Que el
Gobierno vuelva a aprobar los decretos leyes rechazados por el Congreso de los
Diputados para que los valide la Diputación Permanente es un fraude
constitucional, por muy buenos propósitos que tenga el presidente en funciones,
Pedro Sánchez, que vuelve a demostrar poco respeto por los procedimientos
democráticos, aunque se haya visto obligado a convocar elecciones generales. A
los jóvenes que acampan en la calle en Granada y otras ciudades españolas
debería preocuparles no sólo la vulneración del derecho constitucional a la
vivienda, sino el respeto del ordenamiento jurídico, que es el que garantiza el
Estado social. En democracia, el fin no justifica los medios. De hecho, los
medios –las leyes y los procedimientos- son los que hacen posible que puedan
defenderse los derechos y libertades públicas, en la calle y en los tribunales.
Son cosas obvias que, sin embargo, hay que recordar y repetir, y que dan la
razón a quienes alertan demagógicamente de una ruptura del sistema. No me cabe
duda de que los ciudadanos acudirán a votar en masa en unas elecciones limpias,
pero hay que predicar con el ejemplo, sobre todo cuando se ejerce el poder,
pues quien lo ejerce suele caer en la tentación del autoritarismo. Se ve que
respetamos el derecho sólo cuando nos conviene, y por eso Carles Puigdemont
clama contra “el estado opresor” que acaba de amnistiarle los delitos cometidos,
aunque otros con menor influencia, por menos, se encuentren en la cárcel. Somos
democráticos también cuando nos conviene, y una vez que Vox está dentro de las administraciones
públicas puede implantar políticas para expulsar al extranjero o al diferente.
El discurso del odio, las líneas rojas, azules o verdes son el mal endémico de
este país, y ahora que empieza la campaña electoral quizá haya quien presente
por fin una propuesta política constructiva que defienda el Estado social y
democrático de derecho y el respeto a las instituciones. Isabel Díaz Ayuso y
Santiago Abascal niegan la validez de las elecciones si ellos no las ganan,
algo que quizá compartirían Pedro Sánchez y Carles Puigdemont, a los que les
gusta sacar las urnas a las calles como quien pulsa el botón del pánico. “Que
viene, que viene”, te decían en el patio del colegio antes de rodearte y
soltarte una colleja, como parece ocurrir en el arco parlamentario español. Pero
se supone que el Congreso de los Diputados es la casa de todos los españoles.
Qué bueno sería que, disolviendo las Cortes, aspirásemos a renovar de verdad la
democracia.
IDEAL
(La Cerradura), 11/10/2026