lunes, 15 de junio de 2020

Online


Me cuenta un amigo que lleva una semana dándole clases a una lámpara. Los alumnos, cuando “asisten” a una clase online, hacen las cosas más insospechadas: comer, fregar los platos, dar un paseo –mi amigo ha visto calles, balcones, familiares y vecinos en la pantalla-, cargar el móvil, dormir e incluso hay quien desconecta el micrófono y la cámara y no deja ni siquiera una foto estática. Si en España el 35% de los jóvenes sólo completa la ESO, ¿qué pasaría si se prolongase la enseñanza no presencial? Los profesores aspiran a formar a personas, pero en este contexto resulta especialmente difícil transmitir los conocimientos y las experiencias, pues vía telemática –y por mucho que nos empeñemos- no se establece una verdadera relación entre los seres humanos. Hay que provocar reacciones en tu interlocutor, y para eso es necesario utilizar los cinco sentidos. En las reuniones de trabajo hay quien se “conecta” y se dedica a hacer otra cosa, por lo que los mensajes de los compañeros se convierten en una cantinela, una música de fondo donde se mecen las musarañas. Si se aumenta el gasto en educación, aumenta el porcentaje de éxito de los alumnos, las posibilidades de encontrar un trabajo cualificado, se reduce el paro y se incrementa la productividad del país. Pero al parecer no es lo que tienen en mente las Administraciones públicas, pues a pesar de que el Gobierno ha creado un fondo de 2.000 millones de euros para las comunidades autónomas para paliar los efectos del Covid-19, la Junta de Andalucía ha decidido reducir el presupuesto de las universidades en 135 millones. En un momento en que deben multiplicarse los recursos en educación se hace exactamente lo contrario. Y no vale la excusa de que esos fondos van a destinarse a la sanidad, pues sanidad y educación deben ir de la mano en los presupuestos, ya que sólo así garantizaremos el presente y el futuro de nuestra sociedad. Si estas dos competencias fundamentales son de las comunidades autónomas, deben disponer de los recursos suficientes para ejercerlas, y el Gobierno central debe asegurarse de que en todo el territorio español se presten los mismos servicios públicos esenciales. ¿Cada comunidad autónoma va a decidir cómo se imparten las clases el próximo curso? Para este viaje no necesitábamos tantas alforjas. Educamos a ciudadanos, no construimos lámparas, a pesar de Wert y todos los que, con cada nueva reforma, han ido desmantelando el sistema educativo. Hacen falta más recursos, volver a impartir humanidades, creer en las personas.
IDEAL (La Cerradura), 14/06/2020

domingo, 7 de junio de 2020

Pescados


España no es tan diferente a otros países europeos, pero nos empeñamos en parecerlo, como ese adolescente que no tiene muy clara su identidad, aunque algunos le atribuyan siglos de historia imperial. Pero no sólo nos empeñamos en diferenciarnos de otros países, sino que, dentro del propio Estado, las comunidades autónomas llevan años echando una carrera para diferenciarse entre sí, y también las ciudades, que buscan la piedra filosofal del turismo, e incluso pretenden diferenciarse los ciudadanos, educados con los chistes de Eugenio, aunque tengan las mismas necesidades básicas, garantizadas con el ingreso mínimo vital (algo bueno tenía que hacer el Gobierno). “¿Saben aquél que diu que van un catalán, un vasco y un andaluz metidos en un ascensor?” Otra cosa es el carácter, que no es tan bueno, a juzgar por lo que ocurre en el Congreso de los Diputados. Debían de estar en plan surrealista esta semana sus señorías, a pesar de la cara de circunstancias. “Si ningún miembro de este Gobierno somos pescados, ¿en qué andan ustedes, señor Casado?”, preguntó muy seriamente la vicepresidenta Carmen Calvo al jefe de la oposición. ¿Cómo? ¿Que no hay pescados en el Gobierno? Y no estaba utilizando un estilo metafórico-evangélico, del que tanto disfrutan Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Pablo Casado había amenazado a Pedro Sánchez: “A usted lo acabarán pescando”. Una afirmación categórica que requería otra contestación del mismo calibre: “En este Gobierno no hay pescados”. Puede que haya pecados y enchufados en alguna dirección general, pero pescados no. Sólo pescamos coronavirus y resfriados. Pero es que del lenguaje inclusivo hemos pasado al lenguaje infantil, como el que utiliza Irene Montero con los periodistas para explicar la manifestación del 8-M y la pandemia. “¿A qué crees que se debe la bajada de cifras?” “Pues tía, creo que al coronavirus, pero no lo voy a decir”. ¿Y la manifa? “Guay, con mucho empuje”. ¿Y el virus? “O sea, los gobiernos europeos están tomando medidas superdrásticas”. El caso es llevarse la contraria, aunque sea hablando como el Piraña en la serie Verano Azul, otra gran contribución a la educación española. Que le dice Pedro Sánchez a Santiago Abascal: “¡Barrilete!”; pues contesta el otro: “¡Telerriba!” Es decir, lo mismo, pero al revés. A esto deben referirse con lo de nueva normalidad. Y este es el nuevo idioma que van a utilizar. Es lo que suele pasar cuando uno se preocupa más de lo que dice que de lo que hace. ¿Y a quién le preocupa la salud del Estado? A saber lo que estarán pescando.
IDEAL (La Cerradura) 7/06/2020

lunes, 1 de junio de 2020

Íberos


La mejor prueba de que España empieza a superar los estragos de la epidemia es que volvemos a ver a los bandos cainitas de siempre, los que enarbolan banderas constitucionales o inconstitucionales, ensordecen con sus pitidos, insultan y agreden, ilustrando una vez más lo peor de un país anclado en la guerra civil, ese “pequeño intercambio de opiniones entre los íberos”. La concordia española ha durado lo que la cuarentena, y la batalla ahora es por cambiar de fase, aunque haya que derribar primero al contrario. Porque pretenden obligarte a elegir un bando, aunque los dos te parezcan igual de fanáticos. Debes ser de izquierdas o de derechas, y no puedes criticar al Gobierno y también a la oposición. En el fondo, todos son mesiánicos, cuando no evangélicos. “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”, dice el Señor (Apocalipsis, 3:15-19). Aunque aquí no hay señores ni señoritos, ni siquiera pijos o hijos del 15-M. Los prejuicios arraigan incluso en las mejores cabezas, ocupadas en construir redes clientelares y no necesariamente políticas, aunque enarbolen la bandera de la solidaridad y la democracia. Para ser demócrata, hay que renunciar a cortar cabezas, que es el verdadero deporte nacional, ya sea en el ministerio del Interior o en el partido, por no hablar de las pachangas académicas o culturetas. ¿A quién ponemos en los consejos de administración de las grandes empresas? Si uno se molestase en hacer un seguimiento sobre quién nombra, a quién se nombra y quién toma las decisiones en las instituciones más importantes de este país, tiene para escribir cien bodrios como Juego de Tronos. ¿Se puede estar en misa y repicando? Pues sí. Se trata de criticar primero lo que deseas para pasar de ser vociferante a vociferado, de escrachador a escrachado, cuando no escacharrado finalmente por la lógica del poder. A unos y a otros lo que de verdad les importa es decir “aquí estoy yo”, por encima del que sea, incluso del que ellos mismos fueron cuando eran personas antes que personajes, políticos más cómicos que dramáticos. Pero ha vuelto la función. Y por lo que se ve, no importa tanto si nos hemos cargado el escenario o si queda un público que nos aplauda. A falta de buenos toreros, hay quien prefiere ser toro para calzarse la piel de España. Y quizá, como Machado, estén esperando “al hombre ibero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda”.
IDEAL (La Cerradura) 31/05/2020

lunes, 25 de mayo de 2020

Encuentros en la tercera fase


A este paso, lo siguiente que veremos en esta pandemia es el uso de salvoconducto, un documento que diga “libre tránsito”, para escapar como los judíos de la Alemania nazi. Lo piensa nuestro urbanita en la puerta de su casa, y que la gente quiere que le pinchen y le tomen la temperatura para poder recuperar la tranquilidad, porque judíos no tenemos muchos en España –tanto da-, pero nos sobran virus y nazis. Equipado con el nuevo pasaporte y una mascarilla se puede encarar el futuro, si no con optimismo, al menos con una sana resignación. “A ver lo que me prohíben ahora”, piensa. En una época de peste y enfermedad, Boccaccio recomendaba divertirse y aprovechar cada momento como si fuera el último. Siguen su consejo los jóvenes que quedan para hacer botellón en los sitios más insospechados, rodeados de ruinas y tumbas, en los límites de la ciudad pero muy cerca de los centros educativos, aunque nuestro urbanita no puede decir más –los ve en su paseo diario-, pues no quiere ser un soplón como el vecino. Mucho más discreto, el urbanita se pregunta: “¿En qué fase me encuentro?” A falta de los extraterrestres de la película y por lo que pueda pasar, se arma con una petaca, la pitillera y la imprescindible tarjeta de crédito, porque “cash” no tiene, ni soporta la cara de terror con la que algunos empleados aceptan a regañadientes sus monedas. Y allá va disfrazado, en busca de una terraza donde le sirvan una caña. Resulta toda una aventura hacer cola durante treinta minutos, tomar el sol con la cara cubierta, no digamos aparentar normalidad con el camarero cuando logra sentarse por fin y se dispone a darle el primer trago a la caña. ¿Sabrá como siempre? No. Hay que superar primero el miedo y el cargo de conciencia por tratar de disfrutar de la vida sin limitaciones externas. Quizá les haya tomado el gusto a las prohibiciones y ya no sepa vivir teniendo que salir de casa más allá de las compras imprescindibles, abducido durante horas por las pantallas, como tantos seres humanos fragmentados en celdas pixeladas. El urbanita suspira antes de armarse de valor, meter la mano en el bolsillo y sacar la pitillera. ¿Será capaz por fin de encender el cigarrillo burlando los miedos al cáncer y al coronavirus? Pues nunca lo sabremos. Nuestro urbanita carece de salvoconducto, y todavía está en casa, dudando si cruzar la puerta e imaginando lo que le ocurrirá, pues tampoco sabe en qué puñetera fase se encuentra.
IDEAL (La Cerradura), 24/05/2020

lunes, 18 de mayo de 2020

Tutankamón


Uno de los presupuestos del estado de alarma es la aplicación de medidas proporcionadas a las circunstancias, algo muy discutible si atendemos a las demandas contra el Gobierno que deberá resolver el Tribunal Supremo, basadas fundamentalmente en la suspensión del derecho a la libre circulación y a la residencia, aunque hay quien apunta a delitos como la prevaricación, el homicidio imprudente y la emisión del deber de socorro. Colectivos como el personal sanitario, sindicatos de funcionarios o policías y ciudadanos que han visto que lo que antes no era obligatorio ahora sí lo es. El bueno de Fernando Simón dijo el 29 de febrero que no había motivos para cancelar grandes eventos; el 4 de marzo que no tenía sentido cerrar colegios, y recuerdo que me gustó que les dijera a los periodistas que si su hijo le preguntaba si podía ir a la manifestación del 8 de marzo le contestaría que hiciera lo que quisiera. Pero claro, no es lo mismo decirle a la población que no es necesario el uso de mascarillas que decírselo al personal sanitario que atiende en urgencias a enfermos por el Covid-19. El estado de alarma no está previsto para vulnerar derechos fundamentales ni para que el Gobierno eluda la asunción de responsabilidades. Hay una emergencia sanitaria, es cierto, pero también la había cuando se convocó a una manifestación de 120.000 personas en Madrid, cuando Vox celebró un mitin en Vista Alegre con 9.000 –Ortega Smith no se alegrará ahora en el hospital- o cuando 5.000 aficionados del Atleti viajaron a Liverpool para celebrar el pase en la Champions. Hemos visto cómo lo que antes era una excesiva permisividad se ha transformado en escrúpulo, hasta el punto de querer crear una realidad falseada donde en el cine no habrá sexo y ni siquiera besos, con lo que quizá no vuelva a repetirse el final más bello de Cinema Paradiso, donde Totó ve por fin todas las escenas de amor que le censuraron en una época más terrible que esta. Porque esto no es una guerra, y los que tanto utilizan esa palabra deberían irse a hablar un rato con los abuelos que sobrevivieron a la guerra civil, si es que han logrado sobrevivir ahora al confinamiento en las residencias. Pero me gusta la solidaridad que ha despertado esta epidemia. E incluso el sentido del humor con el que hay quien compara la profanación de la tumba de Tutankamón con la de Francisco Franco. Menuda maldición. Y, como en el chiste, ahí lo dejo.
IDEAL (La Cerradura), 18/05/2020

lunes, 11 de mayo de 2020

Normalidad


Lo que más molesta de este Gobierno es el artificio de sus medidas y propuestas, cuando no el paternalismo, la infantilidad y la arrogancia con las que va creando más dificultades en vez de evitarlas. Vivimos en un estado de alarma democrática, como ilustran los diputados que se insultan llamándose “cacatúa”, como si estuvieran en el patio del colegio. Porque hay quien vive en la realidad –el personal sanitario, las fuerzas de orden público, los trabajadores de cementerios y funerarias- y los que no saben dónde viven, por lo que se mueven entre el aplauso y la cacerolada. La realidad es que entre esos mismos sanitarios hay más casos de contagios porque se ven obligados a cumplir su trabajo sin los medios adecuados. La realidad es que se ha confinado a la población para proteger a nuestros mayores, pero se ha dejado a esos mismos mayores que ya vivían confinados en residencias que mueran como chinches o en la calle con unas pensiones paupérrimas. La realidad es que el gasto militar de España en 2019 aumentó un 10%, 20.000 millones de euros que septuplican la cantidad necesaria para instaurar la renta básica, tan denostada por la clase que llama a parte de la población de la que viven parásitos, curiosamente el título de la última película premiada en los Oscar. La realidad es que España es un estado laico que parece ocupado por una secta progre de hijos de papá, esos que desparraman solidaridad en las redes sociales mientras compran en Amazon la última pijada de Apple y cuya religión mayoritaria es un egoísmo burgués, cuyos pilares son las poses, los selfis y el consumo, que es la carcoma del planeta. La realidad es que hay mucha más gente que muere diariamente de hambre que por coronavirus, y ahí están las cifras de los países de América Latina, dejados como siempre a su suerte. Y la realidad es que esto es un entrenamiento para lo que se avecina con el cambio climático, y que por mucho que nos quejemos no dependemos de las decisiones de los gobiernos nacionales, plurinacionales, europeos o internacionales, sino de lo que podamos hacer como ciudadanos. Para eso debemos exigir transparencia y participación, que es algo más que denunciar al vecino o asomarse a las ocho a las ventanas. La realidad es que este colapso se ha creado por una clase política incompetente que se estimula más el ombligo que la economía. Porque lo que se dice trabajar, van a trabajar los de siempre.
IDEAL (La Cerradura), 10/05/2020

martes, 5 de mayo de 2020

Como el santo Job


“Tienes más paciencia que el santo Job”, oía yo de pequeño; y me imaginaba al pobre hombre sufriendo por la sarna, atacado por los caldeos, perdiendo la cosecha y a sus hijos, y siendo además repudiado por su mujer, que probablemente estaba ya de él hasta el gorro, pero que necesitó la ayuda de Satanás para abandonarlo. No había visto nada el hombre, que sin embargo fue santo. Si lo hubieran encerrado más de cuarenta días en un apartamento con la familia al completo e incluyendo a su suegra, lo mismo la cosa no hubiera acabado tan bien. Pero Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que tienen su punto evangelista hablando, van a convertirnos a todos en santos. ¿Nos desahogaremos saliendo a correr? Parte del cabreo general tiene que ver con los eufemismos, desde la desescalada a la nueva normalidad, usados en un tono entre apocalíptico e infantiloide, como si en vez de políticos tuviéramos profetas, ni siquiera iluminados como Fernando Simón, que después de informar de la epidemia durante tantos días ha adquirido un aspecto de apóstol capaz de pasar en un instante del cielo al infierno. El desplome del PIB es el de nuestro ánimo, pero no sé qué esperaban después de paralizar la actividad económica. ¿Un milagro? Hay quien pierde la cabeza y lo paga con el alcalde, al que quiere abofetear. Al que detienen trece veces porque no entiende de confinamientos. Quien se lía una manta en la cabeza y mete a la familia en el coche camino de la playa y tiene que darse la vuelta en Otura, con otra multa que pagar. Quien ha estampado el móvil contra la pared, harto de tanto vídeo ñoño o idiota, de las llamadas de los que no tienen otra cosa que hacer o de los que confunden la solidaridad con el afán de protagonismo. Pero hay quien hace la vida de siempre, sin armar jaleo. El vecino que sale a dar su paseo diario sin mascarilla ni guantes, armado tan sólo con una bolsa de la compra, con la tranquilidad que le dan sus setenta y tantos años, esperando el día en el que vuelvan a abrir el bar, para tomar el aperitivo antes de llegar a casa. Me lo imagino pensando como el Guzmán de Alfarache: “Paciencia y sufrimiento quieren las cosas, para que pacíficamente se alcance el fin de ellas”. Quién lo oyera. También se ha dicho en España antes que la paciencia de los pueblos tiene su límite en la degradación.
IDEAL (La Cerradura), 3/05/2020