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martes, 21 de marzo de 2023

Bond

Bond, James Bond. Ahora le ha tocado al espía, aunque al parecer la editorial que dispone de los derechos de las novelas de Ian Fleming va a tener la gentileza de publicar también las obras originales, sin cirugía estética. Pero en un mundo artificial fabricado con comités de lectores sensibles y demás algoritmos, habrá quien compre las copias censuradas. Antes o después todas desaparecerán, pues por mucho que lo maquillen el personaje seguirá siendo mujeriego, machista, alcohólico y un asesino, claro, lo que quizá debería darnos que pensar. Porque en las redes sociales no se habla de esto, sino de quién tomará el relevo de Daniel Craig en la saga, aunque haya quien siga añorando a Sean Connery, Roger Moore o Pierce Brosnan. La policía del pensamiento quizá quiera incluso eliminarlos de nuestros recuerdos para que dejen de fumar, beber, follar y entretenernos. ¿Y por qué no va a poder ser una mujer? En la última película ya había una 007 negra para romper estereotipos, y no por eso era menos despiadado el personaje, que quizá es lo que atraiga a miles de lectores y espectadores. A mí las novelas y las películas de James Bond me parecen un cómic, aunque haya cómics que son verdaderas obras de arte. Hay una confusión de base, quizá porque el arte se ha convertido en un objeto de consumo. Como la literatura, empezando por la infantil. Si un autor quiere escribir un libro dirigido a este público, por lo primero que deberá preocuparse es por la lista de valores que promueven el ministerio y la consejería de turno, que son seguidos a pie juntillas por las editoriales, que lo que quieren es vender y que sus lecturas sean recomendadas por colegios y profesores, vigilados también por la policía del pensamiento. Valores que son los que se supone que siempre han existido en las obras clásicas, lealtad, amistad, compañerismo, valentía, como en “La isla del Tesoro”, de Robert Louis Stevenson, que si no fuera un clásico tendría serias dificultades para publicarse hoy. Ni se publicarían si no son previamente adaptados los cómics de los Pitufos, donde Pitufina debe lidiar como única hembra con 99 enanitos azules. ¿Cómo? ¿Hembra? ¿Enanitos? ¿Azules? Al censor le faltará tiempo para sacar el bolígrafo rojo o las tijeras. De hecho, hay quien ha escrito que la comunidad pitufa es un “arquetipo de sociedad totalitaria embebida de estalinismo y fascismo”. ¡Ay, de que estarán embebidos tantos críticos! Hay buena y mala literatura, y demasiados policías. Incluso para James Bond.

IDEAL (La Cerradura), 12/03/2023

lunes, 3 de mayo de 2021

Teatro de alarma

En una época en que los escritores y la creación en general están condicionados por cánones diversos, comerciales, editoriales o académicos, consuela leer a escritores como Antonio César Morón, y más aún poder asistir al estreno de una de sus obras, “Hojas negras: bosque rojo”, en el Teatro Isabel la Católica. Antonio César es un escritor valiente y comprometido, que trabaja con naturalidad el teatro, la poesía, la novela o el ensayo sin más pleitesías que su inquietud y su exigencia personal. Y así, en las cinco piezas que componen “Teatro de alarma” (Editorial Nazarí, 2021), aborda con libertad temas políticos tan polémicos como la gestión de la pandemia de la Covid-19, la gestación subrogada, la memoria democrática, el tratamiento del feminismo por los medios o los partidos políticos, la inmigración o la tragedia de Chernóbil, con retratos incisivos y críticos de los personajes públicos implicados en algunos de los episodios más bochornosos de la historia de España, sin excluir además una coda ejemplar sobre la relación de Leonard Cohen y Federico García Lorca. Estructurada en dos partes complementarias, “De política” y “De memoria”, “Teatro de alarma” es una de las crónicas más lúcidas que he leído sobre la evolución y las consecuencias políticas y sociales de la pandemia en España. Antonio César Morón observa la realidad y la disecciona con personajes de carne y hueso, cuyos diálogos tienen una fuerza inusitada y se convierten en el motor de la acción. Y la acción de estas obras es tan trepidante como la de un buen thriller, sólo que estamos hablando de piezas teatrales que tienen además una gran profundidad psicológica e intelectual. Con recursos propios del microteatro, el teatro experimental o el teatro clásico, pero también de otros géneros como la poesía, la narrativa y el ensayo, en estas obras eclécticas asistimos a saltos temporales, vivimos realidades paralelas y nos desdoblamos con personajes múltiples que nos ayudan a comprender la sociedad actual desde las generaciones que nos precedieron hasta un futuro distópico. Antonio César Morón nos ofrece en este libro una mirada personal y única del mundo, lo que debemos pedirle a un escritor y a una excelente obra literaria. Una gran oportunidad para despojarnos del miedo y volver al teatro, o de disfrutarlo también sin salir de casa, con una lectura reposada –pero no por ello menos trepidante- de salón. Frente a una de las mayores crisis sociales de nuestra historia, merece la pena protegerse o tomar las riendas de nuestra vida con este “Teatro de alarma”.

IDEAL (La Cerradura), 2/05/2021

lunes, 16 de noviembre de 2020

Gloria bendita

En un tiempo en que la ideología vale tanto como un sondeo o una campaña electoral, y en el que la palabra es tan ligera como un tuit, resulta reconfortante leer a Juan Madrid, cuyas obras son un retrato social y político de la historia reciente de España. Como dice su alter ego Juan Delforo en su última novela, “Gloria bendita” (Alianza editorial), la literatura no trata de la verdad ni de la mentira, sino sobre la complejidad del mundo y de la vida; pero las palabras y las vidas de sus personajes son tan reales que, leyéndola, uno comprende por fin la sociedad en que vive. La historia que cuenta Juan Madrid en “Gloria bendita” les sonará a sus lectores, pues está ceñida a la actualidad, y por ella planean las andanzas del Rey Emérito, de ciertos comisarios corruptos y de una clase política y empresarial que entronca con el franquismo a través de la Transición. Prácticas que Juan Madrid conoce bien desde que trabajara como periodista en Diario 16, actividad que dejó para convertirse en el gran maestro de la novela negra en España y en uno de nuestros pocos grandes escritores vivos, en los que el compromiso literario no puede disociarse del compromiso personal, y que está más allá de influencias e intereses, de las miserias comunes de las carreras profesionales o literarias. Después de superar un ictus, Juan Madrid ha escrito una novela lúcida y rotunda, donde cada palabra es el resultado de una lucha con la memoria personal y la memoria de España. Y me imagino el esfuerzo titánico que ha supuesto su escritura contra el vacío del pensamiento, contra el olvido político y la pérdida de la propia identidad. Me lo imagino haciendo y rehaciendo mapas, esquemas y bocetos en su casa de Salobreña, desde donde Juan Delforo llama por teléfono –a nosotros, quizá, como lectores- en el primer capítulo de esta novela. Según cuenta el escritor en el epílogo, llegó a trabajar con seis versiones del manuscrito a la vez. Y tal vez por esa razón los personajes –casi personas de carne y hueso- de “Gloria bendita” son sobre todo luchadores, como María, Emilia, el propio Juan Delforo o Bernabé, aunque sean las mujeres las que no por casualidad muestran un carácter más firme y determinante, tres generaciones de una familia que se empeña en sobrevivir y en saber. La literatura –y no la política- es el arte de lo que no se ve. Gracias, Juan. De verdad que esta novela es gloria bendita.

IDEAL (La Cerradura), 16/11/2020

domingo, 19 de febrero de 2017

La estirpe de Babel

Nunca le damos demasiada importancia a las palabras, aunque seamos como pensamos y como hablamos, lo que es mucho decir en un país donde nuestros políticos suelen mentir, y en una ciudad, Granada, donde “las palabras tienen un rédito que la vida niega constantemente”. Es una frase de la primera novela de Ángel Esteban, “La estirpe de Babel” (editorial Verbum), donde el amor por la palabra y la literatura es el argumento principal. De la mano de Palim VI, un inmortal inteligente y curioso, conoceremos a los grandes genios de la literatura, desde Homero a Borges, que Ángel Esteban convierte en personas de carne y hueso, en esos confidentes que nos susurran cosas esenciales al oído mientras los leemos. “La estirpe de Babel” dialoga con otros libros y otros autores, pero tiene además una lectura muy actual, pues el escritor bucea asimismo en el pasado y le hace participar al lector en los momentos más trascendentales de la historia de la humanidad. La novela está llena de citas jugosas, tanto del autor como de los escritores que recrea con devoción: “La diferencia entre un político, el que rige los destinos de la polis, y un poeta, estriba en que el poeta cuenta mentiras para descubrir verdades, y el otro las cuenta para asegurarse el poder”, nos dice Homero; y Virgilio añade: “En los últimos tiempos, la sociedad ha desarrollado tragaderas para cualquier desviación ética”. Es como si hablasen de la realidad española, y también la conversación que mantienen Goethe y Napoleón sobre el poder y la política es absolutamente contemporánea. En este sentido, el profesor universitario y el ensayista que es asimismo Ángel Esteban, favorecen al narrador, que se vuelve más profundo y convierte “La estirpe de Babel” en una lección de vida. Porque resulta un acierto situar a los genios de la literatura en los momentos más importantes de su existencia, y es excelente el análisis que hace Ángel Esteban de sus obras y de las dificultades que entraña la creación literaria. Pero además muestra un gran talento para interpretar la historia y contarla de un modo ameno y sencillo al lector, al que le gustará encontrarse a Borges en el barrio granadino del Sacromonte para realizar, al mismo tiempo, una vuelta al mundo y vivir las vidas de otros. Y así, después de leer este libro y estar con los personajes más decisivos de la historia de la literatura, podremos concluir, como Palim VI: “Nadie es mejor que nadie. Hoy soy inmensamente más rico”.

IDEAL (La Cerradura), 19/02/2017

domingo, 18 de diciembre de 2016

Casa Luna

Miguel Pasquau Liaño ha publicado una novela admirable, titulada “Casa Luna” (Ediciones Miguel Sánchez, 2016): inteligente, amena y bien estructurada, tiene muchas lecturas, pero quizá sea la literatura misma el tema central, desde por qué escribimos hasta las consecuencias del hecho de escribir, para nosotros mismos y para quienes nos rodean, llegando a los lectores. Pasquau Liaño retoma un tema clásico de la literatura: el del doble o Doppelgänger, en su vertiente más filosófica o metaliteraria, pues novela sobre las diferentes voces que hay tras el escritor: los personajes, el narrador, el autor, el hombre, llegando incluso hasta Dios. Pero incluye una variante novedosa, la indagación sobre la propia autoría, es decir, se pregunta sobre quién se esconde o quién puede esconderse bajo ese nombre por el que creemos reconocer a un autor. ¿Quién se esconde tras Marcos Fortuño? Esa es la pregunta que planea sobre “Casa Luna”. Aunque también podríamos preguntarnos quién se esconde tras Miguel Pasquau Liaño, o tras cualquier persona que realiza ese acto insensato de escribir, pues nunca sabemos cuáles pueden ser las consecuencias. Y uno tiene que saber que escribir tiene consecuencias, sobre todo para quien escribe, que empezará a ser suplantado por todos sus fantasmas o todos sus dobles y a la vez, como leemos en “Casa Luna”, a usurpar el alma de las personas que ha conocido para transformarlas en personajes. En esta novela se revela un escritor pleno no sólo desde el punto de vista de la pericia novelística, sino fundamentalmente en el examen de la realidad y en buscar las claves de lo que nos ocurre, que es lo que yo creo que hacen los buenos escritores al escribir. Es excepcional el análisis que hace el autor de la actualidad política o, mejor dicho, de lo que se esconde tras la actualidad política, pues otro de los misterios que se desvelan en esta novela es lo que ha ocurrido realmente en España en los últimos años, y ahí aparece el Miguel Pasquau Liaño que conocemos por su faceta periodística, con esos artículos de reflexión política que revelan a un verdadero intelectual. Pero, me quedo, sobre todo, con el análisis de la figura del escritor, que tiene un papel esencial en la novela, del que no hablaré, porque les contaría demasiado de la historia y de la intriga, que también la hay, aunque sea una intriga inteligente, donde no hay crímenes, aunque sí varias muertes. Miguel Pasquau Liaño ha puesto todo lo que llevaba dentro al escribir “Casa Luna”. No se la pierdan.

IDEAL (La Cerradura), 18/12/2016

lunes, 26 de mayo de 2014

Crónicas de la Alpujarra



La Alpujarra es un territorio mítico y a la vez cotidiano entre Granada y la costa. Un valle misterioso pero entrañable, que ha merecido la atención de escritores románticos y contemporáneos, que siempre nos ofrecen una mirada personal y única, lo que hay que atribuir a la capacidad del que mira, pero también a la singularidad de esta región, capaz de sugerir impresiones contradictorias. Esa impresión puede dar lugar a relatos de viajes y de búsqueda personal como los de Pedro Antonio de Alarcón o Gerald Brenan; a novelas fantásticas como “El manuscrito encontrado en Zaragoza”, de Jan Potocki; a novelas históricas (pero de verdad) como “La guerra de Granada” de Diego Hurtado de Mendoza y ensayos como los de Julio Caro Baroja o Lafuente Alcántara; a novelas contemporáneas como “La parábola de Carmen la Reina”, de Manuel Talens, y miradas contemporáneas sobre la historia como la de Justo Navarro en “El país perdido”; pero también a crónicas personales que tienen lo mejor de la narrativa y de la historia, como las de Francisco Izquierdo o Eduardo Castro; todas valiosas miradas sobre la Alpujarra. Pero quienes mejor conocen y nos pueden contar cómo es esta comarca son sus habitantes, y ése es el mayor acierto de las “Crónicas de la Alpujarra” de Andrés Cárdenas, publicado por la Diputación de Granada. Pues nos habla de la Alpujarra a través de sus habitantes, que son nuestros ojos y nuestra voz. Yo creo que la mejor literatura popular de hoy día no son los bestsellers, sino la que se escribe en periódicos, como las crónicas y artículos de Andrés Cárdenas. A lo largo de treintaiún días Andrés recorrió la Alpujarra con la pluma y la rempuja en ristre, pero son sus propios habitantes los que nos ofrecen su testimonio en estas páginas. Y lo hacen como suele interpretar la realidad Andrés Cárdenas: con humor e inteligencia, pero sin renunciar por ello a la denuncia social. “Está claro que existen personas que dan vistosidad a un paisaje, o paisajes que dan visibilidad a las personas”, podemos leer en estas crónicas. Porque el saber, lo que se dice el saber, sólo se aprende escuchando, pero hay que estar en el sitio adecuado para escuchar y contar, como hizo Andrés primero en IDEAL, y después, más reposadamente, en este magnífico libro. Los personajes de estas crónicas están absolutamente vivos, y ustedes deberían conocerlos. Su sentido de la realidad y del humor, su sabiduría y sus tradiciones los convierten también en patrimonio de la humanidad.
IDEAL (La Cerradura), 25/05/2014

viernes, 3 de enero de 2014

Nuevos y viejos

Cada año asistimos a la misma ceremonia, tomamos las uvas y quemamos nuestro viejo yo para que renazca el nuevo, que, sin embargo, es el mismo tipo de siempre, al que ciertamente le han crecido la nariz y las orejas y va perdiendo pelo, pero que nos mira con la misma cara de gamberro desde que tenía, aproximadamente, cinco años. Con cada año nuevo el cuerpo va arrugándose, ensanchándose, encorvándose, añadiendo todos esos “ándose” que nos suenan a caminata y nos hacen añorar la dorada juventud. Pero aquellos paisajes son en realidad una naturaleza muerta que no resiste el análisis del adulto de hoy, avergonzado de la estupidez con que vino al mundo, aunque siga fascinado por aquella belleza. Lo sabía bien Óscar Wilde, y cuando releo El retrato de Dorian Gray no deja de asombrarme la genialidad con la que el autor irlandés habla de la belleza y los estragos del placer, del cinismo y la inteligencia, de la posibilidad de que nuestra vida sea una llamarada que no consuma la vela de nuestro cuerpo.
 Porque si es nuestro retrato quien envejece, si es nuestro reflejo quien sufre los estragos de nuestros vicios y nuestros crímenes, si toda la responsabilidad de nuestros pecados y nuestra culpa recae en ese otro alter ego que nos acompaña, si es él quien ha sufrido el amor y la consumación del sexo; entonces, es que hemos expulsado a nuestro demonio interior, y es ya ese daimon quien nos mira y contempla nuestro retrato, que permanecerá inalterable aunque vayamos estrenando almanaques y pasando una tras otra las hojas del calendario. El retrato de Dorian Gray fue leído como un relato inmoral en la sociedad victoriana, e incluso el cínico Óscar Wilde (alter ego de Lord Henry), se sintió obligado a cambiar el final original, donde Dorian no moría tras apuñalar su retrato. Con todo, El Daily Chronicle del 30 de junio de 1890 señalaba que la novela de Wilde tiene un elemento que mancharía cada mente joven que se pusiera en contacto con ella. Tal vez porque lo que nos atrae del personaje es la posibilidad de vivir como queramos sin ninguna consecuencia, erradicando la noción de castigo y culpa tan propios de la educación cristiana.
Pero lo mejor de El retrato de Dorian Gray es el lenguaje. Como podemos leer en el prefacio, los libros no son morales ni inmorales; los libros están bien o mal escritos, simplemente. La reflexión que hace Wilde sobre el realismo y el romanticismo, es la que hacemos nosotros con el nuevo año. La rabia que sentimos al ver y no ver nuestra cara en el espejo, porque la vida, como el arte, es superficie y símbolo. Aunque quizá sea nuestra alma la que envejece mientras nuestro cuerpo se renueva cada año, como le ocurría a Dorian Gray. El 2014 es ahora un niño que tendrá una vida de doce meses. Puede parecer poco tiempo, pero es suficiente para tener un hijo, para escribir un libro, ojalá lo sea para enterrar la miseria del 2013. En todo el mundo la gente ha celebrado una nueva vida y ha enterrado la vieja. Las calles de la ciudad donde vivo actualmente se incendiaron en fin de año con la efigie de viejos hechos de cartón y paja, que ardieron en los barrios y en las calles, a la puerta de las casas, invadidas por la ceremonia de la destrucción y el renacimiento de las propias cenizas.
Si cogemos todas las fotos que nos han hecho a lo largo de nuestra vida, podemos hacer un experimento. Desde la más reciente a la más antigua, vaya superponiendo una foto encima de la otra, hasta completar los fragmentos de su personalidad. ¿Le sonríe acaso ese bebé que tiene delante? ¿Llora? Tal vez sea una sonrisa cómplice, de reconocimiento, o quizá se trate de una sonrisa sardónica. Porque ese bebé sabe perfectamente quién es usted. Parece un truco de magia.

El Mundo de Andalucía (Viajero del tiempo), 3/01/2014