Vivimos en la sociedad de las alertas, que nos recuerdan periódicamente nuestras incertidumbres. Con unas elecciones a la vista y a falta de otros argumentos, nuestra clase política alienta los miedos colectivos y las respuestas emocionales mientras el desagradable pitido del sistema “Es-Alert” persigue a los ciudadanos, avisándoles de inundaciones y terremotos. Las Administraciones públicas, curadas de espanto, se han acostumbrado a pulsar el botón rojo, y los administrados creen que es normal lo que debería ser excepcional desde que desayunaban viendo cómo los portavoces gubernamentales flanqueados por militares daban el parte sobre la evolución del covid. Vivimos en un estado de emergencia permanente, y la sociedad de la información ha perdido el sentido común. El momento político se parece también a una gota fría, con dos bloques enfrentados, o así nos lo hacen creer. Si el PSOE pretende liderar una izquierda desangrada por la vanidad e incoherencia de sus líderes, PP y Vox –heredero del franquismo amnésico- aguardan para ocupar los espacios de poder. En los países vecinos los indignados queman barricadas y aquí las barricadas las ponen nuestros políticos, incapaces de aportar nada más que argumentos de telenovelas, testosterona y opereta sentimental. Puestos a elegir, uno prefiere el teatro de verdad, y quizá se encuentren los candidatos con que la respuesta mayoritaria que reclaman a los votantes sea la de la indiferencia. Porque no parece haber ninguna opción política no de centro, sino centrada. Un programa muy sencillo sería plantear la aplicación efectiva de la Constitución española. Tanto de los artículos que garantizan los derechos fundamentales y las libertades públicas como los que regulan el funcionamiento de las Cortes Generales, la elaboración de las leyes o el Gobierno y la Administración. Tan sencillo como eso. Pero las mayorías constitucionales sólo interesan si dan para controlar el Senado o el Tribunal Constitucional. Y el recordatorio también vale para los tribunales. Los reproches vía resoluciones judiciales entre Cándido Conde-Pumpido, por parte del Constitucional, y Manuel Marchena, del Supremo, son otra muestra de cómo el enfrentamiento político está contaminando todas las instituciones. Cuando los portavoces de los partidos hablan de “decisiones históricas” los ciudadanos deberían preocuparse de verdad. Histórico sería que a partidos y políticos les interesara hacer política y no asegurarse el puesto y el sueldo de una lista y el ejercicio del poder. Si las únicas opciones son el rojo y el azul, quizá haya que optar por el blanco. Porque lo que resulta más alarmante es que la mayoría de los ciudadanos no se sientan representados.
IDEAL (La Cerradura), 25/10/2026