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lunes, 1 de agosto de 2022

Jamón, jamón

En vez de verificar pliegos de condiciones, los funcionarios de la UE que otorgan las denominaciones de origen deberían darse una vuelta por la Alpujarra, concretamente por Trevélez, donde el aroma a jamón es lo primero que recibe al visitante. Un pueblo y toda una comarca viven de una industria que debería ser un ejemplo de cómo desarrollar la España vacía, por utilizar con propiedad el término que acuñó Sergio del Molino en su famoso ensayo. Los pueblos de la Alpujarra saben explotar sus recursos: ganadería, agricultura, artesanía y también el turismo. De hecho, esta tierra ha sido durante años el destino dorado de miles de extranjeros que buscaban un lugar idílico para vivir, por lo que hoy día los idiomas más comunes en los cortijos de la zona son el inglés, el francés o el alemán. Pero el jamón tiene su propio lenguaje, que conoce de manera innata todo el mundo, venga de donde venga. ¿Cómo va a ser igual un jamón de Trevélez que un jamón serrano a secas? Precisamente es el aire de Sierra Nevada lo que hace de este producto único, que yo prefiero al jamón ibérico. La Alpujarra es un lugar tan especial que ha acogido a cristianos, musulmanes y judíos mucho antes de que se hablase de las tres culturas, y parte de esa riqueza natural y cultural debe penetrar también en cada ser vivo. Los seres humanos, sin embargo, sólo valoran lo que tienen cuando lo pierden. Y como le decía Fredo a Totó en “Cinema Paradiso”, tienes que irte muy lejos, abandonar durante años el lugar donde naciste para volver a encontrar tu casa, tu gente, a ti. ¿Era mejor el que fuimos que el que ahora somos? Los dilemas personales pueden ser más complejos que los gastronómicos, aunque para psicología la respuesta neuronal que se produce cuando saboreas un buen jamón. De Trevélez, claro. Si Bigas Luna se hubiera dado una vuelta por el pueblo antes de rodar, quizá hubiera cambiado el escenario y el guion de la película que da título a este artículo, e incluso Penélope Cruz y Javier Bardem no hubieran emigrado a Hollywood, sino que vivirían tranquilamente en un cortijo de la Alpujarra. Sentado en un balcón frente a la Sierra, me imagino al presidente del Gobierno y al jefe de la oposición filosofando, como yo: “Jamón y vino viejo estiran el pellejo”, dice Pedro Sánchez. “Con jamón y buen vino se anda el camino”, le contesta Alberto Núñez Feijóo. Y así acabaron con los problemas de España.

IDEAL (La Cerradura), 31/07/2022

domingo, 16 de noviembre de 2014

Universal



La profesión que siempre he valorado más es la de científico. Son las únicas personas que conozco capaces de comerse la cabeza de una manera útil y con un objetivo concreto, como situar una sonda espacial en un cometa que se encuentra a quinientos diez millones de kilómetros de distancia de la Tierra y planeándolo con diez años de antelación. Sin ir más lejos, es lo que hacen en el Instituto de Astrofísica de Andalucía, con sede en Granada, donde se estudian los datos que envía el módulo Philae, que el miércoles pasado aterrizó con dificultad en ese cometa con nombre de churro. Me dirán ustedes que también se comen la cabeza los artistas e incluso los políticos, pero estos se guían más por las filias y las fobias personales que por las leyes de la astrofísica, aunque a veces efectivamente parezcan vivir en otro planeta. Los científicos, por supuesto, también pueden equivocarse, pero son ellos quienes más alegrías nos dan a la sociedad. Gente como Pedro J. Gutiérrez, Luisa M. Lara, José Juan López-Moreno, Antonio Molina, Fernando Moreno, Rafael Rodrigo, Miguel Herranz o José Jerónimo. ¿No sería posible que nuestros políticos siguieran su ejemplo y aplicaran en su trabajo al menos las leyes matemáticas? Porque lo que unos hacen, otros lo deshacen. Para la Declaración de la Alpujarra como Patrimonio de la Humanidad, por ejemplo. ¿Por qué tienen que pronunciarse todos los municipios del Reino Chico sobre el proyecto que ha presentado la Diputación, donde todos esos municipios, independientemente de su color político, están representados? ¿No van a beneficiarse todos de la declaración universal? Que luego presente cada ayuntamiento proyectos concretos para sacarle partido, sin que sea necesariamente político, que es en lo único que suelen pensar nuestros cargos públicos, por lo que se ralentizan iniciativas y proyectos en la ciudad y en toda la provincia. Pero es que se ve que no sabemos hacer planes a largo plazo, aunque los resultados vayan a verse en poco tiempo y a pocos kilómetros de distancia. En las instituciones públicas hacen falta buenos gestores, técnicos y funcionarios, ya que no podemos disponer de científicos. El colmo de nuestras utopías cotidianas sería que estos quisieran convertirse en políticos. Pero ya saben ustedes lo que decía Albert Einstein al respecto: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”. Y también decía que “todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”. A veces, nuestra negligencia parece universal. 

IDEAL (La Cerradura), 16/11/2014

viernes, 1 de agosto de 2014

Siguiendo al Marqués de los Vélez



Entrando a la Alpujarra por la A-348 desde Almería, uno se sumerge en la historia y en la leyenda. La carretera desde Ugíjar a Órgiva es una de las rutas más hermosas que puede ofrecer esta comarca, que siempre me sorprende como si la recorriera por primera vez. Siguiendo la ribera del Guadalfeo entre Cádiar y Torvizcón, se abre un valle de colinas escarpadas y, conduciendo por esa carretera tortuosa en algunos tramos, uno imagina las dificultades que supondría atravesar este paisaje para un ejército de cinco mil infantes y trescientos caballos, como hizo el Marqués de los Vélez en el año 1569 para acabar por la parte oriental con la rebelión de los moriscos, siguiendo el mandato de don Juan de Austria. Según los cronistas, el Marqués de los Vélez era un hombre gentil: medía doce palmos de alto, tres palmos de espalda y otros tres de pecho; era fuerte de brazos y piernas, y tenía la piel de color cetrino, los ojos grandes rasgados. Llevaba la barba crecida y peinada; vestía de pardo y morado y verde, las botas que calzaba debían ser altas y abiertas, abrochadas con cordones. Tenía la fuerza de cuatro hombres, y cuando te miraba te temblaban las piernas, pues echaba fuego por los ojos; era valiente, determinado, tan voluminoso su cuerpo que cuando subía al caballo lo hacía estremecerse y orinar.
Lo veo ahora, al frente de la tropa. La cuesta empinada obliga a los capitanes a bajar de los caballos, y al principio apenas encuentran resistencia: algún disparo de arcabuz, alguna saeta, algún peñasco… Pero de pronto creen que es la propia montaña la que se desmorona sobre sus cabezas. Los moriscos los esperaban agazapados en las peñas, y observo cómo caen de las montañas portando estandartes rojos y blancos y escupiendo fuego sobre la tropa cristiana. Pero es un espejismo. La carretera discurre aquí más estrecha, y recuerdo los versos de Enrique Morón, poeta ilustre de Cádiar: Pueblo petrificado/en el alto silencio de las horas./ Indolente. Callado./ Expuesto al vértigo de las auroras./ ¡Cuánta sabiduría/ hay en los ojos de fulgente umbría! Enrique Morón es también inventor de la fuente del vino, con la que se festeja el final de la vendimia y las fiestas en honor del Cristo de la Salud y del propio vino costa, que se elabora en los cortijos de la Contraviesa. Lo cuenta Andrés Cárdenas en Crónicas de la Alpujarra (Diputación de Granada, 2014), un paseo delicioso por los pueblos de la mano de sus habitantes, que nos ofrecen su testimonio en estas páginas. Y lo hacen con el humor y la inteligencia con que suele interpretar la realidad Andrés Cárdenas: “Está claro que existen personas que dan vistosidad a un paisaje, o paisajes que dan visibilidad a las personas”.
Las casas se asoman sobre el abismo desde el Cerro del Cercado en Torvizcón, y pienso en otras ciudades construidas sobre ramblas y ríos, para contemplar la vida que pasa. Porque esa es la principal costumbre de la Alpujarra, como cantaba Calderón de la Barca: Toda ella está poblada/ de villajes y de aldeas,/ tal, que cuando el sol se pone,/ a los vislumbres que deja,/ parecen riscos nacidos,/ cóncavos entre las peñas/ que rodaron de la cumbres,/ aunque a las faldas no llegan. Pero en esta localidad tienen también otras costumbres, y al final del verano les atarán un lazo rojo a dos cerdos y los soltarán en las calles, para que sean los vecinos quienes los alimenten y den cobijo hasta las fiestas de San Antón.  En Barbarismos (Páginas de Espuma, 2014), Andrés Neuman define viaje como arte de aplazar la llegada a un destino; y esto es algo que siempre ocurre en la Alpujarra. Cuando al atardecer llego a Órgiva, decido dar marcha atrás.
El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 1/08/2014