domingo, 14 de septiembre de 2014

Running



Como a nuestros concejales les ha dado por correr y lucir el tipo de interés nos han bajado el tiempo de espera en los semáforos. Para que crucemos las calles echando hostias, por si nos negamos a coger el LAC. Corremos cuando trabajamos y también cuando descansamos, y así vamos con esa cara de muertos de hambre, menos quienes la pasan de verdad. Uno nunca sabe si es antes la enfermedad o el remedio, pero ahí tenemos a los maduritos tratando de recuperar el divino tesoro de la juventud, aunque sea echando el bofe y con las rodillas destrozadas. ¿No sería mejor asumir con tranquilidad el paso del tiempo? Aunque sólo fuera para que dejaran los semáforos en paz. Que se lo digan a los taxistas de Granada, que ahora no dicen “la leche” o “me cago en la leche”, sino “el LAC”, “la LAC”, “la puta madre del LAC”. “¿Excuse me?” “¡Pues que no puedo parar aquí para que usted se baje! ¿No se da cuenta? ¡Ya viene corriendo el municipal a ponerme una multa! ¡Y todo por el puto LAC!” “¿El LAC? I don´t understand you”. “Yo tampoco entiendo nada, hija”. Esa fue la conversación que escuché ayer en Puerta Real, adonde conducen todos los caminos ruinosos de Granada. Porque, aunque la distancia abarque poco más de un paseo, puedes elegir hacerlo en taxi, en autobús, en metro… Pero entonces, ¿adónde coño va tanta gente corriendo? Lógicamente, adonde no pueden ir en bicicleta, porque en nuestra ciudad circulan lo mismo por la calzada que por las aceras, y tienes que irlas esquivando como si fueras el tío ese que sale siempre corriendo (otro más) detrás de los ciclistas de la Vuelta a España. Me extraña que a nadie en el Ayuntamiento se le haya ocurrido una nueva tasa por el aparcamiento de vehículos de dos ruedas. Pero por algún sitio tendrán que tirar. Yo creo, que en Granada, dado nuestro carácter y las aficiones de nuestros políticos, lo mejor sería la independencia. ¿Que hay demasiado tráfico por el centro? ¡Pues toma LAC! ¿Que hay demasiados gastos? ¡Pues toma obra pública! Es lo que quizá haya pasado en Cataluña, donde la clase política, para librarse de las consecuencias de la corrupción, ha decidido cortar con el resto del país. Pero, oiga, ¿y qué ocurre si todos los corruptos se les quedan ahí dentro? Nada, hombre, si esto se arregla corriendo. Uno da un paso detrás de otro y ya no hay vuelta atrás. ¡Venga! ¡Que no se diga! ¡A sudar!
IDEAL (La Cerradura), 14/09/2014

domingo, 7 de septiembre de 2014

Intimidad



El derecho a la intimidad parece haber desaparecido en el mundo de hoy. Así, mientras la mitad de la población se dedica a mostrarla a través de las redes sociales, la otra mitad se dedica a robarla. Hasta los medios de comunicación pretendidamente serios ofrecen en sus versiones digitales fotografías y vídeos que bordean ese derecho, normalmente refiriéndose a otras noticias y remitiéndose a otras webs, pero también ofreciendo información de elaboración propia y de un pésimo gusto. Ejemplo de ello han sido las noticias sobre el robo de fotografías de desnudos de Jennifer Lawrence  y otras modelos y artistas (algún psiquiatra debería escribir sobre la plaga del “selfie”), facilitadas a lectores y espectadores con todo detalle, con lo que los medios en cuestión se han convertido en cómplices del hacker, cuya conducta hubiera pasado quizá desapercibida sin esa valiosa colaboración. Pero bastante más lamentable han sido las noticias sobre el asesinato de los periodistas Steven Sotloff y James Foley por los yihadistas islámicos, verdadero cáncer de la sociedad actual, como demuestra que estén luchando en Irak o Siria ciudadanos europeos, tolerantes y apáticos por naturaleza. ¿Hace falta reproducir el vídeo de esas ejecuciones, aunque sea censurado? Lo que hay que hacer es no emitir el vídeo ni en los medios de comunicación ni en las redes sociales, pues contienen la secuencia del asesinato de un ser humano. Y es precisamente con lo que cuentan los yihadistas, que se aprovechan de las debilidades de nuestra sociedad, entre las que se encuentran el morbo y la falta, al parecer, del más mínimo sentido común. El derecho a la información se ha convertido en un apéndice del sensacionalismo, y nuestra avidez por recibir shocks informativos y emocionales parece haber sobrepasado los límites de lo razonable. Desde informativos que nos cuentan las estrategias policiales para la captura de pederastas hasta el rosario de vomitivas noticias de sucesos con el que se hacen algunos programas de televisión, la programación informativa carece de cualquier plan racional, no ya social, educativo o cultural. Y quizá sea ese mismo caos el que provoque tanta brutalidad y tanta idiocia colectiva. Esta semana ha ardido en Granada la biblioteca de la Facultad de Derecho, una verdadera tragedia para cualquier persona que haya pasado sólo un rato allí. Las fotos de la destrucción causada por el fuego no salían en los medios de comunicación, pero circulaban a los pocos minutos por las redes sociales, entre comentarios jocosos. Sería bueno que al menos los imbéciles decidieran conservar el anonimato.
IDEAL (La Cerradura), 7/09/2014

viernes, 5 de septiembre de 2014

La Andalucía de W. Somerset Maugham



Mientras leo Andalucía (Rd Editores), de W. Somerset Maugham, pienso en cómo cambian con los años las impresiones del viajero, en que hay lugares que identificamos con una época concreta de nuestra vida y a los que tememos volver, por si ya no son como los recordamos. Somerset Maugham cuenta sus viajes a Sevilla, Jerez, Cádiz, Córdoba, Ronda y Granada veinticinco años después de realizarlos. En Londres, en un mes de abril, escribe: “El cielo está plomizo y frío, las casas de enfrente casi espantan con su gris monotonía, y el agua hace brillar los tejados de pizarra” (…) “Y entonces pienso en Andalucía. Mi mente se abraza de pronto en su sol, en su color opulento, luminoso y suave; pienso en las ciudades, en las blancas ciudades bañadas de luz”.
Pero probablemente los lugares cambien en nuestro recuerdo tanto como en la realidad, pues la memoria es una gran fabuladora, que causa efectos tan fantásticos en el paisaje como el propio paso del tiempo. Maugham nos habla de la España de 1898, y recuerda con cariño el rasgueo de la guitarra y el repicar de las castañuelas, el batir de las palmas de las muchachas que bailan, el entusiasmo de las muchedumbres que van a los toros en los días de fiesta y la felicidad de los vinos perfumados, el málaga, el jerez, la manzanilla, que pueden beberse en viejas tabernas, el amor guardado celosamente tras verjas y celosías. Pero también recuerda ciudades sombrías y la soledad de la campiña, la melancolía de los campesinos e iglesias oscuras con ricas imágenes religiosas donde, por la noche, se celebran ceremonias fantasmagóricas. El escritor inglés ve en los andaluces la herencia árabe, y atribuye a la tensión de largos años de guerra el carácter aguerrido del español, que lo convirtió en el mejor soldado del mundo.
España era considerada entonces un país oriental, y esa visión romántica empapa las escenas descritas, donde los héroes son bandoleros, toreros, gitanos y bailaoras. Pero ¿cuánto hay del autor en esa visión, cuánto de su propia cultura? Somerset Maugham encuentra en el paisaje español lo que él mismo le pide a los libros: el misterio y la belleza, la fantasía y la fascinación por lo desconocido: “Era algo misterioso y aterrador como aquellas selvas encantadas de nuestra niñez, en las cuales crecían los árboles en apretados grupos y donde se ocultaban las tenebrosas cavernas de duendes y gigantes de los cuentos de hadas, y los monstruos y bestias salvajes se hallaban al acecho del despavorido viajero que había extraviado del camino”; escribe sobre sus sensaciones al entrar en la Mezquita de Córdoba, antes de describir sus arcos y el techo de azulejos coloreados.
Leer a Maugham es viajar en el tiempo, y sobrecogen las descripciones del Sacromonte, la Alhambra y del carácter de la propia ciudad de Granada, que podría explicar lo que es hoy: “Me produjo la impresión de que lo único que deseaba era ser dejada sola para poder transcurrir en paz los días que le quedaban de vida, lejos del avance de la civilización y del fogoso apresuramiento del progreso”. Como esas mujeres aventureras, añade melancólicamente, alejadas del mundo tras una vida de vicisitudes y con el deseo, después de haber vivido una existencia tumultuosa y desordenada, de dedicarse nada más que a piadosos menesteres.
Y es que Somerset Maugham habla en este libro de un amor de juventud, replicado en paisajes, ciudades y mujeres, que comparten “cierta cualidad que presta a todas las cosas una límpida y brillante suavidad, y los torrentes de oro que el sol arroja sobre ellas ciñen voluptuosamente sus contornos”. Una Andalucía más romántica que tópica.
El Mundo Andalucía (Viajero del tiempo), 5/09/2014