en un buen restaurante o taberna, que pueden ser también universidades del saber estar. Pero el ocio que se prima en Granada es tan efímero como el paso de esos turistas que atestan un rato el Paseo de los tristes y luego dan la nota en el centro, toreando a los coches o a la policía. Y ya no es tan fácil trabajar en el aula o en el despacho y luego alternar un rato en bares como La Tertulia o El Bohemia y restaurantes como El Sevilla, cuyas barras y mesas han sido verdaderas aulas, y donde podías ver a poetas como Javier Egea escribiendo en servilletas. No es, sin embargo, lo que se estila ahora. ¿Hay que cerrar la UGR para no tener que cerrar la ciudad? Ése es un argumento tan pobre que sólo demuestra impotencia, cuando no incompetencia. Si algún día cerrase de verdad la UGR, entonces sí que tendría que cerrarse Granada, que no se entiende sin su universidad y tampoco sin sus bares, donde se han prolongado (y no siempre terminado) las conversaciones iniciadas en las aulas.

IDEAL (La Cerradura), 18/10/2020

lunes, 12 de octubre de 2020

Pesadillas

Mientras la mitad de la población tiene pesadillas con el confinamiento, el Gobierno ha cerrado Madrid, porque ya sabemos que una de las potestades ejecutivas del presidente Sánchez es convertirse en Freddy Krueger, aunque antes de sus intervenciones haya pianistas que toquen el Himno de la alegría. Hace dúo con su vicepresidente Pablo Iglesias, que últimamente lleva pinta de samurái, y despotrica del Poder Judicial, del Rey y de lo que haga falta, siempre que se trate de cuestiones que a él le afecten personalmente, protegido por el aforamiento que le otorga el Estado de Derecho, aunque él, representándolo, no lo respete. ¿Figuraba en el programa electoral de Podemos eliminar los aforamientos? Pero es que hay quien no distingue entre la vigilia y el sueño, y los idealismos suelen creérselos mientras sueñan, pero no cuando están en la realidad y hay que comprase una casa, por ejemplo, que es el momento de cambiar el apartamento por el mejor chalé de la urbanización, siempre que lo legitime la asamblea del partido –que nunca iba a ser un partido-. ¿Se puede hacer uno el harakiri con sus propias ideas? Se puede, aunque para maquillarlo utilicemos las mesnadas de acólitos en las redes sociales, que son los “walking dead” de la realidad, que si no muerden más es porque no les dejan, pero todo se andará. Uno empieza por despotricar de la justicia, luego trata de cambiar las leyes, y si no puede deslegitima el sistema para sustituirlo por otro diferente que se parezca a sus sueños y a las pesadillas de los ciudadanos, una nueva inversión de la realidad. “¡Ahora juego con el poder!”, dice Freddy Krueger mientras afila las cuchillas de sus guantes. Será que se acerca Halloween. Luego está la Covid-19, ese Krueger minúsculo, que hace las delicias de monstruos reales como Donald Trump, tan tonto como los tiempos que corren, un peligro para sí mismo, su país y toda la comunidad internacional, pero que volverá a ser votado por los “walking dead” que disfrutan de la hecatombe. Menudo panorama. Será porque no he dormido bien, y es difícil volverse inmune al bombardeo constante de malas noticias. Las pesadillas pueden ser de muchos tipos, políticas, económicas, nacionales, domésticas… “Seis horas de sueño bastan al joven y al anciano; siete le dejamos apenas al perezoso; a nadie concedemos ocho”. La cara de la persona dormida muestra muchas cosas que esconde cuando está despierta, así que quizá andemos dormidos. Cuando despertó, el homo sapiens seguía allí. Y llevaba mascarilla.

IDEAL (La Cerradura), 11/10/2020