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domingo, 12 de enero de 2020

Histeria plurinacional


No me sorprende excesivamente la histeria demostrada por políticos y periodistas de algunos medios de comunicación por la investidura de Pedro Sánchez y su gobierno de coalición con Unidas Podemos. Venimos de donde venimos, y el miedo a los monstruos rojos se inculcaba no hace tanto tiempo en los cuadernos de urbanidad en los colegios. Es un miedo, sin embargo, que ya no cala en la juventud española, que es la que probablemente ha hecho posible este cambio en el ejecutivo, y quizá sea un dato para tener en cuenta. Vox es un espejismo, y el PP va camino de convertirse en una fuerza política poco representativa si sus portavoces en el Congreso, con Pablo Casado a la cabeza, parecen caricaturas del pasado. Por otra parte, agitar el fantasma de Cataluña no es nada bueno, y tampoco para el resto de las comunidades autónomas españolas. Aparte de la opacidad con que han llevado las negociaciones de investidura, lo que sí puede reprocharse a Pedro Sánchez y a sus socios en el Gobierno es que pacten con la ignorancia. El empeño en negar la importancia del Estado autonómico y cambiar el adjetivo que pretenda volver a apellidarlo aun vaciándolo de contenido será un lastre difícil de arrastrar. Porque los estatutos son verdaderas normas constitucionales aprobadas por los parlamentos autonómicos y luego por el estatal y, si como dice Otegui, en la mesa de negociación que también reclama al Gobierno para el País Vasco “va a estar la plurinacionalidad y la autodeterminación y no va a haber Estatutos”, lo que no habrá será autonomía política, como ahora existe de manera plena a través del Estatuto y el Concierto vasco y los sucesivos pactos de investidura. ¿Por qué no se analizan las competencias de las comunidades autónomas, su poder tributario, su autonomía política, los mecanismos de solidaridad o las ayudas europeas? ¿Qué país federal de Europa puede acercarse tan sólo un poco al nivel de descentralización que hay en España? Pero nuestros políticos parecen más preocupados por volver a crear los Reinos de Taifas. ¿Repúblicas o minimonarquías parlamentarias? León quiere independizarse de Castilla y Granada de Sevilla. ¿No estábamos mejor con el Califato de Córdoba? Está claro que, según Ortega Smith, no, pues en la fiesta de la Toma afirmó que “la reconquista aún no ha terminado”. Todo sea para que, a pesar de la UE, la gente pueda hacer lo que le dé la gana. Eso sí, desde la más pura dependencia europea, que no autonómica ni plurinacional.
IDEAL (La Cerradura), 12/01/2020

lunes, 9 de diciembre de 2019

Constitución


El miedo que existe hoy a la reforma de la Constitución de 1978 tiene más que ver con el miedo a Vox y a los partidos nacionalistas en un parlamento fragmentado que a una reflexión serena sobre las reformas políticas y económicas que requiere la sociedad española. Porque la propia Constitución prevé los mecanismos de reforma, y no es un artefacto jurídico hermético ni hierático presto a estallar si se pulsa la clave errónea, como tampoco lo es la sociedad. Con 41 años recién cumplidos, la Constitución ya contempla la edad madura, e incluso tiene que lidiar con los nuevos partidos que reniegan de ella, como adolescentes descarriados que han olvidado demasiado pronto a quien les dio la vida. Afrontar la cuestión territorial se plantea como una tarea ineludible para afianzar el Estado autonómico frente a las corrientes recentralizadoras, y también blindar el Estado social, que en España pende de un hilo cuando se acerca una nueva crisis económica. En ese sentido, ante las alertas conservadoras sobre un gobierno del PSOE y Podemos, representaría una normalidad democrática tener a un vicepresidente o un ministro de Administraciones públicas catalán, y empezar a integrar de una vez desde la acción de gobierno las distintas visiones de España. Nada terrible en una democracia que recoge en la propia Constitución los hechos diferenciales –¿se acuerda alguien de que ya hay una relación de bilateralidad con País Vasco y Navarra, plasmada en materia tan sensible como la tributaria en el Concierto y el Convenio, respectivamente?-, y donde se puede hablar de responsabilidades compartidas, algo más importante que compartir la soberanía. Como comentaba Miguel Herrero de Miñón, uno de los siete “padres” de la Constitución y militante de partidos como UCD, AP y PP, “la plurinacionalidad no constituye amenaza alguna para la integridad de España, porque es parte esencial de su ser profundo. Pero sí es un grave riesgo para dicha integridad el desconocimiento de este rasgo constitutivo de su propia estructura”. Y es que, como también diría Herrero de Miñón, la realidad suele vengarse de quien la ignora, y los problemas no se solucionan ignorándolos, sino afrontándolos. Si se piensa un poco, Estado autonómico, federal o plurinacional no son más que conceptos, pues la realidad es que las comunidades autónomas constituyen ya la mayor de las Administraciones públicas españolas, y que tenemos dieciocho parlamentos donde se ejerce normalmente la autonomía política, que es esencialmente un “poder de autodeterminación”, tal como la definía Entrena Cuesta. Los que temen la diversidad política le hacen un flaco favor a la España constitucional.
IDEAL (La Cerradura), 8/12/2019

lunes, 4 de noviembre de 2019

Truco o trato


España ya es materialmente un Estado federal, con dos grandes Administraciones públicas –Estado y Comunidades Autónomas- financiadas con un sistema en el que comparten las figuras tributarias que dan lugar a mayor recaudación y que suponen el grueso de los recursos públicos en España. Otra cosa es que desde el punto de vista social esta realidad no sea visible, entre otras cosas porque nuestros políticos no practican la pedagogía, sino la demagogia. De hecho, la relación de bilateralidad tan reclamada en Cataluña ya se mantiene normalmente con el País Vasco y Navarra a través del concierto y el convenio, dos “tratados” por los que se articula una financiación que va mucho más allá del régimen común, y no pasa absolutamente nada. Desde mi punto de vista estas comunidades también deberían participar en los mecanismos de solidaridad y de desarrollo regional –cosa que no ocurre ahora-, pero lo cierto es que los hechos diferenciales son una realidad desde que se aprobó la Constitución de 1978 en España. ¿Esto se sabe, se explica, se cuenta? No. Se ve que es mejor hablar de estado federal o plurinacional, cuando el Estado autonómico actual es básicamente lo mismo. ¿Truco o trato? Aquí preferimos el truco, y por eso tenemos a nuestros jóvenes desorientados, aborregados y maleables, quemando contenedores en Barcelona o tirando huevos y bombas de amoniaco en Granada a los autobuses y a los coches en la noche de Halloween, encapuchados o disfrazados de fantasmas. Aunque, claro, partiendo de la base de que buena parte de nuestros políticos también carecen de formación, poco puede esperarse. “Pedro, ¿tú sabes lo que es una nación?”, le preguntó Patxi López no hace tanto al presidente en funciones. “Un sentimiento”, le contestó Sánchez, que a veces se pone tan tierno que parece que lo han untado con mermelada. ¿Habrá estudiado algo desde entonces? Definir la identidad o la individualidad es algo difícil, y basta darse una vuelta por Granada para comprobar qué poco se parecen un vecino de la Chana y otro del Albaicín. Pero no creo que ellos tengan ningún problema para definirse, si es que es algo que les importa. Probablemente no, como a la mayoría de los españoles, que no tienen que disfrazarse para saber quiénes son. El autogobierno es simple: poder disponer de una casa, de un trabajo, pagar tributos y facturas, llegar a fin de mes. Y contar con alguien a tu lado, mirarlo a los ojos y recordar que, para vivir, no necesitas ni trucos ni tratos.
IDEAL (La Cerradura), 3/11/2019